Los hijos de las feministas

Comentarios a partir del libro Contra los hijos, de la escritora chilena Lina Meruane.

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Foto de Oliver Cole, Unsplash

Yo estoy convencida de que una completa igualdad de los sexos se conseguirá solamente cuando los hombres sean capaces de parir hijos. O cuando la tecnología logre producir los bebés en laboratorios hasta el final de la gestación, ahorrándoles esta pesada función a las humanas. Pero, la verdad, no veo muy cerca ninguna de estas dos opciones, así que lo más probable es que esta labor siga estando en los próximos tiempos en manos (o en el vientre) de las mujeres. contraloshijos-700x367Estuve pensando en esto el domingo pasado mientras leía Contra los hijos. Fue pura casualidad que ese domingo fuera Día de las Madres.

Con una perspectiva feminista, Meruane se queja de la carga que le corresponde a la mujer como “máquina de hacer hijos”. La mujer ‘normal’ es la madre-esposa-sirvienta, de la que se espera que tenga hijos, y cuando dice que no los quiere tener se la tacha de egoísta, o anormal. Porque el instinto materno sería algo natural. La acusación de egoísmo se dirige sobre todo a las mujeres profesionales que viven en pareja con un hombre y que no están dispuestas a cambiar su trabajo por los pañales. Artistas, científicas, escritoras para quienes las posibilidades de trabajar como quieren y de lograr el reconocimiento se reducen con la llegada de los hijos.

 

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Lina Meruane

Meruane se queja también de los hijos, en particular de los de hoy, esos pequeños monstruos de aspecto inocente “investidos de plenos poderes en el espacio doméstico”. Los hijos tiranos contra quienes los padres no son capaces de imponer ni la más mínima autoridad. Le doy toda la razón. ¡Quién no ha tenido que sufrir alguna vez a uno de estos enanos insoportables estando de visita en casa de amigos con niños pequeños! A veces los vemos en el supermercado revolcándose y chillando histéricos en el suelo porque no les quieren comprar los chocolates que ellos dicen. Y al final, para que se calmen, se los compran.

Es difícil no estar de acuerdo con esto. Aunque en la actualidad, y especialmente en los países desarrollados, los hombres participan bastante más que antes en la crianza de los hijos, de todos modos la carga grande sigue llevándola la mujer desde el momento mismo de la concepción. Ella lo porta en su cuerpo durante nueve meses, llegado el momento lo pare y lo tiene que amamantar durante muchos meses más. Con el desgaste físico que esto representa. Antes se decía que cada hijo le costaba un diente a la madre. Ahora las mujeres no pierden los dientes pero algún destrozo corporal sí que causa la preñez, el parto y lo que sigue.

No hay que ser muy feminista para reconocer que las sociedades han sido injustas con las mujeres. Se han despreciado sus capacidades, su inteligencia, y desde comienzos de los tiempos se las ha limitado a roles secundarios. No sé si existen estudios, o teorías serias que expliquen por qué esto ha sido siempre así. Sobre todo teniendo en cuenta que esto no sucede en las otras especies animales, en las que, a pesar de la maternidad, por lo general las hembras tienen en el grupo un rol tan preponderante como el del macho. Así pues, parece que es algo exclusivo de la especie humana. Las mejores especulaciones apuntan a que la culpa de esto la tiene el hecho de que los humanos son los únicos seres de entre todas las especies que nacen incompletos. Mientras un ternero, un perro, un pájaro salen casi listos para lanzarse a la vida, nosotros necesitamos llegar por lo menos a la edad de tres/cuatro años para sobrevivir sin el apoyo, en primera instancia, de la madre. Este periodo tan largo dedicado al cuidado de los bebés sería el origen de la posición débil de la mujer en la sociedad, que la dejó relegada al hogar.

Lina Meruane reivindica su derecho a negarse a tener hijos con base en la libertad de decidir sobre su cuerpo y los principios de igualdad de los sexos que vienen promoviendo las feministas desde el siglo XVIII. Y trae a cuento a Mary Wollstonecraft, la intelectual inglesa que ya en esas épocas escribió sobre los derechos de la mujer a la educación, cuando la única educación que recibían ellas era para prepararlas para la vida doméstica. El libro nos recuerda que Wollstonecraft murió “en el parto de su segundo hijo”. Aunque en ese entonces las mujeres de la clase alta en Inglaterra podían permitirse el lujo de una buena educación y de tiempo para escribir, no podían permitirse el lujo de no quedar embarazadas. No sabemos si, de haber podido, Wollstonecraft hubiera optado por no tener hijos. De haberlo hecho no habría muerto tan joven, a los 38 años, de fiebre puerperal después del nacimiento, no de su segundo hijo sino de su segunda hija, Mary Shelley, una niña de gran inteligencia que antes de cumplir sus 20 años ya había escrito una de las grandes obras clásicas de la literatura inglesa, Frankenstein.

 

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Luis XIV y su ama de cría

En su rápida exploración de la historia del feminismo, Meruane destaca asimismo las ideas de Elisabeth Badinter, una intelectual feminista francesa contemporánea, que sostiene que la maternidad no es un instinto natural. Es, como todo a fin de cuentas, una construcción cultural. Basta mirar cómo ha sido en el pasado la relación de las mujeres con sus vástagos para comprobarlo. Antes las mujeres eran, mucho más que ahora, máquinas de reproducción. Una mujer en edad reproductiva podía estar todos los años embarazada. Las mujeres de las clases altas no se ocupaban de sus hijos, sino que los daban al servicio para que los cuidara. Incluso para la leche, por eso existía la profesión de ama de cría, que según leo en Wikipedia, liberaba “a las clases superiores de una tarea percibida como socialmente inadecuada”. El ‘amor de madre’ tal como lo hemos idealizado no tiene nada que ver con lo que podía sentir una mujer pobre por su enésimo hijo, esa cosa gritona que le salía de nuevo de las entrañas y que quién sabe si iba a sobrevivir.

Badinter, que es multimillonaria y tiene tres hijos, critica la ‘moderna maternidad’ que esclaviza a las mujeres con argumentos ‘naturalista’ por su insistencia en la lactancia y en la gran atención que debe dar hoy la madre a los hijos, todo lo cual está devolviendo a las mujeres, que habían conseguido muchas libertades después de la píldora, a la situación que había antes de 1950. No creo que sea desacertado especular aquí que son precisamente los hijos de esta moderna generación de madres -profesionales, obreras, intelectuales, que terminan su trabajo y vuelven a casa a seguir trabajando, y fuera de eso cargadas con sentimientos de culpa por haber restado tiempo y atención a sus retoños-, los pequeños tiranos rodeados de montañas de juguetes, acostumbrados a que sus caprichos se hagan realidad.

Pero cuando la autora se mete de lleno con el tema de la mujer liberada-sin hijos es cuando examina el caso de Nora, la de Henrik Ibsen en su Casa de muñecas, la típica mujer-hija-esposa-madre del siglo XIX.

 

Casa-de-muñecas-Henrik-IbsenEsta es una obra que siempre me ha impresionado. Mi impresión me ha llevado a preguntarme si la rabia y la impotencia que puede llegar a sentir una mujer por las ataduras domésticas, porque su casa es como una prisión que no la deja desarrollarse en otros aspectos como ella quisiera, pueden volverse tan fuertes que la lleven a abandonar a sus hijos? Es lo que hace Nora.

Vale, Nora está harta y se va. Pero, ¿qué pasa después? Adónde va? ¿Qué vida va a hacer una mujer como ella que solo ha conocido una vida de muñeca? Ibsen deja abierta esta cuestión.

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Nataša Tapušković en el rol de Nora en la obra de Jelinek

Mucho se ha especulado después sobre el asunto. Meruane comenta la obra de teatro, Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido, de Elfriede Jelinek, premio Nobel austriaca, que no se caracteriza precisamente por su dulzura y optimismo. No es gratuito que Jelinek mencione en el título el hecho de dejar al marido antes que el dejar a los hijos. Su análisis es de corte marxista: Nora es la mujer-madre-burguesa que al abandonar la casa pierde todos los privilegios que querrían tener la mayoría de la mujeres: seguridad económica, un marido, hijos. Una proletaria solo puede sentir desprecio por lo que ha hecho Nora. En la segunda mitad del siglo XX las mujeres aprendieron a dejar al marido pero llevándose a los niños. No tuvieron que abandonarlos como le tocó a Nora.

The_Hours_posterEn la película The Hours (2002) de Stephen Daldry, la actriz Julianne Moore actúa el rol de Laura, una especie de Nora de los años cincuenta del siglo pasado, que abandona su vida estable de suburbio de clase media estadounidense, abandona al marido, y abandona al hijo, Richie, un niño extremadamente sensible que tiene miedo de que su madre lo abandone. Como sucede. Más tarde en la película nos encontraremos con este hijo, ahora un Richie adulto con serios problemas psicológicos. Nunca entendió el abandono de su madre.

Supongo que desde la perspectiva del libro de Meruane, la infelicidad de Richie es una manera de culpabilizar a la madre por su abandono. Tal vez. Pero la lectora de este libro echa de menos en el análisis de Meruane una presencia más carnal del hijo. O digamos, la perspectiva del hijo, porque se trata de un libro contra el hijo, y sin embargo Meruane lo deja como un ente abstracto. Esto es lo que sí hace la película de Daldry, que entiende la actitud de la madre pero al personificar al hijo muestra también su perspectiva.

Pero lo más triste de esta historia es enterarnos de que Laura tampoco fue feliz. Su vida fue gris, triste, fue un fracaso. ¿De qué le sirvió el acto de abandonarlo todo? Además de que nunca logró deshacerse de la culpa.

Contra los hijos se pone sobre todo del lado de las escritoras. Meruane piensa que esta es una de las profesiones más difíciles de conciliar con la tenencia de hijos. Y trae bastante ejemplos de grandes escritoras que no los tuvieron por una u otra razón, entre las cuales, Gertrude Stein, Marguerite Yourcenar, Victoria Ocampo, Virgina Woolf, Silvia Molloy, Cristina Peri Rossi, Alejandra Pizarnik, etc., etc. Pero también las hay que sí los tuvieron. Entre estas últimas se me ocurre ahora el nombre de Alice Munro, la premio Nobel canadiense que en alguna entrevista reconoció que solo había escrito cuentos o novelas muy breves porque el cuidado de los cuatro hijos que tuvo no le permitía embarcarse en un largo proyecto literario, como quizás hubiera querido.

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Clarice Lispector – Wikimedia

Y finalmente, es la misma Meruane la que proporciona el ejemplo que se sale de todo cajón: cuando se le preguntó a Clarice Lispector, la gran autora brasileña del siglo pasado, qué elegiría entre ser madre o ser escritora, contestó: “Desistiría de la literatura. No tengo dudas de que como madre soy más importante que como escritora”.

Esta entrada me ha salido más larga de lo que quería, sin embargo antes de cerrar no puedo dejar de añadir que, puesto que soy una ferviente partidaria de la reducción de la población mundial, en principio tiendo a simpatizar con la propuesta de menos hijos, e incluso con el cero hijos, para la gente convencida de ello. Pero la opción de no tener hijos, o tener uno solo, debe ser un acto voluntario, sin imposiciones estatales. Antes que criterios feministas, parto de los criterios ambientales: menos gente significa menos producción de basura. Más de siete mil millones de personas con el nivel de consumo que hemos alcanzado en estos momentos de la historia representamos una carga muy pesada para este planeta que se nos ha quedado pequeño. La llegada de un bebé a un hogar representa hoy una cantidad cada vez más grande de productos de consumo destinados específicamente para ese grupo de edad. ¡¿Cuántas toneladas de basura no reciclable conforman tres años de pañales desechables de un solo niño?! No sé, pero deben ser muchas.

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La reseña de goodreads de este libro dice que debería venderse en las farmacias al lado de los condones y las píldoras. Ciertamente.

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