Desde que la Inteligencia Artificial se ha ganado el primer puesto como la gran amenaza para la humanidad, los otros grandes desafíos que se nos vienen encima se han desdibujado de la realidad. ¿A quién le importa ahora el cambio climático, si a toda hora estamos leyendo y oyendo decir que el desarrollo de la IA podría matar a todos los humanos en la próxima década? Si en diez años todos estaremos muertos, entonces, ¿para qué preocuparnos por el clima? ¿Contaminación ambiental, guerra nuclear? Ni los escenarios más espantosos tienen la capacidad de competir con la amenaza de una inminente IA perversa e incontrolable.
Bueno, no poca verdad debe haber en esto cuando sabemos que quienes lo dicen son los mismos individuos (las inteligencias naturales) que están detrás de la IA. Los tech bros de Open AI, Anthropic, Google, y todas las tecnológicas involucradas en la creación de un ‘monstruo’, del que ahora hasta ellos mismos se asustan.
Esto me hace recordar 2001 Odisea del espacio (1968), la película de Stanley Kubrick basada en una historia de Arthur C. Clarke. En la película, el súper computador HAL 9000 (una IA muy avanzada, sensitiva) controla el sistema de la nave espacial en misión a Júpiter e interactúa con los astronautas. Juegan ajedrez, HAL siempre gana. Todo va bien hasta el momento en que HAL comienza a comportarse un poco raro. No obedece las órdenes que le dan los astronautas. A ellos les preocupa el comportamiento de HAL y deciden marginarlo de la misión. Quieren desconectarlo. Pero cuando HAL, que está entrenado para llevar a cabo la misión de llegar a Júpiter y nada puede interponerse a este objetivo, descubre que los astronautas se proponen desconectarlo, los asesina.
Tuve que pensar en esto hace unos días cuando leí una noticia en la que Dario Amodei (el CEO de Anthropic) pide que se haga una ley que exija que todos los modelos de IA tengan un interruptor de apagado (kill switch). Este botón se pulsará cuando se perciba que el modelo de IA se ha vuelto demasiado peligroso.
Conociendo la historia de HAL 9000 me pregunto si eso sería suficiente. Una súper IA sabrá, ¿naturalmente?, con anticipación, si las miserables inteligencias humanas pretenden desenchufarla. Y hará lo que tiene que hacer para impedirlo.
Pero eso no parece ser lo más grave de la actual amenaza que representa una IA malintencionada, una IA con ánimos de controlar el mundo. Lo peor no viene de ella sino de los humanos. Y ni siquiera de los humanos que la fabrican. Ahí está Amodei pidiendo una legislación que frene desde ahora los posibles excesos de las máquinas. Lo peor viene de la política. De que Donald Trump no quiere que los chinos le ganen la carrera a los tech bros de Silicon Valley. Trump no les va a poner freno, no va a impulsar ninguna legislación, al contrario, les dice que deben darse prisa en el desarrollo de esta tecnología sin reparar en las consecuencias. No sea que los chinos… ¿Leyes? Trump no cree en la ley.
El mundo era ya un lugar bastante peligroso antes de que surgiera esta nueva amenaza letal. Un peligro que no está en primera instancia ni en las máquinas, ni en las armas, ni en el modelo económico destructivo vigente desde hace siglos, sino en los humanos que tienen la sartén por el mango. De las decisiones políticas de esta gente depende que las cosas vayan a mejor, o a peor.
En fin, que ahora no se habla de otra cosa que de los riesgos de la IA para la humanidad. Mientras tanto Ucrania y Rusia se bombardean mutuamente a diario, amenazando ampliar el conflicto a toda Europa. No se habla (casi) de conversaciones de paz sino de cómo aumentar las armas a ver quién destruye más, y gana la guerra. Israel continua masacrando impunemente a los palestinos, mientras el resto del mundo no se da cuenta porque está demasiado ocupado discutiendo sobre los peligros de la IA. Este verano el cambio climático nos ha dejado sentir de manera dramática sus consecuencias: incendios, inundaciones, glaciares colapsados. Una pequeña muestra de lo que nos espera si la política y la avaricia de los países y las empresas siguen ignorando estas señales.
Mientras tanto la IA, esta potencial asesina, está chupando las fuentes de agua y de energía del planeta. Debe ser que no importa que se les acabe el agua y la luz a los humanos (sobre todo a los más pobres) con tal de que la IA se siga desarrollando. Pero una vez más, la culpa no la tiene la Inteligencia Artificial sino, paradójicamente, la estupidez humana que controla el mundo.
El sábado pasado hubo una marcha por el clima en Ámsterdam convocada por varias organizaciones medioambientales. Marcharon solamente unas 40.000 personas (en un país de 16 millones de habitantes), una cifra que no llega ni a la mitad de las que se manifestaron hace tres años por la misma causa. Y eso pasa en 2026, un año en el que el mercurio de los termómetros ha subido como nunca en el último siglo.
Casi merecemos que nos aniquile la malvada IA. Por imbéciles.



