El Método, de Juli Zeh – Una novela para leer en tiempos de pandemia

Algunos han dicho que El Método (2011), la novela distópica de la escritora alemana Juli Zeh, presagia la actual crisis del coronavirus en el mundo. En 2057, año en el que se desarrolla la novela, el orden social está regido por el culto al cuerpo, a la salud corporal. El Método es un nuevo orden social basado en la salud de los individuos. Es un mundo en el que todos son sanos porque la prevención ha logrado vencer las enfermedades. Pero este ideal sanitario no hace feliz a todo el mundo.

En estos meses que llevamos de confinamiento, tenemos la impresión de que las autoridades están tan preocupadas porque no se enferme nuestra máquina de supervivencia, la materia que nos constituye, que han hecho a un lado las consideraciones de tipo, digamos, espirituales. Lo que les importa es que el corona no nos ataque los pulmones, y por favor, que no nos quejemos de depresiones, crisis nerviosas, angustias, ansiedades y otros males del alma, pues en estos momentos no tienen prioridad.

En la sociedad de El Método, cuidar la salud del cuerpo no es tanto un derecho sino una obligación. El ciudadano está obligado a hacer determinadas horas de ejercicio físico cotidiano, a comer y beber solamente lo que se considera sano, a controlar con regularidad el buen funcionamiento de su organismo, a no consumir sustancias tóxicas, ni siquiera un cigarrillo. Todo esto está monitoreado por el sistema a través de un microchip injertado en el brazo. Quien no cumpla con alguna de estas obligaciones comete un delito contra la salud por el que puede ser juzgado y hasta condenado a muerte. Detrás de este castigo está la idea de que si tú dejas enfermar tu cuerpo, pones en riesgo la salud de otros, porque los podrías contagiar con la gripe que te dio por no ponerte a tiempo la vacuna antigripal; o simplemente porque podrían sentirse tentados a hacer los mismo que tú, que resolviste hoy no subir a la bicicleta estática a cumplir con los seis kilómetros reglamentarios, porque no te dio la gana. Quien infringe los acuerdos del Método es un rebelde y un terrorista, y al terrorismo hay que cortarlo de raíz. Es decir, se condena a muerte al individuo disfuncional para salvar el funcionamiento del conjunto de la sociedad.

También en 2020 los delitos contra la salud son una realidad desde hace tiempo. El Estado te castiga si quieres hacerte daño, si tomas drogas. Te podrían meter preso si intentas suicidarte y fracasas en el intento. Por fortuna la mayoría de la gente quiere estar y permanecer sana el mayor tiempo posible. Ahora mucha gente lleva voluntariamente un brazalete que le advierte en caso de que algo empiece a funcionar mal. Antes lo usaban solo los deportistas, ahora lo lleva cualquiera. Mi último teléfono vino con una aplicación incorporada que me avisa sobre mi actividad física diaria, semanal y mensualmente.

Con esta novela, la autora cuestiona hasta qué punto puede el Estado restringir derechos individuales con el argumento de que lo hace “para protegernos”. El derecho, por ejemplo, a no querer caminar los seis mil pasos que tengo que andar todos los días para garantizar la estabilidad de mis niveles de colesterol, azúcar y presión arterial. Esto, sugiere Zeh, no es protección es vigilancia. Y es en esto específicamente, en lo que algunos han señalado la analogía con la actual pandemia. Una App en el celular le permite al gobierno chino (y en cada vez más países de Europa) saber dónde estás a toda hora, saber si has estado o no en contacto con alguien infectado, darte la ayuda necesaria en caso tal, y evitar que sigas contagiando a terceros. De nuevo, con el argumento de que te mantengas sano para que la comunidad también se mantenga sana, el gobierno se atribuye el derecho de vigilarte. Una vigilancia camuflada de protección.

Pero esta es una conclusión conflictiva porque al mismo tiempo hay que reconocer que, al menos en casos de pandemias, sin un mínimo de vigilancia estatal sería muy difícil controlar la expansión del virus. Los seres humanos no somos muy altruistas cuando subsiste una amenaza de contagio. Lo hemos visto en la actitud de rechazo de alguna gente cuando se ha enterado de que su vecina es enfermera y trabaja en la UCI de un hospital con pacientes de Covid-19. Queremos que el Estado nos vigile (nos proteja) y a cambio, estamos dispuestos a darle toda la información privada que nos pidan. Mientras tanto, los que no queremos que el Estado se inmiscuya demasiado en nuestras vidas privadas nos encontramos frente al dilema, descargo la App o no la descargo.

Pero la analogía más interesante entre la novela y el mundo de hoy es el tema del divorcio entre cuerpo y espíritu. Uno de los personajes de la novela (el verdugo) dice en un momento: “Estoy convencido de que un sistema solo puede ser legítimo si está vinculado al cuerpo… puesto que es nuestro cuerpo y no nuestro espíritu, el que nos hace a todos iguales”. Para Mia (la víctima), la protagonista de la novela, el mero cuidado de su cuerpo no es suficiente para hacerla feliz. Es lo que le pasa hoy a toda esa gente que lleva meses en confinamiento estricto, que están libres de virus, es verdad, pero el encierro los tiene destrozados anímicamente.

En resumen, el libro de Juli Zeh nos sumerge en temas de filosofía y de ética muy ligados a la realidad actual, en línea con George Orwell. El mundo sano y feliz que describe la novela nos hace pensar enseguida, naturalmente, en aquel otro mundo feliz, el de Aldous Huxley (aunque al menos en este último la gente tenía el soma, y era ‘feliz’ porque vivía colocada). Es una novela breve de fácil lectura, a veces con un tono caricaturesco y un tanto lúdico al estilo de Boris Vian. Pero también absurdo, como en Kafka, y siniestro, como en Black Mirror.

Casi al final, Mia dice: “Le retiro la confianza a un Estado que sabe mejor que yo misma lo que es bueno para mí. Le retiro la confianza al idiota que ha desmontado ese cartel que estaba a la entrada de nuestro mundo y que decía: Cuidado! La vida puede conducir a la muerte“.

2 comentarios

  1. Gracias, Antonio. Algo de lo que me enteré más tarde es que este libro es de lectura obligada en institutos / colegios de secundaria en Alemania, para estimular el debate sobre el tema entre los jóvenes. ¡No está mal, eh!

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