Cioran, Sábato y Springora

Nihilismo y pedofilia

¿Qué relación puede haber entre el filósofo franco-rumano Cioran, el escritor argentino de El Túnel, y la francesa, autora del libro, Le consentement? La respuesta es: una visita al apartamento del filósofo en la rue de l’Odéon en París. Y según mis cálculos, ambas visitas, la del argentino y la de la francesa, pudieron haber sucedido más o menos por las mismas fechas.

A veces sucede que los libros que estamos leyendo parece que conversan entre ellos. O que se encuentran en algún punto. O que coinciden en algún detalle, en alguna anécdota. Esto me acaba de pasar con dos libros que no podían ser más distintos, más distantes, y que acabo de leer uno tras otro. El primero es el ensayo autobiográfico de Ernesto Sábato, Antes del fin (1989), en el que el anciano escritor argentino narra algunos pasajes de su vida, su pasión por las ciencias que estuvieron a punto de alejarlo de las letras, sus influencias políticas, sus opiniones éticas. Es un libro de despedida del mundo. Un Sábato triste, decepcionado, dice adiós. El otro es El consentimiento, un libro de testimonio, el bestseller de Vanessa Springora sobre su experiencia de adolescente con un famoso pedófilo, libro que ha dado bastante de qué hablar en los círculos literarios de Francia desde su publicación a comienzos de este año.

Emil Cioran

Pues bien, resulta que, casi al final de su libro, Sábato refiere que hacía algún tiempo le habían dicho que Emil Cioran tenía ganas de conocerlo. Así que, aprovechando una visita a París se puso de acuerdo con el filósofo para ir a verlo en su casa de la calle Odeón. Todos los que alguna vez se reunieron con Cioran dicen lo mismo que escribe Sábato en estas páginas: que contrariamente a lo que se supondría, dado el carácter amargo del pensamiento del rumano, “… me sorprendió aquel hombre amable, menudo y apesadumbrado, predicador de un nihilismo que no coincidía con él”. Y añade que Cioran está siempre con una sonrisa en los labios, nunca huraño o indiferente. Más bien alguien que se hubiera podido identificar con una frase de Strindberg, “No detesto a los hombres, tengo miedo de ellos”.

Ernesto Sábato

Sábato dice que descubre en Cioran la coherencia de un hombre auténtico. Los dos hombres comparten muchas ideas, “como la necesidad de desmitificar un racionalismo que solo nos ha traído la miseria y los totalitarismos… como también la imbecilidad de los que creen en el progreso y en el avance de la civilización”. Descubre que el de Cioran es un ‘dolor metafísico’, y que su lucidez es producto de sus perplejidades y su tormento.

Este es el Cioran del que en algún momento se enamoran los jóvenes estudiantes de filosofía cuando se topan con sus Silogismos de la amargura, o con Del inconveniente de haber nacido. La seducción por la provocación, por la controversia, por su pensamiento contracorriente. No se recurre a Cioran en busca de respuestas, sino por sus preguntas.

Un par de días más tarde, en las últimas páginas del libro de Vanessa Springora, leo estas frases: “Me descubro de repente junto a un edificio señorial en cuya primera planta vive un amigo de G., un filósofo de origen rumano al que al principio de nuestra relación me presentó como su mentor”.

¡Qué casualidad, otra vez alguien de visita chez Cioran!

G. es Gabriel Matneff, un famoso y muy laureado escritor francés. La narradora es una chica de 15 años, que cuando llega a la calle del Odeón y llama a la puerta, está llorando desesperada. Después de dos años de intensas relaciones sexuales ‘consentidas’ con un hombre 37 años mayor que ella, se da cuenta de que ha sido víctima de un depredador, que el hombre de quien a sus 13 años se enamoró perdidamente, pues él era un exitoso escritor con gran poder de seducción en adolescentes soñadoras como ella, no es más que un pedófilo cuyas habilidades literarias lo ponen por encima de todo juicio moral.

Yo no he leído nada de Matneff pero parece que toda su obra está atravesada de historias pedofílicas. Viajaba a Filipinas y tenía sexo con pequeños. En una oportunidad, lo cuenta él mismo, hasta con ocho niños al mismo tiempo. Estas experiencias se convertían después en literatura. Y según dicen, buenas historias, muy bien narradas. Si a este talento se le suma que en los años setenta y ochenta del siglo anterior, la pedofilia no solo no era un delito sino que era reivindicada por los sectores intelectuales libertarios surgidos de los anárquicos años sesenta, gente como Matneff era intocable, e incluso objeto de adoración. Eran años en los que la gente más respetable de los circuitos artísticos, literarios y de la política en Francia no vacilaba en afirmar que la liberación sexual debía aplicarse a todas las edades, pues también los niños tenían derecho a un sexo activo. Y se aludía a la antigüedad griega en la que estaba bien visto que los adultos iniciaran a los adolescentes en las prácticas sexuales.

Consciente de su miserable situación, Vanessa, después de haber errado por la ciudad durante horas, desorientada, sucia, sin saber a quién pedir ayuda -pues estamos a finales de los años ochenta y nadie entiende que una chica de 15 años se queje de abuso sexual en una relación consentida por ella misma-, de repente se da cuenta de que está frente a la casa de un buen amigo de G.. Una mujer bajita, de cierta edad, le abre la puerta, es la esposa de Cioran que la hace seguir a la sala. En ese momento Vanessa piensa en que no ha conseguido leer entero ni uno solo de los libros de Cioran, pero dicen de él que es ‘nihilista’ y eso le basta para sentir confianza en el anciano.

“Emil, no puedo más. G. dice que estoy loca, y acabaré enloqueciendo si sigue así. Ya no tengo a nadie con quien hablar. Me ha alejado de mis amigos, de mi familia…”, le cuenta en medio de las lágrimas. Duraron dos años viviendo como pareja en un cuarto de hotel.

Ciorán la interrumpe muy serio para decir:

“G. es un artista, un grandísimo escritor, algún día el mundo se dará cuenta. O quizá no, ¿quién sabe? Usted lo ama y debe aceptar su personalidad. G. nunca cambiará. Es un inmenso honor que la haya elegido. Su papel es acompañarlo en el camino de la creación, y también doblegarse a sus caprichos. Sé que él la adora. Pero a menudo las mujeres no entienden lo que necesita un artista. ¿Sabe que la esposa de Tolstói se pasaba el día mecanografiando lo que su marido escribía a mano y corrigiendo incansablemente el más mínimo error con absoluta abnegación? El amor que la mujer de un artista debe dar a su amado tiene que ser sacrificado y oblativo”.

Vanessa: “Pero, Emil, me miente todo el tiempo”.

Cioran: “¡La mentira es literatura, querida amiga! ¿No lo sabía?”

La narradora está horrorizada. Cómo puede un filósofo, un sabio, pronunciar esas palabras. “¡Él, la autoridad suprema, ¿le pide a una chica de apenas quince años que ponga toda su vida entre paréntesis, al servicio de un viejo perverso!”

Sentada cerca de ellos, la mujer de Cioran, “muy emperifollada, con el pelo azulado a juego con su bonita blusa, asiente en silencio a cada palabra de su marido. En sus tiempos fue una actriz conocida. Luego dejó el cine. No es necesario preguntarse en qué momento”, escribe Vanessa con desencanto.

Bueno, no es mi intención criticar a Cioran por sus comentarios. Después de todo, también los filósofos, por muy sabios, son hombres de su tiempo. Un tiempo en el que nadie se escandalizaba porque una chica de 14 años se pusiera a vivir en un hotel con un hombre de 52, con la aceptación de la sociedad.

Hay una pequeña discrepancia en lo escrito por los autores en las dos visitas. Sábato sugiere que el apartamento de Cioran estaba en el último piso del edificio. En cambio Springora lo sitúa en la primera planta. No importa. Una discrepancia más importante está en que el Cioran que encuentra Sábato coincide con la imagen que tenía de él. Vanessa Springora no podría decir lo mismo.

  • La imagen de la portada es de: Nandor Muzsik, Unsplash

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