Malos comportamientos

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Foto de Iwan Beijes, Freeimages

Según reflexiones del pensador alemán, Richard D. Precht.*

Imaginen que hay una guerra. Mientras los soldados matan a todos los que están en la calle, ustedes están escondidos en un sótano. De repente comienza a llorar un bebé. Si no hacen algo rápido, los soldados los van a descubrir. ¿Estrangularían al bebé para salvar las vidas de los demás? Este fue el dilema que les planteó a sus estudiantes el neuropsicólogo de Harvard, Joshue D. Greene en un experimento hecho en 2004. ¿Qué harían en esta situación? Hay que tener en cuenta que esta es una decisión que hay que tomar rápidamente, porque no hay tiempo para reflexionar. Los estudiantes cayeron en una confusión atroz, una lucha entre sus sentimientos que los impulsaba a decir “no matemos al bebé”, y la razón que los impulsaba al “sí”. Mientras hacían el experimento, los investigadores veían en las pantallas cómo se enfrentaban diversas áreas cerebrales.

Este es uno de los numerosos ejemplos que trae el filósofo alemán Richard D. Precht en su libro El arte de no ser egoísta (Die Kunst, kein Egoist zu sein, 2010), una reflexión sobre la moral y los obstáculos para practicarla. Aunque nos parezca raro, todavía es muy poco lo que se sabe sobre cómo funcionamos de hecho moralmente los seres humanos. Muchos de estos ejemplos son tan fascinantes que te quedas pensando, ¿qué habría hecho yo, cómo me habría comportado yo en ese caso?

Qué tal este otro, también de un psicólogo de Harvard, Marc Hauser:

Imagina que estás en un andén de trenes. Ante tus ojos pasa un tren que se ha quedado sin conductor. Si no se hace algo, el tren va a atropellar a cinco trabajadores que están en la vía. Pero tu puedes impedirlo. Si mueves la palanca que está cerca a ti, el tren cambiará de vía y solo atropellará a una persona; hay un solo trabajador en la otra vía. ¿Qué harías?

Como cuenta Precht, este test lo ha realizado el mencionado psicólogo en diferentes países, a cientos de miles de personas. Con el resultado de que tres cuartas partes de los encuestados en todo el mundo contestaron que cambiarían la palanca. Porque cinco personas valen más que una. Pero la encuesta tiene una segunda parte en la que se plantea que la persona que está sola en la otra vía es tu hijo. ¿Cambiarías la palanca? Con esta variante resulta que nadie lo haría. Así pues, no siempre cinco personas valen más que una. Depende de quién sea ésta para ti. Precht añade que la vida humana vale en principio lo mismo, pero solo ‘en principio’. Esta valoración se cae cuando consideramos casos concretos de personas cercanas a nostros. Cuando valoramos a otras personas las medimos con raseros diferentes. O sea que, tenemos una “doble moral”: una para nuestros cercanos, y otra para los demás. Y con frecuencia los sentimientos se imponen a la razón.

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Pierre Amerlynck, Freeimages

Comportamiento conforme

Existen muchos experimentos, análisis, estudios, interpretaciones que buscan explicar el comportamiento de seres humanos comunes y corrientes que por determinadas circunstancias terminan convirtiéndose en asesinos en masa. ¿Qué hace posible un genocido? ¿Cómo fue posible el Holocausto? ¿Se puede achacar el Holocausto a un supuesto sentido de la autoridad y la obediencia que entre los alemanes sería mucho más fuerte que entre otros pueblos, como algunos afirman?

Para hablar del ‘mal’, de su ‘banalidad’, los crímenes de la época nazi ofrecen siempre los mejores ejemplos. Precht trae en su libro un caso tremendo conocido como ‘la masacre de Jósefów’, en Polonia. Se basa en el estudio del historidor estadounidense Christopher Browning que buscaba precisamente responder esta pregunta, ¿cómo fue posible que hombres completamente normales pudieran cometer un crimen tan horrendo como fue esa masacre? La descripción de los hechos es larga, tiene varias páginas, la resumo así:

El 13 de julio de 1942, a los hombres del Batallón 101 de Reserva de la Policía, padres de familia de mediana edad procedentes de Hamburgo, se les encargó una inesperada misión. Hacía escasas tres semanas habían llegado a Polonia. La mayoría de ellos no tenía experiencia alguna en los territorios ocupados por Alemania. Jósefów era un típico municipio polaco. De sus habitantes, 1800 eran judíos.

Los 500 hombres del Batallón 101 bajaron de sus camiones y se reunieron en semicírculo en torno al mayor Wilhelm Trapp, un policía profesional de 53 años, el encargado de la misión. Sus subordinados lo llamaban ‘papá Trapp’ por lo buena persona que decían que era. Ese día el mayor estaba pálido, nervioso y le lagrimeaban los ojos. La tarea que le esperaba al batallón era en extremo desagradable, les dijo. A él mismo le repelía, pero la orden venía de arriba: ese día todos los judíos del pueblo en edad de trabajar serían llevados a un campo de trabajo, luego de lo cual ellos debían fusilar en el acto a los que quedaban, ancianos, mujeres y niños. Para ayudar a digerir la carga de la misión, para facilitarles su ejecución, el mayor les habló también de la granizada de bombas que caían en Alemania sobre mujeres y niños alemanes. Les habló del boicot tramado por los judíos para pejudicar a Alemania, y que los judíos de Jósefów estaban confabulados con los partisanos.

Una vez explicada la misión, Trapp les hizo una oferta insólita: quien no se sientiera capaz de llevar a cabo este cometido podía retirarse en ese momento. Un solo hombre se adelantó y entregó su arma. El capitán de cuya compañía procedía este hombre sufrió un ataque de ira, pero Trapp lo hizo callar. Así, todos los hombre vieron que podían liberarse de la misión, no había riesgo, contaban con el respaldo de la propuesta de Trapp. Sin embargo, de los 500 hombres que componían el batallón, se sabe que solo diez o doce se liberaron.

La acción del crimen se prolongó durante todo el día. “Cráneos saltaban en pedazos, masa encefálica y astillas de huesos volaban por doquier”. (Los macabros detalles de la acción se pueden leer en el libro de Browning citado antes). El mayor Trapp permaneció todo el tiempo encerrado en el aula de la esuela caminando de un lado a otro, llorando amargamente y maldiciendo su destino. Al final del día se bebió en exceso. Trapp intentó tranquilizar a los hombres, ellos no eran los culpables sino las ‘altas esferas’. Pero el ánimo era bajo, los policías estaban alterados, horrorizados de sí mismos. Se acordó no hablar de lo sucedido.

Como comenta Precht, no era la primera ni la última vez que militares alemanes recibieran la orden de masacrar a judíos. Lo que hace diferente esta masacre es que los hombres del Batallón 101 tuvieron en un momento la posibilidad de negarse a hacerlo. ¿Por qué fueron tan pocos los que se negaron? Estos policías de edad madura se habían formado antes de la época nazi, es decir, habían conocido otras normas políticas y morales diferentes a las nazis, no eran particularmente antisemitas; además, la mayoría provenía de Hamburgo, una de las ciudades alemanas menos alineadas con el nacionalsocialismo. Pero solo diez o doce se negaron. ¿Por qué?

Parece que se han hecho mucha interpretaciones sobre este caso. Una de las cuales resalta la importancia del poco tiempo que tuvieron los soldados para reflexionar sobre la decisión. No tuvieron tiempo de consultarlo con la almohada, dice Precht, tuvieron que decidirlo en segundos. Es muy posible que muchos de los grandes acontecimientos de la historia se hayan decidido en segundos así. Los hombres no querían ser vistos por los otros como cobardes, por eso no fueron capaces de salir de la fila. Disparar resultaba más fácil.

Otra cosa hubiera sucedido si el mayor Trapp hubiera planteado la pregunta al revés: si hubiera pedido que dieran un paso al frente quienes estaban dispuestos a disparar sobre niños ancianos y mujeres indefensas. Pero Trapp no podía proponerlo de esta manera porque sabía que de hacerlo, muy posiblemente pocos hubieran dado ese paso, lo que hubiera hecho fracasar una misión que provenía de las ‘altas esferas’.

Los estudios psicológicos explican que lo que sucedió ese día en Jósefów fue un fenómeno psicológico-grupal, un comportamiento que se ha producido muchas veces en el pasado y que siempre puede volver a producirse. “En prácticamente todos los colectivos sociales, el grupo al que pertenece una persona ejerce una presión tremenda sobre su comportamiento y establece criterios morales de valor”. Precht dice que, la conversión de estos hombres completamente normales en asesinos de masa obedece, aunque suene espantoso, a algo simple: la presión al conformismo, que en algunas situaciones vitales puede ser más determinante que cualquier sentimiento, instinto social, o cualquier valor moral fundamental. Quien sale de la fila es un desobediente, no se comporta según los códigos, infringe normas de grupo y obligaciones de lealtad, se aísla del grupo, se muestra como cobarde y débil. Será el ‘cerdo camarada’ que se rajó.

Las pautas y criterios morales, nuestros principios que creemos tan sólidos, pueden moverse según las circunstancias, o las personas a quien se apliquen. El ejemplo del Batallón 101 revela un comportamiento humano que no es inusual: el comportamiento conforme. Y los policías legitimaron este comprtamiento basados en la circunstancia de que a los otros también les parecía legítimo. Con esta ‘legitimidad’, los hombres del batallón terminaron asesinando a unas 38 mil personas, y deportando a unas 45 mil a Treblinka.

Este asunto de la conformidad y la legitimación es alarmante. Otro psicólogo citado por Precht, Salomon Asch, experimentó con un grupo de participantes supuestamente casuales que debían valorar la longitud de una línea en comparación con otras tres. Si los demás participantes en el experimento estimaban mal (a propósito) la longitud de la línea, el candidato puesto a prueba se dejaba llevar también por ese falso juicio. Por aquello de que la mayoría no puede estar equivocada.

Pero siguiendo con los experimentos que quieren explicar el comportamiento humano bajo circunstancias específicas, hay uno particularmente alucinante entre los reseñados por Precht. Se trata del experimento ideado por Stanley Milgram y realizado por primera vez en la Universidad de Yale en 1961. Una persona hace el rol de ‘profesor’ e interactúa con otra que hace el rol de ‘alumno’. Hay además otra persona que es el ‘director’ del experimento, y que le da órdenes al profesor sobre qué debe hacer. El alumno, que está atado a una silla, debe componer parejas de palabras. Cada vez que el alumno se esquivoca, el director le dice al profesor que castigue al alumno aplicándole una descarga eléctrica. Aquí hay que saber que el objeto de este experimento es observar el comportamiento del ‘profesor’. El alumno es un actor que finge recibir una descarga eléctrica con cada equivocación; también el director finge su actuación. El ‘profesor’ no sabe esto, lo da todo por real.

famous-psychology-experiments-MilgramEl profesor sabe que la primera descarga eléctrica es pequeña, solo 45 voltios, pero que cada vez deberá elevar la tensión 15 voltios, de modo que la segunda descarga será de 60 voltios, y así sucesivamente. Con cada nueva descarga el ‘alumno’ grita, llora, finge que sufre, y suplica al profesor que lo libere. Como hemos dicho, el ‘profesor’ está convencido de que el sufrimiento del alumno es verdadero. Lo que quería saber Milgram es qué tan lejos puede ir una persona en un acto de tortura.

Después de una cierta cantidad de voltios, el ‘profesor’ comienza a sentirse inseguro, duda entre seguir castigando al alumno o parar el ejercicio. Pero en ese momento aparece el ‘director’ que le da la orden de continuar, le dice que para que el experimento sea exitoso debe ser llevado a cabo hasta el final sin importar las consecuencias. Le asegura que no debe preocuparse por los posibles daños que sufra el alumno, la dirección asume la responsabilidad.

Vientiséis de los cuarenta ‘profesores’ que participaron en el experimento continuaron aplicando el castigo hasta el final, con la descarga máxima de 450 voltios. Pero todos llegaron hasta los 300 voltios. Ninguno de ellos se sintió intimidado por impartir semejante dolor a un ‘alumno’ que tenía una apariencia inofensiva y simpática, y a quien veían retorcerse y gritar con cada nueva descarga. Como dice Precht, todos tiraron por la borda sus escrúpulos de conciencia en aras de lo que tomaban como un experimento científico serio.

Como no es difícil imaginar, fue un experimento controvertido. Milgram se defendió aduciendo su interés en comprender el comportamiento humano. “Su investigación demostró que estadounidenses completamente normales del estado de Connecticut eran igual de manipulables que los alemanes de los años nazis”. En experimentos posteriores, Milgram encontró que las mujeres en el rol de ‘profesora’ se portaban igual de dóciles que los hombres. Y encontró también que cuando el ‘director’ no estaba presente sino que daba sus señales por teléfono, los ‘profesores’ hacían trampa, fingían que aplicaban las descargas pero no lo hacían. Milgram desarolló muchas otras variantes de este experimento, que ha sido repetido cientos de veces en muchas partes del mundo con resultados más o menos similares: en todos los casos siempre había más ‘profesores’ dispuestos a aplicar la descarga eléctrica. Precht cita a la profesora Susan Fiske de la Universidad de Princeton quien, teniendo en cuenta unos 25 mil estudios con un total de ocho millones de participantes, concluye que “bajo circunstancias determinadas se puede inducir a seres humanos normales a hacer cosas indescriptibles”. Y, “… los seres humanos en una situación de presión están dispuestos a hacer cosas que consideran equivocadas, cuando no abyectas y abominables”.

Después de esto, es mejor no pensar en qué haría yo, cómo habría reaccionado en aquel sótano en donde comenzaba a llorar un bebé. No tanto porque me dé miedo descubrir que puedo ser capaz de una actuación inmoral, sino porque, mientras no me encuentre de hecho en una situación extrema de esa naturaleza, me será imposible saber cuál será en la práctica mi actitud. Degollamos al bebé, sí o no.

Como demostró Milgram en su experimento, tendemos a obedecer a la autoridad. Por eso es tan importante que los líderes, los jefes, los sistemas de gobierno, las instituciones políticas y sociales sean “justos, buenos, y correctos” no solo en sus ideas sino en la práctica. Para que no nos pase como al mayor Trapp y a los policías del Batallón 101: hombres comunes y corrientes, buenos, viviendo bajo las órdenes de desquiciados asesinos.

* El arte de no ser egoísta, Richard David Precht, editorial Siruela
* Aquellos hombres grises. El Batallón 101 y la Solución Final en Polonia, Christopher Browning.

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