Los Riemenschneider del Bode Museum de Berlín

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Daniel71953 – FR Wikimedia Commons

Tilman Riemenschneider, el ‘alemán bueno’.

En su admirable libro sobre Alemania, Neil MacGregor dedica un capítulo al escultor alemán Tilman Riemenschneider (1460?-1531), a quien llama “uno de los escultores europeos más poderosos y conmovedores”. Además de proporcionar información sobre este artista y ponerlo en su contexto histórico, MacGregor aporta una anécdota que permitiría explicar por qué un artista pre-renacentista que había caído en el olvido, resurge en el siglo XX como encarnación del (buen) espíritu alemán.

Cuando leí este libro, hace unos años, el nombre de Riemenschneider no me decía absolutamente nada. Por eso a la primera oportunidad en Berlín, fui al Bode Museum a ver en directo sus esculturas que ya conocía por las imágenes del libro. No fue posible. Las obras habían sido prestadas a un museo de España, me dijeron. Después pasó el tiempo y lo olvidé, hasta el otro día en que decidí aventurarme de nuevo por las majestuosas salas del Bode, esta vez con más suerte. Allí estaban, efectivamente, Los Cuatro Evangelistas, Santa Ana y sus tres maridos (¡uno más que doña Flor!), San Jorge peleando con el dragón, y otras. ¡Cuánta belleza! Te quedas extasiada apreciando la delicadeza con que fueron talladas estas obras en madera de tilo hace más de cinco siglos.

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Santa Ana y sus tres maridos, 1505/10 – Obsérvese la expresión en sus rasgos, en los pliegues y hoyos de las caras, en las cejas y en los gestos de las manos.

Aunque la mayoría de sus obras eran para la Iglesia, Riemenschneider fue un maestro artesano independiente, con un taller propio al que llegaban aprendices de toda Alemania. Él era lo que se llamaría, un ciudadano prominente, amigo y protegido de la máxima autoridad de la ciudad, el príncipe-obispo de Würzburg. Pero los tiempos estaban cambiando. Además de los aires renovadores del Renacimiento, la década de 1520 fueron años de revuelta política, religiosa y económica. Comenzaba la Reforma protestante que dividió de manera sangrienta al país. Y en 1525 estalló la llamada ‘Guerra de los campesinos alemanes’ contra la nobleza y el clero.

Por fortuna, Riemenschneider se vio envuelto en estas revoluciones solo al final de su vida. Y digo por fortuna porque, a pesar de su alta posición social, la suerte quiso que Riemenschneider terminara poniéndose del lado de los campesinos. Es decir, de los que perdieron. Los príncipes suprimieron la revuelta de manera despiadada. Una vez aplacado el levantamiento, el artista fue detenido, torturado, y declarado persona non grata.

Cuando no existe la documentación suficiente sobre algún hecho, algunos historiadores tienden a rellenar los vacíos con interpretaciones plausibles. Fue lo que sucedió con los últimos años de la vida del escultor. No se hallaron documentos que lo confirmara, sin embargo pronto se afianzaría la leyenda de que a Riemenschneider le quebraron las manos en la tortura. Lo cierto fue que después de esa fecha no volvió a esculpir. Pero a esas alturas ya no le quedarían muchos años de vida, y sí una gran obra detrás de él.

Además, Riemenschneider tuvo la suerte de que en Alemania, a diferencia de lo que pasó en otros países (Francia, Países Bajos) en donde la Reforma protestante fue devastadora para el arte religioso – la iconoclasia que destrozó cuadros, vitrales, esculturas – el luteranismo valorara el papel del arte en el culto. Por eso las estatuas y piezas de altares de Riemenschneider sobrevivieron.

evangelistas
Mateo, Marcos, Juan y Lucas (1490/92)

Pero, como relata MacGregor no con poca ironía, lo que no destruyó la Reforma lo destruiría algún tiempo después el ‘gusto’. A pesar de que en aquellos tiempos era normal que los escultores colorearan sus obras, pues el color ayudaba a acentuar rasgos y expresiones, Riemenschneider prefería no hacerlo. Su tallado era tan sutil que lograba obtener por sí mismo la fuerza y expresión deseada en la figura, y en vez de colorearla solo le untaba una capa de barniz transparente. Años más tarde, estas esculturas tan naturales comenzaron a parecerle a la gente demasiado aburridas, ya no estaban de moda, entonces se comsionó a un artista para que las coloreara. Otra cosa que había pasado de moda eran los grandes altares de las iglesias. Por eso los desmantelaron y almacenaron sus piezas, entre éstas al altar de Riemenschneider en donde estaban los Cuatro Evangelistas. Las Guerras Napoleónicas le darían el golpe de gracia a este altar que fue dividido y vendido por pieza.

Thomas Mann

Mann
Thomas Mann – Pinterest

¿Qué hubiera sido de la Alemania de la posguerra sin Thomas Mann? En mayo de 1945, una vez acabada la guerra, el escritor más importante de Alemania en ese momento, exiliado en California huyendo del nazismo, pronunció un discurso en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos sobre “Alemania y los alemanes”. Sus palabras sugerían que después de lo que habían hecho los ‘alemanes malos’, ahora era el momento de identificar a los ‘alemanes buenos’. Entre estos últimos menciona a uno que, dice, le es particularmente simpático, Tilman Riemenschneider. Y le dedica un largo párrafo exaltando la excelencia de su arte, y su compromiso con la libertad y la justicia cuando decidió ponerse del lado de los campesinos.

En su famoso discurso Thomas Mann no solo da por hecho que al escultor le quebraron las manos durante la tortura (de lo cual, como se ha dicho, no hay prueba), sino que asume que el compromiso de Riemenschneider con la revuelta campesina estuvo motivada por convicciones morales. Algo que tampoco está muy claro. De todos modos, desde entonces el escultor se convirtió en una especie de héroe moral y político, el modelo del ‘alemán bueno’, la antítesis del nazi. Como resalta MacGregor, en 1945 Alemania necesitaba crearse una memoria nacional. Un excelente artista que además fue activista y mártir era una figura perfecta para entrar en este pabellón de lo mejor del espíritu alemán.

Riemenschneider está desde entonces en las monedas de la antigua RDA, la Alemania comunista, y en las estampillas nacionales, pero sobre todo, varias de sus preciosas esculturas hacen parte de la colección del Bode Museum, desprovistas de color (fueron limpiadas con mucho cuidado), con solo una capa de barniz que les da una tonalidad miel como quería su creador.

Las obras de Riemenschneider son tan deliciosas de mirar que ahora, cada vez que vaya por esos lados, entraré un momento al Bode a ver a los evangelistas, especiamente a San Lucas que es mi preferido. El otro día estando allí no pude evitar pensar en que, si Thomas Mann nunca hubiera pronunciado ese discurso, ahora quizá estas obras pasarían desapercibidas para el grueso del público. Como tal vez pasan desapercibidas tantas otras obras maravillosas, tantos artistas grandes caídos en el olvido, de los que nadie se acordó en algún momento clave de la historia.

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San Lucas

Germany: Memories of a Nation, Neil MacGregor,  Penguin Random House UK, 2014.

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