Exceso y desperdicio de libros

Hoy se escriben, editan y publican más libros que nunca, en una época en la que se lee menos que nunca. ¿Cómo se entiende eso?

Vivimos en la edad del desperdicio. Las cosas se desperdician cuando se tienen en exceso. En las basuras de las ciudades se encuentran montañas de restos de la infinidad de cosas que se producen, se compran, y no se consumen o se consumen en parte, y el resto va a dar a los contenedores de basura: alimentos, ropa, juguetes, aparatos eléctricos/electrónicos, CD, DVD, cartones, toda clase de plásticos, y últimamente también, muchos libros.

El libro, como objeto físico, no tiene hoy el valor que tenía hasta hace algún tiempo. En aquel entonces, la gente compraba un libro y lo leía (o no), lo ponía cuidadosamente en su biblioteca, y si alguien se lo pedía prestado, lo hacía, exigiendo que por favor al terminar de leerlo se lo devolvieran. No devolver un libro prestado podía significar un disgusto entre las dos partes. Hoy día eso difícilmente sucedería. Hasta se te olvida que has prestado ese libro. Porque el libro ha perdido el respeto que antes se le tenía. Ahora es un objeto más, que se ha vuelto incómodo en la casa, ya no tiene espacio, hay que salir de él como sea.

Entonces, haces una selección de todos los libros que no quieres —no porque ya no te gusten, de algunos incluso te dolerá tener que separarte, sino porque ya no los puedes tener, porque no te caben en las estanterías— y los ofreces a los amigos. Ellos agarran unos pocos, en algunos casos, más por hacerte un favor que porque de verdad les interesen, para comprobar al final que todavía te quedan demasiados. ¿Qué hacer?

En Madrid había hace unos años (no sé si todavía exista) un puesto en un mercadillo de la ciudad en donde se vendían libros de segunda mano al peso. El Pedro Páramo salía casi regalado, mientras que la trilogía Millennium de Stieg Larsson costaba doce euros. Comprar libros al peso puede sonar simpático, pero ¿no será más bien una señal de la depreciación del libro en estos tiempos?

Lo mismo me atrevería a decir de las improvisadas bibliotecas callejeras que cada vez se ven más en las grandes ciudades. Unos sencillos anaqueles de madera en la calle en los que alguien ha puesto libros que ya no quiere, con el pretexto de que los que pasen por ahí, tomen graciosamente el que les guste. Una manera de que los libros (no queridos) sigan circulando. Pero, si los anaqueles no están protegidos por un vidrio (como en esta foto de una pequeña biblioteca callejera cerca de mi casa) se mojarán con el primer aguacero, o saldrán volando al primer ventarrón. Yo no digo que la idea no sea buena. Lo es, y es bonita, además. El otro día, incluso, me llevé un libro de ahí. Y puse otro. Pero otra vez, no puedo evitar pensar en esto como otra señal de la desvalorización de ese objeto de culto que era antes el libro.

Hoy, la enorme cantidad de libros impresos que no se vende, después de que acumulan durante un tiempo polvo en las bodegas, termina siendo destruida a pedido de los mismos editores. La industria del papel (que consume bastante energía) contribuye anualmente en un 0,5 por ciento a las emisiones de carbono. Eso parece poco, pero no lo es si sabemos que este porcentaje representa más carbono del que un país industrializado como Holanda lanza a la atmósfera al año. De modo que, aunque es cierto que el papel se recicla, también es cierto que este proceso conlleva un alto costo de energía. Además, en estos momentos hay una escasez de papel en el mundo. La culpa en parte la tiene la industria del cartón que se ha disparado con el comercio online que se mueve por el planeta en millones de cajas de cartón, y acapara buena parte de la materia prima.

¿Qué diría Dante?

Mucha de la gente que yo conozco son buenas lectoras, y con frecuencia ponen en sus redes sociales comentarios de libros o de autores, o simplemente anuncios que promocionan novelas, poemas, bibliotecas, o el libro en general como fuente de sabiduría. Sin embargo, una realidad innegable (el elefante en el cuarto) es que hoy la gente lee menos. Al libro le toca competir con otros medios de aprendizaje o de distracción de fácil y más barato acceso, y en esta lid el pobre libro suele tener desventaja, sobre todo entre el público más joven.

Yo me considero buena lectora. Desde que tengo memoria, siempre a donde voy llevo conmigo un libro. No hay mejor manera de llenar los momentos muertos, como cuando esperas o tomas el bus o el metro, que sumergirse unos minutos en el libro que estás leyendo. Antes era común verlo, la gente iba leyendo en el metro, ahora todos van sumergidos en alguna de las atracciones que ofrece el teléfono móvil. Pero incluso una adicta a la lectura como yo debo reconocer que el exceso de libros que padecemos en estos tiempos, además de repercutir sobre el medio ambiente, genera otros malestares. Insisto, no es el libro, es el exceso de producción libresca.

Todo exceso es malo, incluso el exceso de cosas ‘buenas’. El exceso no solo conlleva al desperdicio, como he dicho antes, sino que produce ansiedad. La gigantesca oferta semanal de nuevos títulos (muchos de los cuales, nada más dar un vistazo a sus portadas y a sus sinopsis, me digo que me gustaría leer) que viene reseñada en los suplementos de libros de los periódicos, produce una sensación de impotencia e incapacidad en la lectora porque sabe que nunca va a poder leerlos. La lectora se asfixia caminando entre las mesas y estantes de las grandes librerías rebosantes de montones de libros recién publicados, para los cuales necesitaría cuatro vidas más, por lo menos. Y esto sin mencionar todo lo que te recomiendan los amigos y amigas que acaban de leer algo tan maravilloso que no te lo puedes perder.

Dejo claro que esto no es un panfleto en contra del libro. Sí lo es contra los excesos de la industria. ¿Por qué no se ha generalizado el sistema de ‘libros sobre pedido’? Que no se impriman miles de ejemplares de una vez sino el número reducido que calculan que se venderá realmente, y después, bajo pedido, se impriman individualmente en las librerías o por Internet. Es sabido que mientras más ejemplares impriman la producción es más barata. Pero ¿por qué a las editoriales no les importa quedarse después con toneladas de libros que no se venden y deberán ser destruidas?

No es contra la literatura ni contra la lectura en sí. Yo creo que la lectura en medios digitales es tan valiosa (tan provechosa) como la lectura en papel. La lectura en lectores digitales tendría que hacerse más popular. El precioso papel debería reservarse para textos muy especiales. Hay mucha literatura que no merece una inversión en papel, libros que son de leer una vez y no volver a abrir nunca más. Estos deberían aparecer solamente en digital, así al menos se ahorraría bastante papel y energía.

Yo sé que la mayoría de mis amigos y amigas que tienen grandes y preciosas bibliotecas no estarán muy de acuerdo con lo que he dicho aquí. Sin embargo, no puedo evitar pensar que la gente como ellas son cada vez más las excepciones. Ojalá esta gente siga manteniendo por mucho tiempo sus preciosas bibliotecas. Aunque me temo (¡yo siempre tan pesimista!) que la próxima generación no va a saber qué hacer con tanto libro, y tarde o temprano buena parte de estos terminarán en algún contenedor de reciclaje. ¡Ay!

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2 comentarios

  1. Yo soy de las que necesita 5 vidas para leer todo lo que desearía. En Madrid no encontré lo de los libros por peso pero OH qué cantidad de joyas literarias en segunda mano. Ahí me compré Conversación en la Catedral. En cuanto a la impresión editorial no sabía la gravedad del fenómeno. Un abrazo.

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