París bien vale una misa

— Paris, Gare du nord – Wikimedia Commons —

Otra vez París. Recuento de unos días.

Cada vez que vuelvo a París me repito esa famosa frase atribuida al rey Enrique IV de Francia, de quien se dice que es el rey preferido de los franceses. Para poder ser coronado en 1594, Henry IV debió renunciar a la fe protestante en la que había crecido y convertirse al catolicismo. Fue entonces que pronunció la frase, Paris vaut bien une messe, en la que yo pienso cada vez que me bajo del tren en la Gare du Nord y camino por los congestionados pasillos del metro con ganas de salir cuanto antes a la luz del día parisino.

Rosetón de la catedral Notre Dame – depositphotos.com

No suelo ir mucho a misa, pero sí a visitar catedrales e iglesias. Esta vez la recién restaurada Notre Dame estaba, por supuesto, alta en mi lista. Qué suerte, esa tarde había un concierto de música sacra del romanticismo alemán con órgano, coro y voces solistas. Una cosa que a mí me gusta de las iglesias católicas es la sombra que las posee, algo que las hace tan diferentes a las iglesias protestantes en las que siempre hay demasiada luz. Notre Dame antes del incendio era sombría y profunda, un lugar que invitaba al recogimiento. Al menos así la recuerdo yo. Ahora, con la reconstrucción, parece una iglesia protestante. Ha quedado preciosa, es verdad, pero hay demasiada claridad. Pienso que ha perdido aquel encanto de la sombra atravesada suavemente por la discreta luz que se filtraba por los coloridos vitrales que se perdieron con el incendio.

También puede ser una idealización mía pues Notre Dame fue la primera gran catedral gótica que vi en mi vida, no tenía manera de compararla con otras. Ahora he podido ver otra iglesia parisina cargada de historia, la basílica de Saint-Denis, en donde están enterrados casi todos los reyes y reinas de Francia, con sus imágenes de San Dionisio decapitado, que según la leyenda caminó seis kilómetros llevando la cabeza bajo el brazo hasta llegar a ese punto en el que se desplomó. En ese lugar se erigió la basílica.

Basílica Catedral Saint Denis

Pero bueno, París vale mucho más que una misa. Incluso ahora que las temperaturas en Europa se han disparado —¡34 grados en pleno mayo en París!— y que tienes que subirte al RER a una hora pico, a uno de esos vagones que todavía no tiene aire acondicionado, y la gente va como sardina en lata consultando el móvil y abanicándose con la otra mano, si pueden. Casualmente la primera vez que estuve en París era un mes de mayo, año 1983, y para una chica del trópico como yo, recuerdo que hacía demasiado fresco. Demasiado. No me habían dicho que hiciera tanto frío en la primavera. Ese año hubo que esperar al verano para que los franceses empezaran a hablar de la canicule. La canícula, que para mí no era sino un calorcito normal.

El Centro Pompidou (Beaubourg) que con su estilo arquitectónico insólito era en aquel entonces una novedad casi escandalosa, ahora es tan viejo que lo están renovando. En unas salas provisionales se puede ver en estos momentos la exposición, La batalla de los colores, que ilustra el debate que se produjo en París a comienzos de los años 70 cuando se planeó el edificio. Entre otras cosas, por la selección de los colores. Fue difícil ponerse de acuerdo en lo que resultó. Yo tenía la impresión de que el color dominante de Beaubourg era el azul. Pero no, resulta que hay más colores en juego. Hay que ver esta exposición para entenderlo.

Ahí estoy yo mirando desde lejos la caverna del Pont Neuf, de JR medio destruida

Esta primavera la gran atracción de la ciudad iba a ser La caverne du Pont Neuf, una súper instalación del artista conocido solamente como JR, a quien le gustaría que el arte fuera capaz de cambiar el mundo. Pero uno de esos días caniculares de mayo, una tormenta pasó por la ciudad y destruyó una parte de la obra. Tuvieron que repararla, por tanto retrasar la inauguración y, ¡ay! Me fui y no la pude ver.

Así se veía el puente envuelto en 1985

Estaba yo recién llegada a París en los ochenta cuando los artista Christo y Jeanne-Claude empaquetaron ese mismo Pont Neuf -Puente nuevo, que en realidad es el más antiguo de la ciudad, inaugurado casualmente bajo el reinado de Henry IV- con la idea de “hacer del espacio público un espacio de sueño”, dijeron. Sin duda. Todavía recuerdo bien esa imagen enorme y dorada del puente, por estos días transformado en caverna.

En esos años, cada vez que pasaba por la rue de la Huchette en el Barrio Latino me decía que un día iba a entrar a ver La cantatrice chauve, la pieza de teatro absurda de Eugenio Ionesco que se viene representando desde 1957, sin interrupción, en el pequeño teatro que está en el número 23 de esa calle. Siempre quise entrar, y siempre lo postergaba. Tuve que esperar hasta 2026 para hacerlo. Más vale tarde. Y ahora me atrevo a añadir que, París bien vale una cantante calva. Comme c’est curieux, comme c’est bizarre, quelle coïncidence !

¡Ah, París! Las terrazas estaban a tope. También los precios, algo que a no mucha gente parece importarle, a juzgar por lo difícil que es encontrar una buena mesa a ciertas horas. Una mesa en Montparnasse. Una copa de vino blanco, mientras atardece por el Boulevard Edgar Quinet, y la gente, todo el mundo muy joven, muy vestido a la moda, pantalones ripiados de 100 euros en Uniklo, enormes gafas de sol negras y gruesas, de marca sin duda, chicas rubias, morenas, negras de largas cabelleras, porque a pesar de Emily in Paris, y de que a los ultras de derecha no les haga gracia, también el París glamuroso de los bares y restaurantes de los sectores de moda expresa una realidad multiétnica y multiracial. Algo que no se refleja en otras capitales de Europa, como Ámsterdam. ¡Fascinante! Una de esas tardes no cabía un alfiler en los cafés, todo el mundo concentrado en las grandes pantallas de televisión en las que el Paris Saint Germain, el PSG disputaba la final de la Champions League contra Arsenal de Inglaterra. Ganaron. Definitivamente, aunque puede ser fuente de disturbios, no hay como el fútbol para unir a la gente. La felicidad por los triunfos del equipo de fútbol de la ciudad no tiene raza, color político ni religión.

Vista al jardín de la mezquita

Yo viví durante un tiempo en el Distrito V, en la misma calle en donde está la gran mezquita de la ciudad. Pero aparte de ir a veces los domingos a tomar un café requete azucarado, como lo hacen los árabes, en el precioso jardín de la mezquita, nunca se me ocurrió visitar el edificio. Un capítulo importante de la historia del siglo XX de la ciudad se desarrolló en esa mezquita. Hay que ir allí para enterarse. Y con un poco de tiempo, planear una visita a Fontainebleau esa ciudad a una hora de París en donde está el otro gran castillo de los reyes de Francia. Visitando sus enormes salones te queda la impresión de que María Antonieta no murió decapitada aquel día, está vivísima en el imaginario francés.

Uno de los vestidos de María Antonieta expuesto en el castillo

Qué sería de París sin sus museos. No solamente los grandes con sus mega exposiciones como el Grand Palais o el Petit Palais, o el arrogante Louvre… Bah, el Louvre, mejor evitarlo si uno no quiere confrontarse demasiado con la evidencia de que el arte es una mercancía más del modelo del capitalismo consumista. La obra de arte se oscurece frente a la luminosidad de la publicidad de las grandes marcas. Todo es lujoso y caro, hasta mear, ¡dos euros por entrar al baño! Me pregunto qué porcentaje de esos dos euros le toca a la muchacha que está frente a la puerta esperando con el trapero y la bayeta para entrar a limpiar.

Obra de Olga de Amaral en la Fondation Cartier

A cambio de eso, qué gusto da caminar por las amplias salas de la nueva Fondation Cartier (a propósito de grandes marcas, jeje!) de arte contemporáneo, mientras se aprecia la variada colección de obras de artistas de muchas partes del mundo. Muchos latinoamericanos, como esta imponente obra de la colombiana Olga de Amaral. Ella sola amerita ya la visita a esa galería. Y echando para atrás en el tiempo, una mañana en el Museo Medieval de Cluny para ver aunque no sea sino esa habitación en la que cuelga la serie de los enormes tapetes flamencos que representan a la ‘dama y el unicornio’. Otro día se puede ir a pasear por el barrio Le Marais (a evitar en temporada alta) y entrar al museo Picasso a ver una exposición del artista estadounidense Henry Taylor. O ir a ver la Maison La Roche, la primera casa que diseñó el arquitecto Le Corbusier para un millonario francés. O el atelier de Giacometti. Y si al final termina uno muerto de cansancio, qué mejor que sentarse en una salita de cine de la rue Monsieur le Prince, o incluso en una de las salas grandes de la Pathé a ver la última súper producción francesa sobre De Gaulle. Que no está nada mal.

Una película para regresar a las realidades de la guerra. Caminando por el París de 2026, qué lejos nos parecen las imágenes de la violencia que desatan las guerras, y sin embargo una mañana tomando capuchinos y comiendo croissants en un cafecito simpático del distrito XVI, de repente vemos entrar a unos diez jóvenes altos, musculosos vestidos de camuflado, botas militares, chaleco antibalas, casco, armados hasta los dientes con ametralladora, granadas y quién sabe cuántas cosas más guardadas en las pesadas mochilas que llevaban a la espalda. Cualquiera diría que estábamos en la Ucrania oriental. Había varias personas sentadas en la terraza. Lo curioso es que a nadie parecía llamarle la atención la irrupción de estos personajes de película de guerra en un escenario apacible de primavera en una callecita de París. Comme c’est bizarre, hubiera dicho Ionesco. Lo más gracioso fue que los militares se pusieron obedientemente como escolares a hacer la cola frente a la caja para hacer sus pedidos. La imagen no podía ser más surrealista. Después los vimos salir, uno por uno con su bolsita blanca de papel con el logo de la panadería, llevando junto a la metralla de asalto, una quiche lorraine y una bebida, que irían a consumir posiblemente en algún parque cercano con niños jugando en la arena y madres de familia concentradas en sus móviles.

Bueno, después de todo, una ciudad como París tiene una larga historia de violencia. Nada más pensar en la matanza de San Bartolomé una noche de agosto de 1572. Esa noche el futuro Henry IV, todavía protestante, tuvo que salir huyendo de París para salvarse de la masacre en la que el bando católico asesinaría a decenas de miles de protestantes.

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