¿Es posible saber cómo sucedieron verdaderamente los hechos históricos?
Hace dos o tres años, cuando comenzó a hablarse del metaverso, pensé que esta tecnología era ideal si se utilizaba para aprender materias como la Historia. Una estudiante ya no necesitaría abrir un aburrido libro de historia en, por ejemplo, el capítulo de Felipe II y su época, ilustrada con cuatro o cinco imágenes, sino que, simplemente con un par de clics, entraría en ese periodo creado digitalmente en el metaverso, y tendría una experiencia integral de la vida, la gente, los debates, los hechos, los lugares de la época visitada.
La ducha diaria causa un enorme desperdicio de agua. Una costumbre insostenible en tiempos de sequía.
Ante la sequía espantosa que se avecina este año en algunas regiones del mundo, gobiernos como el de Cataluña, están recomendando a la gente que se duche más corto. Pero, no sería mejor que recomendaran dejar de ducharse a diario, y hacerlo, por ejemplo, un día sí otro no. O por qué no, cada dos días. Dos veces a la semana. Ducharse más corto es problemático. Habría que tener un reloj en el baño y estar controlando todo el tiempo el paso del segundero.
Una de las cosas buenas de la Septología de Jon Fosse es que no es una obra tan extensa como su título sugiere. 729 páginas en la edición impresa. Y esto, insisto, aunque suene trivial, es ya un mérito en sí, especialmente en estas épocas en las que muchos autores escriben tan largo. Tan innecesariamente largo. Trilogías y tetralogías con miles de páginas. ¡Justamente en épocas en las que la gente lee menos, por estar ocupada viendo series de televisión de diez temporadas!
Se dice que los hombres están perdiendo su posición de jefes del mundo, la que han ostentado desde los comienzos de los tiempos; que están perdiendo la confianza en sí mismos porque la sociedad de hoy ha puesto en cuestión la imagen del varón superior; que están perdiendo la llamada ‘masculinidad’, ese conjunto de atributos supuestamente característicos de los hombres; y que están perdiendo, ¡ay!, hasta los espermatozoides.
Si el futuro del planeta está en manos de los jóvenes de hoy, entonces, ¡sálvese quien pueda!
Hace poco me llegó a los ojos en la pantalla, un artículo en el que dos famosos ancianos de edad bastante avanzada, pero aún muy lúcidos, les recomiendan a los jóvenes de hoy no caer en el consumismo. Pepe Mujica (88) y Noam Chomsky (95) piden a los jóvenes que luchen por el futuro de la humanidad. Una lucha que no exige más que pararle al consumo desmesurado vigente en estos tiempos. ¿Lo harán?
En nuestra época, todas las grandes ciudades se caracterizan por un cierto nivel de apartheid. Los ricos suelen ser muy ricos y viven en barrios espléndidos. Los pobres en sus barrios exhiben su pobreza. Y aunque ambos grupos viven en espacios relativamente cercanos, sus mundos casi no se tocan, hay fronteras invisibles que limitan el movimiento de unos y otros más allá de cierto punto.
Desde hace varios días está este tanque en exhibición en una plaza del centro de Ámsterdam. Todos los que pasamos por ahí no podemos evitar detenernos un momento a mirarlo, con su aspecto de bicho raro, como de animal prehistórico. Es un objeto feo, estrambótico, que no casa dentro del ambiente plácido del lugar a esas horas del día. Todo el mundo le saca fotos, claro. La mayoría de nosotros no ha visto nunca un tanque de guerra de verdad, solo en las películas. Y este en particular, tiene una carga política fuerte.
Hoy día las redes sociales en Internet permiten una difusión exponencial de información, una parte de la cual es mentira que al entrar en contacto con un número enorme de personas termina pareciendo verdad. Porque basta con que una cosa se repita muchas veces para que termine fijándose como cierta en nuestros humanos cerebritos. ¡Somos tan fácilmente manipulables! Por otro lado, una información, por verdadera que sea, que no se difunda, simplemente no existirá, porque desaparecerá en el maremágnum de datos que conforman la red.
Ahora que todo el mundo habla de guerra, de que hay que armarse más —como si no hubiera ya suficientes armas en el mundo— en estos momentos en los que hasta los pacifistas han hecho a un lado sus ideales de paz y pregonan que hoy la guerra a los regímenes tiránicos e invasores se ha vuelto inevitable…, qué esperanza queda para la paz.
Desde que la industria usa los PFAS masivamente se puede decir que, nacemos, vivimos, respiramos, comemos, bebemos… y hasta defecamos con estos químicos que terminarán matándonos.
En español hay un proverbio popular que dice que lo que no mata engorda. Y la frase termina ahí sin explicar que lo que ‘engorda’ finalmente mata. En el caso del PFAS —un grupo de químicos que no se degrada nunca en el ambiente— la industria nos ha acostumbrado a gozar de sus beneficios (a engordar) sin mencionar los tremendos riesgos que tiene para la salud humana y del medioambiente.
Lástima que ahora vivamos en épocas en que esto ya no es posible. Necesitamos aprender a conformarnos con menos si queremos salvar el planeta.
Según Séneca, un pensador de la antigüedad, el pobre no es el hombre que tiene poco sino el que desea mucho. Pero si le creemos a Séneca, entonces casi todos los seres humanos somos unos pobretones —hasta los multimillonarios como Elon Musk y Jeff Bezos— porque siempre deseamos más, y ojalá mucho más de lo que tenemos.
Un viejo tango de los años 50 del siglo pasado decía: Todos queremos más / todos queremos más / todos queremos más / y más y más y mucho más. / El pobre quiere más, el rico mucho más / y nadie con su suerte / se quiere conformar. Quienes tengan curiosidad por oír cómo suena la canción, en este enlace se puede ver al cantante argentino Alberto Castillo cantando, Todos queremos más.
Un comentario a propósito de Lessons, la última novela de Ian McEwan.
Un gran inconveniente de la muerte es que te saca de la historia. Te has pasado la vida siguiendo los acontecimientos del mundo, y de repente es como si la película se parara y quedara la pantalla en negro. Este es el tipo de reflexiones que se hace hacia el final de su vida Roland Baines, el protagonista de la última novela de Ian McEwan, Lessons*. La muerte nos excluye de la narración histórica. Cuando uno se muere se queda sin saber qué va a pasar después.
No me propongo hacer una reseña de este libro, hay muchas y muy buenas en Internet. Solo me interesa destacar un aspecto crucial de la narración: cómo los sucesos mundiales dan forma a la vida y a los recuerdos de la gente. McEwan usa sin duda muchos elementos autobiográficos para componer al personaje de Baines. Ambos nacen en Inglaterra en 1948 y tienen una infancia comparable. Al reflexionar sobre la vida particular de un individuo (Baines), el narrador reflexiona sobre el periodo histórico que le ha tocado vivir, desde el final de la Segunda Guerra mundial hasta la pandemia.
Paraíso islámico, mosaico en la mezquita de Damasco —
El otro día viendo un reportaje de la televisión holandesa en Afganistán, un joven talibán acompañado de un niño de tres años, responde las preguntas del periodista. Su máxima aspiración, dice, la realización de su vida, está en morir en un ataque suicida contra el enemigo (los americanos). Toda su vida se ha preparado para un momento así. Después de lo cual – y lo dice con una sonrisa amplia, sincera, la sonrisa de un hombre bueno y feliz, – tendrá ganado el paraíso en donde vivirá una felicidad eterna. Ni la menor sombra de duda cruza su rostro cuando dice estas palabras. La escena sucede en un lugar no especificado del país, en medio de un paisaje impresionante de montañas y un cielo azul.
Dos o tres cosas sobre el racismo que se me han ocurrido después de ver la serie de Harry y Meghan en Netflix.
¿Viviremos alguna vez en una sociedad ciega al color de la piel de la gente? Una sociedad en la que, cuando vemos a un hombre negro no vemos en primera instancia a un negro sino a un hombre. En la que nadie se dé cuenta de que eres blanca, asiática, hindú, latina, lo que sea, sino que eres en ante todo solo una mujer, a la que se le añaden después los atributos necesarios, nacionalidad, profesión, carácter, etc.
Por el momento, está claro que este no es el caso. Todos somos identificados inmediatamente — cuando no se sabe nada de nosotros, no se sabe cómo nos llamamos, qué nacionalidad tenemos, qué hacemos en la vida— por nuestra apariencia: color de piel, tipo de pelo, ojos, nariz, facciones, rasgos físicos en general. Esto no es que sea malo en sí. La apariencia externa le ayuda al otro a hacerse una idea (no necesariamente correcta pero eso no importa en el momento) de la persona desconocida que tiene enfrente, y lo prepara para saber cómo tratarla y para saber qué puede esperar de ella. Lo malo está cuando esa identificación viene acompañada de prejuicios culturales y raciales, como suele suceder.
A cualquier cosa menos a ajedrez. Algo que no es difícil deducir teniendo en cuenta que la costosa maleta sobre la que están apoyados los dos maestros futbolistas, supuestamente calculando sus próximas jugadas, tiene forma rectangular, y eso no es posible en un tablero de ajedrez. El tablero de ajedrez es un cuadrado de 8×8 en el que los escaques verticales son exactamente iguales a los horizontales, lo que excluye la forma rectangular.