A propósito de la publicación de una nueva biografía*.
¿Qué nos mueve a leer un libro sobre la vida de alguien, una escritora, un músico, una artista, un político? En primera instancia, la fascinación por su obra, su vida, su época. Queremos saber más sobre todo lo relacionado con esa persona, pero al mismo tiempo queremos confirmar lo que ya sabemos de ella. Sea bueno o malo, no importa (la biografía de Mussolini es un bestseller), abrimos una biografía para encontrarnos más íntimamente con la persona que creemos conocer.
Pues bien, ese interés por confirmar las pocas cosas que sabía sobre la esposa del compositor Gustav Mahler me llevaron a esta nueva biografía de Alma Mahler (1879-1964), recién publicada por la editorial Fayard en Francia. Entre esas pocas cosas que sabía de ella estaban no solo las relaciones con sus amantes/maridos, todos hombres geniales —el artista Gustav Klimt, el arquitecto Walter Gropius, el pintor Oskar Kokoschka, y el escritor Franz Werfel— sino su condición de mujer inteligente y talentosa —excelente pianista que deseaba dedicarse a la composición— que ve frustradas sus aspiraciones cuando su futuro marido, Gustav, le exige que olvide la composición. Con un compositor en la familia basta, y ese es él.
Alma era una más entre ese montón de mujeres talentosas (Clara Wieck Schumman, Fanny Mendelssohn) cuyo talento quedaría relegado a un segundo plano por el marido, la sociedad, la época, reacios a aceptar un rol preponderante para mujeres en campos como las artes y las ciencias, consideradas de exclusivo dominio masculino. En muchos casos, estas mujeres se vieron obligadas a usar un seudónimo masculino para poder trabajar.
En esta biografía encontramos algunos pasajes de las cartas que Mahler le escribió a Alma cuando todavía eran novios. Cuando ella se queja porque últimamente no ha tenido tiempo de trabajar su música, él replica, “que tengas remordimientos porque descuidas tus estudios musicales, eso me parece incomprensible”. Y más adelante le pregunta, “¿no puedes considerar mi música como la tuya?” Mahler le dice que no es una colega lo que él busca en ella, sino una mujer. Y lo pone más claro aún: “Desde ahora tú solo tienes una profesión que es la de hacerme feliz”.
En esos momentos Alma tenía 22 años, una excelente formación musical, y frecuentaba el ambiente intelectual y artístico libertario de la Viena de comienzos del siglo XX. Casarse con Mahler, lo sabía, significaría una renuncia a todo esto. No a la vida social, de la que gozaba también el futuro marido, sino a la música como profesión. Seguiría siendo una señora muy bella y elegante (todos se enamoraban de ella), y frecuentando los salones de Viena, pero en el fondo no sería más que una ama de casa.
Esa era la Alma que yo buscaba cuando comencé a leer esta biografía. La artista incomprendida, frustrada por su entorno. Pero con el avanzar de las páginas los autores de esta biografía nos van descubriendo también otra Alma, menos encantadora, más banal, más oportunista. Casarse con el músico más reputado de Viena —él ya había compuesto las primeras cuatro grandes sinfonías, y en ese momento era el director de la Ópera—, representaba un prestigio social enorme, le abriría las puertas a la intimidad de las celebridades de Europa. Como sucedió.
No que en su juventud ella no sufriera por las restricciones que le imponía el marido y lo lamentara, pero codearse con Richard Strauss y su esposa, asistir a las premiers de las nuevas composiciones de los músicos más importantes de Viena, compensaba. Ella era Alma Mahler, la esposa del compositor más importante del momento. Ello a pesar de que en el fondo, a ella no le gustaban las sinfonías de Mahler. Su gran pasión era Wagner. Y no solo la música, con el gran Richard Wagner Alma compartía también sus sentimientos antisemitas, que en esos años se extendían por Europa central.
Muy pronto Alma se da cuenta de que ella y Gustav son dos personas muy diferentes. Él detesta todo lo que a ella le gusta. El dinero, los viajes, los vestidos, su alegría de vivir, todo eso para Gustav era abominable. Para él lo único que contaba era su trabajo. Mientras tanto la joven Alma se va dando cuenta de que su situación de mujer casada la ha ido alejando de su arte. “Me siento al piano, porque tengo ganas de tocar, pero he perdido el camino que lleva a la música”.
Normalmente los biógrafos aman a sus biografiados. Aunque en ocasiones los juzguen, tienden a ponerse de su lado, a comprenderlos, Por qué hacen lo que hacen, qué los llevó a devenir lo que fueron. En el caso de esta biografía no es así. Los autores observan de la manera más neutral y objetiva posible el recorrido de este personaje controvertido cuya vida se inscribe en un tiempo histórico dramático, la Europa de comienzos del siglo XX. La caída del imperio austrohúngaro de los Habsburgo, el ascenso del nazismo, la anexión de Austria, el exilio. Los autores especifican en algún momento que en la recopilación de la información sobre el personaje se han abstenido a veces de recurrir a la autobiografía de Alma, un texto que ella escribió casi al final de su vida. La razón de esto es que los autores dudan de muchas de las cosas que ella consigna allí. Se dice que en las autobiografías la gente tiende a embellecer o a exaltar sus vivencias, sobre todo cuando hablan de un pasado lejano. Alma no fue una excepción, al contrario. Fue bastante lejos en eso de embellecer su imagen. En la escritura de su autobiografía, ella “diseña un personaje conforme a lo que a ella le habría gustado ser”.
Se sabe que Alma destruyó casi toda la correspondencia de Mahler. Las cartas en las que aparecían cosas que a ella no le convenían. Su desprecio hacia los judíos no le impidió casarse con dos judíos. Pero, claro, Gustav Mahler y el escritor Franz Werfel eran dos judíos exitosos. Sin embargo no descuidó sugerir que fue la proximidad con su esencia aria (la de Alma) lo que contribuyó a la grandeza de la música de Mahler.
Yo tenía una imagen un poco idealizada de Alma Mahler. Esta biografía me derrumba el mito. Y eso es bueno. Las personas no son como se ven en las fotos cuando tenían treinta años, como aparece en la portada de este libro. Después de leerlo, ahora tengo una imagen más equilibrada de un personaje complejo, “contradictorio, pasional y desconcertante”, como suelen ser los seres humanos cuando logramos penetrar más allá de sus lindas caras. Casi todas las fotografías que se pueden encontrar en Internet son de la Alma joven cuando era “la chica más linda de Viena”. Oskar Kokoschka la convirtió en una muñeca y vivió obsesionado con ella durante años. Es curioso que en Internet no haya muchas imágenes que la muestran de mayor. Y en las pocas, tanto había cambiado que nadie la reconocería de no ser por el crédito. Ella, que andaba tan pendiente de la moda, al final la criticaban por lo mal arreglada que iba. Alma comía y bebía demasiado, como consigna su amigo Thomas Mann en su propio diario. Bebe tanto que termina por volverse una alcohólica. Pero hay que penetrar en la vida de Alma hasta el final para enterarse de estas cosas.
Gustav Mahler, al final de su vida, cuando se da cuenta de que ha perdido el amor de Alma porque ella está enamorada de otro hombre, entonces se muestra generoso con ella. La incita a que componga las canciones (lieder), un género en el que ella ya ha demostrado su talento. E incluso manda las composiciones a su editor para que las publique. Alma estaba feliz, pero a Gustav ya le quedaban pocos días de vida. Cuando él muere Alma tenía una vida amorosa complicada entre Gropius y Kokoschka. Quizá por eso, y porque ya era un poco tarde, no prosiguió seriamente con la composición musical.
Tal vez, como dice la sinopsis de su autobiografía, de haber nacido un siglo más tarde, Alma habría sido compositora y directora de orquesta.
En este vídeo se puede escuchar la integral de sus canciones:
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* Alma Mahler, Pierre Vallaud et Mathilde Aycard, Fayard, 2026


