1348, el año de la plaga bubónica que acabó con la mitad de la población europea

No todo tiempo pasado fue mejor. Esto es más cierto que nunca cuando pensamos en enfermedades. Pero, ¿qué tan mejor es el presente?

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Ilustración medieval sobre la peste negra. https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=18142655

En octubre de 1347 atracaron en el puerto de Messina en Sicilia varios barcos mercantes genoveses provenientes de Crimea, en el Mar Negro. Nada especial, salvo porque gran parte de la tripulación venía muerta y los que aún estaban vivos presentaban rasgos de una extraña enfermedad: unas protuberancias negras del tamaño de un huevo o de una manzana destacaban en los sobacos y en las ingles de los marineros.Así comienza Barbara W. Tuchman el capítulo sobre la peste negra que asoló Europa a finales de la Edad Media, en su libro Un espejo lejano. El calamitoso siglo XIV.* Las hinchazones supuraban sangre y pus y se convertían en forúnculos y manchas negras extendidas en la piel debido a las hemorragias internas. El enfermo sufría dolores espantosos y no resistía más de cinco días después de la aparición de los primeros síntomas. Con la propagación de la enfermedad aparecieron otros síntomas, fiebre continua, sangre en la saliva y una tos tan persistente que acababa con el enfermo a veces en 24 horas. Los excrementos, el aliento, el sudor, la sangre de los bubones, la orina sanguinolienta de las víctimas eran hediondos. Era tal la desesperación del infectado que antes de morir “ya la muerte se le reflejaba en el rostro”.

 

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Foto de: Kuma Kum, Unsplash

Quizá es un poco masoquista escribir sobre bubones, toses y sudores malolientes en tiempos de pandemia como son estos. Pero es inevitable querer mirar un poco en la historia cómo han sucedido estas cosas en el pasado. Una cosa es cierta, aunque estas enfermedades altamente contagiosas nos sigan matando, hoy morimos en números mucho más reducidos. Y el Covid-19 no va a acabar con la mitad de la población de Europa ni mucho menos. Ni siquiera antes de que encuentren la vacuna.

La plaga del siglo XIV tuvo dos variantes, la de los bubones acompañados de hemorragia interna, y la neumónica que infectaba los pulmones y todo el sistema respiratorio. Cualquier parecido de esta última con el nuevo coronavirus podría ser solo una coincidencia. Un año antes ya había rumores de que una terrible peste habría surgido en China y se estaba extendiendo por el centro de Asia hacia la India, Persia, Mesopotamia, Siria, Egipto y toda el Asia Menor hasta Europa. Se hablaba de cifras devastadoras de muertos, de regiones que habían quedado completamente despobladas o cubiertas por cadáveres. Pero en esa época no existía claramente el concepto de contagio, por eso los europeos no se preocuparon, hasta que vieron llegar aquel barco a Messina, y después otros a Génova y a Venecia. En enero de 1348, la peste ya había penetrado en Francia a través de Marsella, y se trasladaba a España por los puertos del Languedoc.

 

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Difusión de la Peste Negra. En verde las áreas de menor incidencia. Wikimedia.org

Mientras hoy un virus puede llegar en unas horas de la China a Lombardía, en aquella época el trayecto duraba algunas semanas, pero la comunicación entre Asia y Europa estaba ya lo bastante extendida como para garantizar que llegara. Desde Italia cruzó los Alpes hacia Suiza, y hacia el este hasta llegar a Hungría. Por Francia llegó al sur de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Desde París se extendió a Flandes y los Países Bajos. Se sabe que a Noruega llegó en un barco fantasma que transportaba un cargamento de lana y toda la tripulación muerta. De ahí, fue cuestión de semanas para que llegara a Suecia, Dinamarca, Prusia, Islandia e incluso Groenlandia.

Nunca se supo realmente cuánta gente murió. Pero en la época se aceptaban las estimaciones del Libro de la Revelaciones (El Apocalipsis) de San Juan al final del Nuevo Testamento, que calcula que en todo el mundo, es decir, de la India a Islandia “muere un tercio de la población”. La plaga era el fin del mundo. En cierto momento se llegó a pensar seriamente que con aquel castigo Dios quería exterminar a la raza humana.

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Videogame Apocalipsis inspirado en El Bosco

Aunque debió ser impresionante el nivel de mortandad, Barbara Tuchman hace notar que éste no siempre coincide con la percepción que la gente tiene de una tragedia. Por ejemplo, en la ciudad de Aviñón, en ese entonces un centro importante porque era la residencia del Papa, los informes de la época dan cuenta de 400 muertes diarias, lo que resultó al final en la pérdida de la mitad de la población. El espectáculo de las carretas cargadas de cadáveres era tan frecuente que algunos cronistas llegaron a hablar de 120 mil muertos solo en Aviñón. El problema es que en esos años la ciudad no tenía más de 50 mil habitantes. Algunos lugares simplemente desaparecieron porque los pocos sobrevivientes prefirieron mudarse a otro pueblo “dejando solo un bosquejo fantasmal cubierto de hierba que indicaba que allí habían vivido mortales”.

Otra cosa que preocupaba mucho entonces era que la gente moría sin confesión y sin recibir los últimos ritos sagrados. Por eso el Papa Clemente VI, muy práctico, creyó necesario decretar un perdón masivo de los pecados de todos los que murieran por la peste. Este perdón masivo me hace pensar ahora en el carácter ‘democrático’ de las pestes. Usando otra vez el ejemplo de Aviñón, en la ciudad murieron 9 cardenales y 70 prelados de la Iglesia. Esta es una cifra importante teniendo en cuenta que estas altas figuras de la jerarquía eclesiástica tenían un buen nivel de vida con respecto al común de la población. Lo que quiere decir que la peste no discriminaba entre ricos y pobres. Y si bien los de arriba podían protegerse mejor que los de abajo, porque se alimentaban bien y tenían mejores casas en las que podían aislarse y evitar el contagio, a un rico contagiado le esperaba la misma espantosa suerte que al más mísero de los habitantes.

A este respecto, a los ricos de hoy no les va tan mal en caso de infección por el Covid-19. Ahí está Boris Johnson. De haber sido un pobre empleado británico como esos que aparecen en la películas de Ken Loach, se hubiera muerto.

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Decameron (Boccaccio) Cuadro de John William Waterhouse, 1916

Hay otro aspecto en el que también estamos un poco mejor que antes, es el de la solidaridad humana. Aunque es cierto que ha habido casos de gente que insulta a personal médico cuando viven cerca de sus casas por temor al contagio, o de gente que insulta a los chinos por la asociación del virus con ese país, lo más frecuente es una actitud de comprensión y apoyo. Gente que se ofrece a hacer las compras de sus vecinos ancianos, por ejemplo. Pero esta solidaridad también tiene que ver con la reducción de los riesgos. En el siglo XIV, la ayuda, que también la hubo (suministrada por el bajo clero, curas y monjas), representaba una condena segura. La ayuda era una excepción. Tuchman, citando el Decamerón de Boccaccio, menciona casos de gente que abandonaba a sus hijos, de hijos que abandonaban a sus padres, “la caridad ha muerto”. Hoy te puedes dar el lujo de dar apoyo humanitario a los desconocidos y mantenerte limpio. Por cierto, los jóvenes del libro de Boccaccio hacían parte de esos nobles ricos de Florencia que poseían palacios en el campo, y podían permitirse el lujo de pasar la cuarentena como la pasan hoy los que poseen segunda casa à la campagne, con toda comodidad y a resguardo de todo peligro.

Pero es sobre todo en términos del conocimiento de las causas de una enfermedad en lo que estamos hoy mejor. En 1348 nadie sospechaba que las ratas y las pulgas eran las principales portadoras del mal, debido a que era tan corriente tener siempre ratas y pulgas que éstas hacían parte de la normalidad. A la humanidad le tomaría 500 años, gracias a Louis Pasteur, identificar al bacilo bubónico que estos animales transmitían a los humanos. Lo que todavía no se sabe es por qué ese bacilo, que había sido inocuo durante siglos, se volvió de repente virulento.

La diferencia entre el saber religioso y el saber científico es que el primero es estático y el segundo está corrigiéndose permanentemente. La explicación del misterio de la santísima trinidad es exactamente la misma en el siglo I de nuestra era que en el siglo XXI. Y nadie lo discute. En cambio la explicación que dio la ciencia del siglo XIV a la peste bubónica resulta hoy para morirse de la risa. Sobre esto Tuchman trae una anécdota de antología:

cienciaEn octubre de 1348, el entonces rey de Francia, Philippe VI, pidió a la facultad de medicina de la Universidad de París, un informe explicativo de la enfermedad. Los doctores expusieron cuidadosamente sus tesis, antítesis y pruebas, concluyendo que se debía a una triple conjunción de Saturno, Júpiter y Marte en el cuadragésimo grado de Acuario, un suceso que habría ocurrido el 20 de marzo de 1345. También reconocieron no ser capaces de explicar las causas de este fenómeno. El veredicto de los maestros de París fue la versión oficial adoptada por el mundo de la ciencia, de modo que se copió, se transcribió, se tradujo del latín a todas las lenguas vernáculas, y fue incluso aceptado por los grandes doctores árabes de Córdoba y Granada, que eran la vanguardia en este campo en ese entonces. Este hecho tuvo un efecto (feliz) inesperado, y fue que la traducción a numerosas lenguas de los tratados de la plaga estimuló el uso de las lenguas nacionales.

De todos modos la explicación de los doctores era muy complicada para el común de los mortales que prefirieron seguir atribuyendo la desgracia a “la ira de Dios”. Algo que confirmaba una Bula de Clemente VI ese año, que se refería “a la pestilencia con la que Dios está afligiendo al pueblo cristiano”. Hoy no me imagino al Papa Francisco explicando de esta manera el Covid-19. Al contrario, la visión ecologista del Papa no podía estar más alineada con los datos de la ciencia contemporánea.

Finalmente, Barbara Tuchman se pregunta sobre el estado de la condición humana después de la plaga. Tanta muerte, dolor, miedo, odio, algún efecto profundo debió haber producido en la sociedad. Sin embargo ningún cambio radical se hizo visible enseguida. Los sobrevivientes de la plaga no eran personas ni destruidas ni mejoradas. Seguían siendo iguales a como eran antes. “La persistencia de lo normal es fuerte”, dice la historiadora. No obstante, algunas explicaciones históricas señalan la Muerte Negra como el posible comienzo de una era moderna. Se produjeron cambios sociales importantes, pero estos tomarían cierto tiempo en hacerse visibles.

Hoy se habla de que después del Covid-19 el mundo no debería regresar a la ‘normalidad’, que hay que aprovechar la pausa que nos está dando el virus para redireccionar la economía, el sistema de producción, y el estilo de vida. Ojalá suceda. Aunque lo más probable es que, al igual que en el siglo XIV, el periodo poscoronavirus no nos va a hacer muy diferentes. “La persistencia de lo normal es fuerte”. Y los cambios van a necesitar más tiempo para producirse. La diferencia con el pasado -y en esto estamos peor que antes- es que la crisis climática y medioambiental, que muchos todavía se obstinan en ignorar, es una realidad que no da espera.


BTuchman

*A Distant Mirror. The Calamitous 14th Century, Barbara W. Tuchman. Penguin.

2 comentarios

  1. Bueno, yo pongo este ‘avance’ humanitario también un poco en duda. Creo que tiene más que ver con las posibilidades materiales para hacerlo. Hoy es más fácil ayudar a los desposeídos/enfermos/refugiados que antes, porque hay más medios para hacerlo. Un ejemplo: en 2015 cuando la crisis de refugiados provenientes sobre todo de Siria y Afganistán a Alemania, la población alemana que más rechazó la política de acogida de Merkel fue la de los barrios y zonas más pobres del país. En los barrios ricos de Berlín, por el contrario, la gente se ofreció como voluntaria para ayudar a acoger a miles y miles de personas. ¿Por qué? Porque cuando vives en la abundancia te puedes permitir la generosidad. Suena un poquito cínico pero es la realidad. Saludos.

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  2. De los muchos temas que tocas en tu artículo, me quedo con el aspecto “democrático” de las epidemias (o de las pandemias) y también en el hecho de que hoy tenemos la suerte de que podemos disponer de ayuda humanitaria. En lo personal soy bastante pesimista con respecto a lo que está sucediendo y a lo que sucederá a continuación; pero sin duda debo reconocer que este último es un gran avance en los aspectos éticos de la humanidad.

    Un abrazo.

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