¿Se puede cambiar el libreto de una ópera, o de una obra de teatro clásica, para adaptarla a la agenda política del presente? ¿Por qué no mejor crear nuevas obras?
Pongamos el caso de la ópera Madama Butterfly compuesta por Giacomo Puccini en 1904. La trama se desarrolla en el Japón de esos años, un país que el compositor nunca había visitado, y lo poco que debía saber de la cultura japonesa estaba sin duda basado en las fantasías europeas que se tenían entonces de aquellas lejanas tierras. La ópera cuenta la historia de una geisha de 15 años seducida por un oficial americano. Después de una noche de pasión en la que le promete falsamente matrimonio, (en realidad se está burlando todo el tiempo de ella), el hombre la abandona. Una típica historia que reproduce el comportamiento del macho, arrogante, colonizador, sexistas y racista, que se aprovecha de una pobre muchacha, a la que considera inferior racial y socialmente. Al final (espóiler) la pobrecilla se suicida clavándose el cuchillo de su padre.
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El público de música clásica suele ser muy conservador. Las grandes salas de concierto saben esto, y por eso la mayor parte de sus programas incluyen solo piezas de los famosos compositores del pasado. Como mucho, músicos de hasta mediados del siglo XX. De Bach a Hindemith. Si quieres esuchar música clásica contemporánea tienes que ir a lugares muy especializados, o a festivales dedicados a este tema. A veces las salas convencionales añaden una breve pieza de algún compositor de hoy, pero nunca más de una, por temor a que queden demasiadas sillas desocupadas. 

Berlín no deja de sorprendernos. Cada nuevo hallazgo es una confirmación del encanto y del carácter único de esta ciudad excepcional. 

Tampoco vimos a Daniel Barenboim, y la 

