Ruido de sables en Europa del Este

Esta vez la naranja de la revolución ucraniana podría ser sanguínea

SanguineasComo si no hubiera ya bastantes conflictos perturbando la paz del mundo ahora tenemos que afrontar la amenaza de una guerra en Ucrania con consecuencias de escalamiento impredecibles.

El otro día me encontré en la web con un artículo de un académico ucraniano, Anton Shekhovtsov, integrante de un selecto grupo de investigadores especialistas en temas de nacionalismo ucraniano, quien palabras más palabras menos sugiere que hoy todo el mundo (periodistas, columnistas, y toda clase de opinadores) parece tener una explicación para los hechos de su país sin embargo en el mundo no habría más de 40 personas que de verdad conocen el problema. Así que los demás mejor es que se callen.

Bueno, yo no sé si solo son 40 pero lo que sí es cierto es que en las últimas dos semanas se ha producido efectivamente una avalancha de ‘análisis’ de la revolución ucraniana, de la invasión rusa en Crimea, de la amenaza rusa a los países de la antigua órbita de la URSS, etc., en la que con más frecuencia de la deseable los ‘analistas’ dejan ver en qué lado del conflicto se sitúan. De ese modo alguien como yo, que recibe la mayor parte de la información a través de medios de prensa occidentales, que no lee ruso ni ninguna otra lengua eslava, queda más o menos constreñida a una explicación que da por bueno a occidente (La Unión Europea, EEUU, la OTAN) y por malos a los rusos. No es difícil suponer que la prensa rusa les da a sus lectores la versión contraria.

PutinIncluso los análisis que intentan presentar un enfoque balanceado de la situación con frecuencia ceden a la tentación de achacarle la mayor parte de la culpa a los rusos. Una de las principales razones para ello, se me ocurre, tiene nombre proio: Vladimir Putin y su Gobierno. Es tanto el desprecio que nos inspiran en occidente los comentarios y políticas homofóbicas de Putin, los niveles de corrupción de su administración, sus medidas represivas, abusos a los derechos humanos, sus aires de semi dictador y tantas cosas más, que ante una situación como la de Crimea muy pocos en occidente parecen estar dispuestos a intentar entender las posibles razones históricas de los rusos para dar este paso. Está claro que Putin no es Gorbachov, vitoreado en Berlín cuando la caída del muro. Y ni siquiera Boris Yeltsin.

Afortunadamente, con un poco de paciencia y algunos criterios de selección, nos encontramos también en los medios alternativos de occidente con algunos análisis más equilibrados, como este artículo de Anatol Lieven que sin duda vale la pena citar. Lieven comienza por prevenir a Obama de no dejarse tentar por la ‘locura ucraniana de Putin’. Sabio consejo, especialmente ante la actitud de muchos opinadores por criticar lo que ven como una postura ‘débil’ del Gobierno estadounidense frente a la Federación Rusa. Muchos querrían ver ya los aviones de la OTAN preparándose para despegar rumbo al Mar Negro. Han olvidado la Primera Guerra Mundial que se inició hace un siglo exactamente y no muy lejos del que es hoy el nuevo escenario de los hechos. Y no quieren pensar que a diferencia de 1914, el mundo de hoy es un mundo nuclear. Una conflagración que involucre a potencia nucleares no tendrá el mismo desarrollo que una guerra con armas convencionales, incluso con armas biológicas.

Según el análisis  de Lieven, tanto Rusia como las potencias occidentales vienen compitiendo desde hace más de una década para quedarse con el botín ucraniano. La actual polarización del pueblo ucraniano (la mitad está por Rusia y la otra mitad por Occidente) es también consecuencia de la intervención de esas potencias en la vida de este país. Occidente ha sido con frecuencia hipócrita en su política exterior. Cuando Francia, por ejemplo, interviene en un país africano porque ha sido depuesto el Gobierno de ese país, nadie protesta en Europa. Pero ahora resulta menos aceptable que Rusia tome sus propias medidas en Crimea porque considera que el Gobierno legítimo de Ucrania fue derrocado “por milicias ultra nacionalistas”. Que le guste o no a la Unión Europea, el depuesto presidente de Ucrania, Yanukovych, fue elegido democráticamente.

Reproduzco aquí partes del último párrafo del citado artículo en el que Lieven hace un necesario llamado a la prudencia: “Hace un siglo, dos grupos de países … se dejaron arrastrar a una guerra europea en la que murieron más de 10 millones de sus habitantes, y en la que todos los países sufrieron pérdidas irreparables. En nombre de esos muertos, todos los ciudadanos sanos y responsables de Occidente, Rusia y de la propia Ucrania ahora deberían instar a la cautela y la moderación a sus respectivos líderes”.

En diciembre de 2004-enero de 2005 en Ucrania se produjo una revuelta generalizada como protesta por unas elecciones presidenciales, lo que se conoció entonces como la revolución naranja. En 2014, por la sangre que ya ha corrido y que podría seguir corriendo si no se impone la cautela y la moderación, estamos evidentemente ante una revolución de naranjas sanguíneas.

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