A propósito de la exposición del fotógrafo holandés Ed van der Elsken en el Rijksmuseum de Ámsterdam
A nadie le gusta que le tomen fotos. Es decir, que le tomen fotos sin su permiso. Ir tranquilamente caminando por la calle y de repente descubrir a alguien frente a ti disparando una cámara. Sobre todo en esta época en la que no se sabe a dónde irá a parar la imagen que acaban de hacer de tu cara, de tu cuerpo, en qué plataforma la subirá el fotógrafo, cómo la utilizará, la transformará, la ‘editará’ con el fin de obtener algún resultado, un beneficio. Un día de repente te descubres en Instagram junto a mensajes que no te van ni te vienen. O algo peor.
El riesgo de esto no es nuevo, ni está asociado solamente a los abusos que facilitan las redes sociales en Internet. Desde que se popularizó la fotografía, esa manera rápida de captar una imagen de la realidad con un clic, hacia mediados de los años treinta del siglo pasado, cualquiera que tuviera los medios de comprar una cámara compacta podía colgársela al hombro y salir a retratar todo lo que se le cruzara por el camino. Lo que fue muy útil para el desarrollo del fotoperiodismo. Gracias a esto, el mundo conoció lugares y gentes lejanos, así como escenas de pobreza, de catástrofe, de guerra, de fiesta, que sucedían en otras partes del mundo.
Pero no todo era tan bueno, porque ya desde entonces las fotos tienen un doble mensaje. Piensen por ejemplo en la foto de 1973 de esa niña corriendo desnuda en Vietnam, víctima de un ataque de napalm del ejército estadounidense. Si bien esa imagen sirvió para mostrar al mundo el drama humanitario de esa guerra, no creo que esa niña, de habérselo preguntado, hubiera estado de acuerdo en hacer pública esa foto. Porque nadie quiere que lo muestren desnudo, llorando, corriendo, en el estado de pánico que refleja su cara.
O esta otra famosa foto (1936), con la que el gobierno de EE.UU. quería retratar los efectos de la Gran Depresión de esos años en el país. Digamos que la fotografía y la fotógrafa tenían una buena finalidad, reflejar la pobreza en la que vivía la gente en ciertas regiones, pero yo me pregunto si esa mujer -cuyo nombre se conoce, Florence Thompson- vio alguna vez esa foto, pues en ese caso lo más seguro es que no le hubiera hecho mucha gracia verse retratada en ese estado de tristeza y de miseria. La gente se viste y se arregla para las fotos. Ella no tuvo esa oportunidad. Tenía 32 años y siete hijos.
Desde los años 50, Ed van der Elsken hizo montones de fotos (y vídeos) callejeras, en algunos casos, claramente sin el consentimiento, incluso con el disgusto visible de los retratados. La foto (1983) del póster de la exposición no puede ser más diciente. La mujer de la bicicleta no está contenta con esa foto. En la exposición hay una serie de fotos que van der Elsken le hizo a una mujer en Hong Kong en 1959. En varias de esas fotos vemos a la mujer huyendo, expresando su rechazo al fotógrafo, en una de estas, ella se cubre la cara con la cartera, mientras a él le importa un bledo, e insiste en capturarla por todos los lados.
Como visitante de esta exposición yo no puedo dejar de apreciar la calidad de estas imágenes, su manejo de la luz y del blanco y negro, pero no puedo dejar de ver también la irritación de esta mujer, el mal rato que debió pasar siendo ‘disparada’, abusada en su privacidad, por ese hombre extranjero. En esa época, ella no podía temer que la pusieran en Instagram, pero el malestar de los momentos vividos bajo la mirada escrutadora y perversa de ese desconocido con su cámara, es el mismo que puede sentir hoy una mujer que se sepa fotografiada en la calle sin su consentimiento.
Hay un vídeo hecho en el centro de Ámsterdam en los años 70, época de minifaldas y pantaloncitos cortos, en el que van der Elsken enfoca durante largo tiempo las nalgas y las piernas de unas chicas claramente enfadas, y que no saben cómo quitárselo de encima. Yo, como parte del público de la exposición, además de mirar estas imágenes del vídeo, estuve también observando la expresión de los rostros de la gente al lado mío que observaba las imágenes. Todos, hombres y mujeres, parecían tener frente a estas imágenes, si bien no una actitud claramente de disgusto, sí de vacilación. De duda. Como de estarse preguntando, ¿era posible hacer esto en los años 70?
Porque, claramente, hoy no es posible. Si un fotógrafo sale hoy por la calle Dam a filmarles abiertamente las nalgas a unas muchachas, puede terminar con un ojo morado y la cámara destrozada. Y si alguien lo hace, lo hace a escondidas. Filmar, sin que se den cuenta, una escena callejera. Esto, por desgracia, será cada vez más posible, después de la introducción de las famosas gafas inteligentes de Mr. Zuckerberg. Pero igual, a nadie le gusta. De hecho, las ciudades están llenas de cámaras por todos lados que no dejan de captarnos. Pero estas son cámaras de vigilancia. No esperamos que Big Brother nos cuelgue en Instagram.
Mientras que la actitud machista, sexista y violenta de los hombres hacia las mujeres -como la que rebelan algunas de las imágenes en esta exposición- sigue siendo la misma del pasado, la diferencia es que ahora un fotógrafo como van der Elske tendría que hacer ese tipo de fotos a hurtadillas. Y bueno, viendo la exposición me digo, una vez más estamos frente a un artista éticamente cuestionable desde la perspectiva de hoy, pero sin duda un excelente artista.
Ed van der Elsken se murió en 1990. De ese entonces a hoy día ha cambiado mucho, no solo la mirada del fotógrafo, sino también la del público. Ya no somos capaces de hacer ni de ver con gusto imágenes en la que está clara la incomodidad de la persona representada.






Totalmente de acuerdo en tus comentarios/análisis, querida.
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No siempre nos damos cuenta de cómo se manifiesta la mentalidad patriarcal en el arte y la literatura. Lo que no quiere decir que la obra sea mala, pero sí que puede ser ofensiva.
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