La desigualdad y las guerras aumentan la temperatura del planeta

Foto tomada en una calle de Roma en 2018, por John Moeses Bauan – Unsplash —

Vivimos en un mundo profundamente desigual. Casi mil millones de personas no tienen acceso a la electricidad. Esa misma cantidad se ha calculado para las personas que no cuentan con baños y deben defecar y orinar en el monte o en las calles. Casi un treinta por ciento de la población mundial no tiene acceso a agua potable, y el doble de esa cifra está en contacto con agua de mala calidad, agua contaminada. No es difícil imaginar las consecuencias que tiene esta escasez para la calidad de vida de tanta gente. Sin agua y sin electricidad da igual que vivas de hecho en el siglo XXI porque la realidad es que tienes un estándar de vida más próximo al Medioevo.

Por eso cuando grandes intelectuales mediáticos de estos tiempos, como Steven Pinker, Yuval Harari y otros, afirman que hoy vivimos en el mejor de los mundos, que nunca en la historia de la humanidad hemos estado taaaan bien como en las décadas actuales, no podemos menos que sorprendernos y preguntarnos, un momento, ¿estamos hablando del mismo mundo?

Las diez personas más ricas del mundo contribuyen al calentamiento global tanto como todos los países que aparecen en la tabla

El mundo siempre ha sido desigual. Siempre ha habido ricos y pobres, pero las actuales dimensiones de esta desigualdad, ¡por favor, esto es algo nunca visto!

Es verdad que la ciencia y la tecnología han hecho hoy la vida más feliz y más fácil para una buena porción de la humanidad; verdad que la medicina ha progresado tanto que ya no nos morimos así no más de parto, de cáncer, que la mayoría de los niños que nacen sobreviven e incluso llegan a viejos, y que las enfermedades cardiovasculares se pueden mantener a raya con unos pocos medicamentos. Pero también es verdad que esto no es verdad para aproximadamente un 30 por ciento de la población. Que esta enorme cantidad de gente todavía se sigue muriendo por enfermedades para las cuales hace tiempo existen cura y medicinas. Sin agua, sin electricidad, y cocinando sus alimentos de la misma manera como lo hacían sus antepasados desde los tiempos más remotos, a esta enorme cantidad de gente no podemos irle con el cuento de la bondad y felicidad de los tiempos que corren.

Otra constatación que hacen los intelectuales occidentales es la de que estos tiempos son más pacíficos que antes. Fíjense, llevamos 75 años de paz, dicen, desde que acabó la Segunda Guerra mundial. Y así parecía ser… hasta el 24 de febrero de 2022, cuando un individuo completamente ahistórico como Vladímir Putin (según el análisis occidentalista, Putin no sería un hombre de estos tiempos, sus actos corresponden más con la época zarista o la soviética) le pone un palo a la rueda del análisis histórico de los grandes historiadores occidentales. Putin, al igual que Hitler, sería una anormalidad histórica, algo que no casa con el espíritu occidental del siglo.

Foto de Jeff kingma, en Unsplash

De este modo, la guerra en Ucrania es, en otro nivel, también una señal de la desigualdad en la manera de percibir el mundo, la prueba de que el mundo no es homogéneo ni mucho menos. La paz en unas partes corre paralela con las guerras en otras partes (Afganistán, Etiopía/Etritrea, Yemen, Siria, Myanmar, Libia, y los casos de insurgencia terrorista en numerosos países).

En occidente se interpreta el mundo desde una perspectiva solo occidental, excluyendo al resto, e ignorando que su visión de la historia no necesariamente coincide con la que tienen los pobladores de otros contornos. En 1989, Francis Fukuyama hablaba del fin de la historia, como si el fin de la guerra fría fuera el final de una película, cuando la luces se encienden en la sala y todos se van para su casa a hacer otras cosas. Pero el mundo no solamente se dividía entre Americanos capitalistas y Soviéticos comunistas. Las otras regiones del mundo (África, Asia, Latinoamérica) se pusieron, por necesidad u obligación, a favor de los unos o de los otros, pero sin olvidar su propia historia, conflictos e intereses. Los Fukuyamas no fueron capaces de prever el rol del islamismo en el mundo, así como los Hararis y Pinkers descartaron que una guerra de invasión como la que estamos viendo en Ucrania fuera posible en estos años. Claro que era posible, y vendrán más guerras, por desgracia. La historia no ha terminado.

Una cosa que ha sorprendido a algunos analistas de la guerra de Rusia en Ucrania es que muchos países han optado por no condenarla. Invadir a otro país con las armas es el máximo acto de agresión internacional, sin embargo la China, India, Brasil, Suráfrica (los BRICS), varios países de Europa del este, e incluso Israel, quién lo hubiera dicho —o sea, un conjunto no desdeñable de países geopolíticamente importantes— deciden no alinearse con occidente en la condena o en la aplicación de las sanciones a Putin. ¿Cómo se explica esto? Bueno, simplemente aceptando que hay más lecturas de la realidad que la meramente occidental. Y que el mundo se está reordenando.

Sabemos que detener el calentamiento global es la gran prioridad de la humanidad. Y sabemos cómo hacerlo. Sabemos que esta década es crucial para recortar las emisiones de los gases de efecto invernadero y mantener la temperatura en los límites necesarios que han hecho posible la vida en la Tierra. El ser humano es una criatura curiosa: posee la suficiente inteligencia para comprender los problemas que se le presentan y encontrar las soluciones, pero a la vez el suficiente grado de estupidez para no actuar en consecuencia.

Sabemos que no podemos seguir dependiendo de los combustibles fósiles. La guerra en Ucrania ha puesto en evidencia lo enganchados que estamos todavía a la economía de los fósiles. Ahora, en medio de esta crisis energética, al diablo con el Acuerdo de París y con los informes del IPCC sobre el clima. Este y los años próximos veremos más carbón, más petróleo, más gas, más fracking ensuciando el planeta. Mientras tanto, la industria de las energías renovables avanza a un paso lento, y los gobiernos anuncian grandes subvenciones para nuevas perforaciones en busca de hidrocarburos, y anuncian más fondos para la producción de las armas que se van a necesitar para las nuevas guerras que se avecinan.

Como sigamos así, el futuro se va a parecer a una película de Mad Max.

Escena de Mad Max Fury Road

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