Recordando a la traductora y a la amiga.
Algo que yo le oí decir muchas veces a Mariolein al referirse a su trabajo de traductora es que en ese oficio, el traductor tiene que penetrar tanto en la obra que está traduciendo que es como si se metieras en cuerpo y alma dentro del libro en cuestión. Especialmente cuando se trata de una obra extensa, de esas que toman meses y meses de trabajo. Desde que se levanta hasta que se acuesta, la traductora vive sumergida en la historia, en la vida de los personajes, en el tiempo en el que se desarrolla la trama, en el ambiente, en el color local. Por la noche, con frecuencia sueña con todo esto. Y sus días están tan llenos de estas imágenes que, incluso cuando habla con otros, sobre otros temas, la novela está interrumpiendo constantemente sus pensamientos. ¿Cómo va a interpretar esa frase que hace días le viene dando vueltas en la cabeza y para la que no encuentra aún una solución que le satisfaga?
Un lector común y corriente lee una novela y se entera de lo narrado allí. Pero un traductor desciende hasta las capas más profundas de la narración. Desnuda las frases y los párrafos. No se le pasa nada desapercibido. Mariolein me contó que le había sucedido encontrar errores en textos, de esos que ni siquiera el mismo autor fue capaz de ver al escribir. En este trabajo el asunto no involucra solamente las palabras, el lenguaje usado, sino el momento específico en que se usan, el quién habla, y en cómo se mantiene la coherencia de ese habla a lo largo de las páginas traducidas. Y tanto más.
Esa especie de inmersión le pasó mientras traducía Cien años de soledad de García Márquez, o La casa verde de Vargas Llosa. Le pasó con Cortázar, cuando tradujo 62, modelo para armar. En un artículo suyo publicado en 1993, Mariolein se refiere a esa “maravillosa fusión entre el traductor y el escritor”. Fusión, dice. Porque durante el proceso de traducción, la traductora (casi) se tiene que convertir en el autor. Tiene que intentar al máximo pensar como él, sentir como él. Fundirse con la magia de García Márquez. Con la narrativa experimental de Julio Cortázar. Con la violencia, la tristeza y el humor de Vargas Llosa. Para nombrar solamente su experiencia con estos tres grandes narradores, aunque fueron muchos más los que estuvieron en su lista.

Su trabajo de traductora no se limitó a la novela. Se metió también con un campo más difícil como es la traducción de poesía. Porque como miembro del festival Poetry International, fueron muchos los poemas de autores conocidos y menos conocidos que pasaron año tras año por sus manos. Muy famosas son sus traducciones del poeta argentino Roberto Juarroz, del que ella no dudaba en afirmar que era su preferido. Por eso aceptó el desafío de traducir aunque fuera una parte de la enorme colección de poemas de Juarroz reunida bajo el título de Poesía Vertical [Verticale poëzie]. Hace unos días, cuando murió, Mariolein todavía seguía traduciendo a Juarroz, pues a pesar de una gripe que degeneró en neumonía, y del cansancio de la enfermedad, ella seguía sumergida en los versos sobrios y crípticos del argentino.
Camilo José Cela, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Eduardo Galeano, José María Arguedas (que la hizo meterse a aprender quechua para descifrar algunos términos de este autor peruano), Carlos Fuentes, Roberto Arlt, Belén Gopegui, Jorge Semprún, Jorge Volpi, Claudia Piñero, Juan Carlos Onetti, y muchos más pasaron a lo largo de casi 50 años de traducción por las teclas de su máquina de escribir, que más tarde cambiaría por un laptop. Ella decía que solamente aceptaba hacer traducciones de autores que le gustaban. Por eso se negó en su momento a traducir a Isabel Allende, una autora súperventas que financieramente le hubiera reportado bastante más que Gopegui o que Piñero.
Cuando al fin de la jornada lograba desconectar de sus autores, Mariolein siempre tenía tiempo para ir al cine, o a un concierto. ¡Cuántas veces no habremos estado en el Rialto, el Cinecenter, el Kriterion de Ámsterdam! Siempre tenía tiempo cuando se trataba de quedar para tomar una copa o para cenar. Y si la cena era en su casa, entonces había sopa. Sus famosas sopas, en las que caía todo lo que encontrara en la nevera, eran una especialidad. Las barbacoas en su casa de campo al este del país eran famosas entre todos los amigos.
Como Mariolein era vasca por parte de padre, al final, cuando nos despedíamos, yo a veces le decía, “Agur, Mariolein”. Que es la única palabra en euskera que conozco. Y ella, que seguramente conocía muchas más, contestaba también, “Agur”. Un guiño a la tierra vasca y a sus ancestros.


