Se ha vuelto hoy tema de conversación habitual entre la gente. ¿Ya tienes listo tu kit de emergencia?
Se trata de un paquete de productos básicos que te ayuden a sobrevivir 72 horas en caso de estallido de guerra. Alimentos no perecederos, agua embotellada, medicamentos, dinero en efectivo, documentos de identidad, linterna-velas-fósforos, ah, y un radiecito de pilas.
—¿72 horas?¿Y después qué?
—Bueno, después ya veremos… según lo que haya pasado en esas 72 horas.
¿Se puede cambiar el libreto de una ópera, o de una obra de teatro clásica, para adaptarla a la agenda política del presente? ¿Por qué no mejor crear nuevas obras?
Cubierta de la primera edición de la partitura
Pongamos el caso de la ópera Madama Butterfly compuesta por Giacomo Puccini en 1904. La trama se desarrolla en el Japón de esos años, un país que el compositor nunca había visitado, y lo poco que debía saber de la cultura japonesa estaba sin duda basado en las fantasías europeas que se tenían entonces de aquellas lejanas tierras. La ópera cuenta la historia de una geisha de 15 años seducida por un oficial americano. Después de una noche de pasión en la que le promete falsamente matrimonio, (en realidad se está burlando todo el tiempo de ella), el hombre la abandona. Una típica historia que reproduce el comportamiento del macho, arrogante, colonizador, sexistas y racista, que se aprovecha de una pobre muchacha, a la que considera inferior racial y socialmente. Al final (espóiler) la pobrecilla se suicida clavándose el cuchillo de su padre.
A algunos les gusta comparar a Trump con Hitler. Empezando por su vicepresidente, el señor JD Vance, que hace unos años dijo que Trump era el Hitler de América. Qué ironía del destino, poco después este antipático individuo se convertiría en el vicepresidente del “Hitler de América”. ¿Cómo ha justificado él este cambio de mentalidad tan importante? Pues nada, simplemente diciendo que cambió de opinión.
Ahora que se ha conocido la noticia de que un asteroide podría chocar con la Tierra en diciembre de 2032, no pude evitar acordarme de la película Don’t Look Up, una comedia satírica en la que dos astrónomos intentan infructuosamente prevenir a la humanidad de la caída de un gigantesco cometa que acabará con la civilización humana. Mientras que el Elon Musk de la película calcula las maneras de sacarle provecho económico a la enorme piedra, y prepara su escape a otro planeta.
Cuando ya creíamos que los ánimos expansionistas de las naciones poderosas eran cosa del pasado, han vuelto a resurgir figuras como Vladímir Putin y su aspiraciones de un nuevo imperio ruso que incluye a Ucrania y otras ex repúblicas soviéticas, y últimamente Donald Trump y su MAGA que, según él, le da derecho a tomar lo que haga falta para garantizar los intereses y la seguridad de los Estados Unidos. Panamá, Groenlandia, Canadá… todo lo que sirva para hacer a América “great again”. Pero, ¿qué hay de la seguridad y los intereses del resto del mundo?
Vivimos una época confusa en la que suceden las cosas más absurdas, sin sentido e incluso contradictorias. Y a todo el mundo, o al menos a la mayoría, nos parece… normal. Ahí está, por ejemplo, la señora Alice Weidel, candidata alemana a la Cancillería, una lesbiana reconocida, cuya pareja es una mujer de Sri Lanka que reside en Suiza. Esto no tendría nada de particular, incluso sería una buena razón para votar por esta representante de la modernidad inclusiva, si no fuera porque Alice es la candidata de un partido fascista —hay que dejarse de eufemismos y llamar las cosas por su nombre— Alternativa para Alemania, AfD.
Sobre el optimismo, el pesimismo y todo lo contrario.
Con el cambio de año aparecen toda clase de análisis y reflexiones sobre los sucesos del año que termina y los posibles sucesos a venir en el año que comienza. La gente se desea “feliz año nuevo” porque espera que lo que viene va a ser, deberá ser, bueno. Incluso mejor. Pues siempre se espera lo mejor. Nadie espera lo malo. La gente teme lo malo, pero no lo espera. Y si lo malo se anuncia y parece irremediable, entonces esperamos un milagro.
Parece que a los mexicanos no les ha gustado el film Emilia Pérez porque, dicen, “no refleja de manera adecuada” la cultura del país. Pero, ¿desde cuándo la películas de ficción se hacen para reflejar las culturas de los países?
Por otro lado, algunos se quejan de que Selena Gomez, una de las cuatro excelentes protagonistas de la película, no habla bien español. ¿Y qué? Pero actúa bien, que es lo que importa. Basta pensar en la cantidad de gente en el mundo que no habla español y que ha visto o verá la película. Para toda esta gente pasará desapercibido el ligero acento gringo de la actriz. Sin mencionar la costumbre que hay en muchos países de doblar la películas. Allí Selena hablará en alemán, en italiano, en sueco, en japonés…
¡Qué belleza, no! Holanda es el reino de las flores. La gente viene a Holanda en abril a ver los enormes campos de tulipanes, una de las mayores atracciones turísticas del país. Son preciosos, no se puede negar. Pero detrás de tanta belleza y tanto colorido hay un lado oscuro, del que se habla menos, y que no por invisible es menos contundente.
Yo crecí oyendo que “mi mamá tenía cuatro hijos”. A nadie se le ocurría preguntar, ¿son cuatro varones?, como hubiera sido obvio; sino que preguntaban en cambio, ¿cuántos niños y cuántas niñas? Pues se daba por sentado que en esos “cuatro hijos” cabía la posibilidad de que hubiera alguna niña. ¿Por qué? ¿Qué hacía suponer que pudiera haber alguna hija si se había mencionado claramente la palabra ‘ hijos’ ? La respuesta es: el genérico masculino.
Cuando la feminista alemana, Alice Schwarzer, dijo que ser trans es hoy una moda además de una tremenda provocación, no se podía imaginar que se le cerrarían todas las puertas.
Hoy impera en el mundo occidental una cultura de cancelación, un boicot colectivo a algo o a alguien después de lo que se percibe como una mala acción o una mala declaración de su parte. Las redes sociales han posibilitado este fenómeno de la cancelación hasta extremos imprevistos.
La agenda fósil del nuevo presidente: «We will drill, baby, drill.»
— Imagen de arstechnica.com —
La victoria de Donald Trump producirá sin duda una avalancha de opiniones no solo en los Estados Unidos sino en todos los países. Especialmente entre sus críticos. Porque quienes no lo critican, quienes están felices con esta victoria, están simplemente muy ocupados en celebrar.
COP16, una conferencia para intentar salvar lo que aún no se ha perdido
— nutrinews.com —
Esta podría ser una imagen neutral de un extenso cultivo de soja en Suramérica. Si nos acercamos un poco más a la información que acompaña esta foto nos enteraremos de que la superficie sembrada de soja en Suramérica sobrepasa los 66 millones de hectáreas, y que cada año esta superficie se incrementa en un cinco por ciento. Si vamos aún un poco más cerca sabremos que no hace mucho tiempo, todo ese terreno estaba cubierto de una enorme variedad de bosques, de rica vegetación, árboles, lianas, musgos, helechos, hongos, numerosas especies de animales, insectos. Era lo que se conoce como una selva tropical, una enorme masa vegetal rica en biodiversidad, retenedora y generadora de agua dulce.
Bueno, todo eso desapareció cuando talaron los árboles, prendieron fuego y arrasaron la tierra para prepararla para cultivos como el de esta imagen. Un monocultivo. Una única planta, soja, en 66 millones de hectáreas. No hay peor atentado a biodiversidad que un monocultivo.
The ecological footprint of military activity was one of the topics addressed at the XVI Greenaccord International Forum on the protection of nature.
I have always been struck by the fact that when it comes to carbon dioxide emissions, we limit ourselves to mentioning those produced by fossil fuels, and when it comes to pollution and destruction of nature, we refer only to toxic waste from industrial production. And there is never mentioning one of the worst sources of environmental devastation, such as that caused by all kinds of shells and bombs being launched in wars. When it comes to reducing environmental damage, the issue of the ravages caused by wars is like the elephant in the room, blunt evidence that no one seems to want to see.
La huella ecológica de la actividad militar fue uno de los temas tratados en el XVI Foro Internacional de Greenaccord sobre la protección de la naturaleza.
Foto de: Dailymaverick.co.za
Siempre me ha llamado la atención que cuando se habla de emisiones de dióxido de carbono, nos limitamos a mencionar las producidas por las energías fósiles, y cuando se habla de contaminación y destrucción de la naturaleza, nos referimos solo a los residuos tóxicos de la producción industrial. Y nunca se menciona una de las peores fuentes de devastación medioambiental como es la causada por toda clase de proyectiles y bombas que se lanzan en las guerras. Cuando se habla de reducir el daño ambiental, el tema de los estragos que causan las guerras es como el elefante en el cuarto, una evidencia contundente que nadie parece querer ver.
Todo lo que se tira por el inodoro, el lavamanos, la ducha, las máquinas lavadoras de platos y ropa y cualquier sitio de desagüe, terminará tarde o temprano en el mar. De igual modo, todo lo que se arrastra por las calles de las ciudades va a dar a alguna alcantarilla, esas inocuas rejillas abiertas en los costados de las aceras, y de ahí a un río, y de ahí al mar. Los mares del mundo se están convirtiendo en auténticas cloacas.