Cosmos

A propósito de la serie de televisión

220px-Sagan_VikingYo soy una fanática de la serie documental Cosmos. De la vieja Cosmos, la que pasó en la televisión en los años ochenta. La de Carl Sagan. Como amante de la ciencia ficción me gustaban las aventuras espaciales, y la serie de Sagan era eso con letras mayúsculas, un fantástico viaje bien documentado desde los comienzos del universo, del planeta Tierra, de la vida y de la especie humana. Y mucho más, adobado todo con maravillosos efectos especiales visuales y musicales. Y soy fan ahora de la nueva Cosmos con Neil deGrass Tyson, que les recomiendo a todos.

palido-punto-azulUna de las observaciones más contundentes de la primera serie Cosmos fue la célebre frase de Carl Sagan refiriéndose al planeta Tierra como “a pale blue dot”, un pálido punto azul. A medida que la cámara de una de las sondas del Voyager se iba alejando del sistema solar la Tierra se iba empequeñeciendo hasta volverse apenas “una motita de polvo suspendida en el espacio”. La foto es del 14 de febrero de 1990 y fue tomada a 6000 millones de kilómetros de distancia.

De ese insignificante puntito azul, dijo Carl Sagan en ese episodio de Cosmos, “… es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él estan todos los que amamos, todo los que conoces, todos aquellos de quienes has oído hablar, y todos los seres humanos que alguna vez existieron vivieron ahí sus vidas. La suma de nuestra alegría y sufrimiento, miles de confiadas religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja de enamorados, cada madre y padre, cada esperanzado niño, inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada ‘superestrella’, cada ‘líder supremo’, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de Sol”.

En fin, que somos poca cosa.

Pero además de nuestra insignificancia, muchas otras cosas me impactaron de aquella odisea por el espacio y el tiempo. El mundo que conocemos hoy es el resultado de una tremenda violencia cósmica que daría lugar finalmente a nuestro sistema de planetas girando alrededor de un sol. Quizás ‘violencia’ no sea el término más adecuado cuando se habla de astronomía (a menos que se lo atribuyamos todo a alguna forma de inteligencia – Dios – dedicada a hacer explotar estrellas), pero las continuas y gigantescas explosiones, implosiones y toda clase de impactos que se producen en el universo no me hacen pensar en otra cosa que en una violencia cósmica. Pues bien, en este plasma extremadamente brusco, por decir lo menos, existe nuestro pálido puntito azul resultado del polvo estelar (“somos polvo de estrellas”, podría ser el verso de un poema) de las titánicas sacudidas de la materia del universo. Existimos por “consentimiento geológico” como dijera un filósofo cuyo nombre no viene al caso. Lo que quiere decir tambien que vivimos en una esquinita del universo a merced de lo que nos depare el azar.

Así, nuestro mundo, además de ser ínfimo, es un lugar extremadamente vulnerable. Extremadamente peligroso. En ese estado de vulnerabilidad se halla nuestro planeta Tierra desde sus comienzos, desde hace miles de millones de años. Al principio no importaba mucho porque no había vida. Pero luego aparecieron las primeras formas de vida en el planeta. Desde entonces los seres vivos se han debatido por su supervivencia, defendiéndose de toda clase de amenazas externas e internas. Yo no sé si las bacterias conocen formas de miedo semejantes a las de seres más evolucionados, como los mamíferos, pero tiendo a creer que sí. Especulo que el instinto de supervivencia es algo primigenio, algo elemental, presente de uno u otro modo hasta en los entes vivos más rudimentarios. Y que no se necesita tener conciencia de la muerte, para que se produzca alguna reacción biológica ante un peligro que amenaza la extinción de la propia vida.

De esta manera han vivido durante miles de millones de años las especies que pueblan el planeta, sobrellevando mejor que peor toda clase peligros. En primera instancia los peligros serían sobre todo de carácter natural: erupciones volcánicas, inundaciones, sequías, congelamientos, incendios, erosión del ambiente, y toda clase de fenómenos que destruían el entorno. La teoría más aceptada (aunque nunca realmente demostrada) sobre la extinción masiva de los dinosaurios y otras especies es la del impacto de uno o más asteroide contra la superficie de la Tierra. Pero además del peligro de perecer en este tipo de incidentes azarosos, la especies más débiles vivían con el riesgo constante de ser atacadas y eliminadas por especies más fuertes. En el mundo imperaba la ley de la selva.

Este segundo tipo de peligro (la amenaza del otro) se acrecentaría de manera considerable con la aparición del gran predador por antonomasia: el homo sapiens. Desde entonces, además de riesgos de los que no se puede culpar a nadie, como la expansión global de un virus mortal, o que nos caigan del espacio tremendas rocas como las que posiblemente acabaron con los dinosauros, el hombre ha desarrollado la tecnología suficiente para crear armas de destrucción masiva que podrían significar la eliminación total de la especie, o, con suerte, su regreso a la edad de piedra. Y además de predadora, la especie humana se ha encargado de contaminar y destruir paulatinamente su lugar de residencia sumando a las anteriores una amenaza más: la desolación de su propio (y único) hábitat. En el mundo impera la ley del llamado homo sapiens. Tal vez habría que redefinir el concepto. La avaricia le ha ganado a la sabiduría. Homo avarus. La especie humana ha logrado aumentar el grado de vulnerabilidad del planeta con todo su contenido.

Pero haciendo a un lado estos temas depresivos de la poquedad de nuestro mundo y de la furia latente en medio de la cual se desarrolla desde sus comienzos la vida en la Tierra, la serie Cosmos es también, y sobre todo, una celebración de la vida, del esfuerzo humano, de la curiosidad (ese deseo irrefrenable de saber más) y del impulso creativo (no todo en el hombre es destrucción), solidario, generoso que también caracteriza la especie. Dicho así suena un poco cursi pero tal como lo contó Sagan hace unas décadas y como lo cuenta ahora Neil deGrass no lo es. Buena parte del éxito de la serie se le podría atribuir también al carisma de estos dos hombres, esta clase de gente a la que querrías sentarte a escuchar durante horas. Lástima que cada episodio dura escasos 50 minutos.

 

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