Las flores de Rachel Ruysch

Flores en el tronco de un árbol, Rachel Ruysch, 1750

Aprendiendo a ver flores y animales en el arte

¡Cuántas veces, visitando las salas del siglo XVII del Rijksmuseum de Ámsterdam, no habré pasado frente a los cuadros de animales del pintor neerlandés Paulus Potter! Muchas, pero todas las veces apurando el paso frente a los enormes cuadros de este pintor. Sus vacas, ovejas, y animales de granja no me decían nada. Porque al lado de Rembrandt, Vermeer, Frans Hals y otros de sus contemporáneos, no era fácil encontrarle la gracia a estos animales.

El toro, Paulus Potter, 1647. Mauritshuis, La Haya

Después de leer el libro de Benjamin Moser, El mundo del revés. Encuentros con los maestros holandeses, ahora estoy planeando una nueva visita al Rijks y al museo Mauritshuis de La Haya para ver, ahora sí, con atención los Paulus Potter. Leyendo este libro me doy cuenta una vez más que no basta con pararse frente a un cuadro para verlo de verdad. Siempre puedes decir, me gusta o no me gusta. Pero entender lo que estás viendo, es otra cosa.

Lo mismo puedo decir de los bodegones que representan flores. Me es difícil ver qué puede haber más allá de la lindura de los colores y de las formas de las flores pintadas. Pero al igual que con los animales de Potter, las flores de Rachel Ruysch revelan mucho más que un arte puramente decorativo. En este libro sobre los maestros holandeses del Siglo de Oro, Benjamin Moser dedica también un capítulo a esta mujer, una artista excepcional que se dedicó toda su larga vida a pintar flores. ¡Y de qué manera!

Rosas, correhuelas, amapolas y otras flores en una urna sobre una repisa de piedra (1688), Rachel Ruysch

Excepcional no solo por la calidad de sus trabajos, sino por su vida misma. Rachel nació en La Haya en 1664 y murió en Ámsterdam en 1750. Así pues, vivió 86 años, lo que en aquella época en la que, con suerte, la gente alcanzaba máximo el medio siglo de vida, era algo extraordinario.

Retrato de Rachel Ruysch, por Godfried Schalcken – Visto en Wikipedia

A Rachel le fue bien desde el principio. Tuvo la suerte de nacer en el seno de una familia rica y cultivada. La suerte de tener un padre instruido, científico y artista a la vez, capaz de apreciar el don para el dibujo que tenía su hija. Por lo que se sabe, su sexo nunca fue un obstáculo para que tomara lecciones de pintura ni para que se dedicara toda su vida a pintar y vender sus obras. Ello a pesar de que en esos tiempos las mujeres artistas resultaban sospechosas, se las veía como ‘hombres con cuerpo de mujer’, pues se pensaba que el talento artístico era solamente cosa de hombres. La pintura floral a la que ella se dedicó, puede parecer hoy femenina, pero en su época eran hombres los que la trabajaban. Se casó con otro excelente pintor con quien vivió feliz durante 52 años.

La crítica feminista que destaca el desprecio que han sufrido las mujeres en todas las áreas de trabajo que no sean las domésticas, no se aplica a Rachel Ruysch. Ella nunca tuvo que enfrentarse a la incomprensión de la crítica, ni que sacrificarse, ni renunciar a la maternidad, ni murió en la oscuridad, como tantas otras mujeres geniales que no encontraron en su tiempo el espacio ni la comprensión suficiente para sus obras. “Sus cuadros se vendían por grandes sumas de dinero y un príncipe la nombró pintora de corte con un sueldo anual de varios miles de florines”. Moser señala que, un cuadro de ella en ese entonces podía costar de 750 a 1200 florines. En comparación, Rembrandt casi nunca recibió en vida más de 500 florines por una obra suya. Sus primeros cuadros datan de cuando tenía 15 años, y los últimos a sus 83. Sobre esto hay bastante seguridad porque ella acostumbraba a poner su edad cuando firmaba los cuadros.

Otro detalle en la vida de Rachel Ruysch que muestra su excepcionalidad fue que su etapa más productiva como pintora coincidió precisamente con sus años de fertilidad. Tuvo diez hijos que no debieron representar ningún obstáculo para que la madre prosiguiera con su carrera. La artista Rachel Ruysch sería un buen ejemplo de combinación entre disciplina, talento y oportunidad. Su riqueza y sus buenos contactos con comerciantes neerlandeses que navegaban por el mundo le permitían conseguir especies exóticas de flores que maravillaban a los compradores dispuestos a pagar bastante por uno de sus cuadros. Así pues, Rachel supo aprovechar la oportunidad que le brindaba tener los medios económicos, un ambiente cultural adecuado, y la buena suerte que le permitió hacer lo que quiso. En el caso de las mujeres, ya sea en las artes o las ciencias, figuras como Rachel Ruysch representaron durante mucho tiempo solo un pequeñísimo porcentaje.

Desde hace unos años, varias obras de Ruysch están colgadas en la “Galería de Honor” del Rijksmuseum, junto con las de otras dos grandes artistas contemporáneas suyas, Gesina ter Borch y, mi preferida, Judith Leyster. Ellas son las tres primeras mujeres incluidas en esta prestigiosa galería. Ni Gesina ni Judith, ambas talentosas, tuvieron tanta suerte en vida como Rachel. Judith Leyster tuvo que abandonar la práctica artística a la edad de 25 años tras casarse con un hombre con menos talento que ella. Muchas de sus obras fueron atribuidas posteriormente a su marido.

Judith Leyster, Autorretrato, 1630

La verdad es que, así como los cuadros de animales, no es fácil ver bodegones de flores. Hay que conocer al artista para interpretarlos. Para entender, como sugiere Moser, que “cuando miras un jarrón de flores pintado por Picasso, Van Gogh o Manet, no estás viendo las flores; ni siquiera te interesan. Lo que te interesa es Picasso, Van Gogh y Manet, cuyas personalidades, sea cual sea el tema, se muestran con toda claridad. Si un cuadro floral quiere durar, las flores han de ser secundarias. Lo que debes sentir —como en los cuadros de Rachel Ruysch— es la mano, el alma que las pintó.

Ramo de rosas con escarabajo y abeja, Rachel Ruysch, 1741 – Wikipedia

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