Las ‘buenas intenciones’ de Bill Gates para salvar el mundo de un desastre climático

Comentario al libro, “Cómo evitar un desastre climático”, Bill Gates (Plaza y Janés, 2021)

Leyendo este libro de Bill Gates me pregunto si él de verdad cree que las propuestas que hace para detener la catástrofe climática tienen buenas posibilidades de ser llevadas a la práctica. Quizá sí lo cree, después de todo BG se define como optimista. Y hay que ser sin duda bastante optimista para esperar que en las próximas tres décadas, el modelo económico capitalista siga operando tal cual a como lo ha venido haciendo desde sus comienzos, pero sin emitir ni un solo gramo de dióxido de carbono a la atmósfera. Pues ese es el objetivo que él plantea, que en 2050, siguiendo con los business as usual, nuestras emisiones se reduzcan a cero.

Lo bueno de ser multimillonario es que uno se puede permitir muchas cosas. Y cuando se es tan rico como Bill Gates, uno se puede permitir creer que es posible ‘lo imposible’. En este caso, salvar el planeta Tierra de la anunciada catástrofe ambiental siguiendo ciertas recomendaciones dadas por él. Y no porque sus propuestas de salvación sean absurdas. Al contrario, todo tiene mucho sentido. Hoy el mundo emite 51.000 millones de toneladas de gases causantes del efecto invernadero a la atmósfera, dice Gates de entrada. Salvaríamos el mundo si convertimos esta cifra en cero. Y en las doscientas y pico de páginas que siguen del libro, Gates nos instruye en cómo lograr esa colosal reducción.

La lectora quiere que Gates tenga razón. Yo me alegro de que uno de los hombres más ricos del mundo se preocupe y se involucre en este problema, ojalá todos los ricos lo hicieran. Después de todo, estoy convencida de que si hay soluciones a la crisis del clima, éstas tendrán que venir mayoritariamente de arriba, de los ricos, de las grandes empresas, los principales responsables del calentamiento y la contaminación ambiental. El mismo BG, que viaja en avión privado, lo reconoce, su huella ecológica es incomparablemente más alta que la de un individuo del África subsahariana. Y sin embargo, mientras este último está sufriendo ya las consecuencias del cambio climático, BG sigue volando en sus jets privados (de hecho viajó a la conferencia del clima en París-2015 en uno de ellos, confiesa), ahora, quizá, con algún sentimiento de culpa que le hará sacar la cuenta de cuánto CO2 aporta en cada uno de sus recorridos aéreos.

Lo que importa no es el mensajero sino el mensaje. Un profe de religión que tuve durante mis años escolares nos decía que, incluso si el mismísimo diablo se nos aparecía diciendo, “niñas, pórtense bien”, debíamos hacerle caso, aunque se sabe que los diablos nunca se portan bien. Así, debemos dejar de viajar en avión aunque BG siga haciéndolo en sus propios aviones.

BG tiene claro que “el cambio climático es una amenaza para la existencia de la humanidad”. Tiene claro el rol que desempeñan las energías alternativas (solar y eólica) en ayudar a reducir las emisiones; tiene claro que el mundo es complejo, y no será fácil que todos los países se pongan de acuerdo en cómo frenar la emisiones, y a qué costo. Poner de acuerdo a China, Estados Unidos, Rusia, Europa, los grandes emisores de CO2, especialmente en estos tiempos en los que se están profundizando aún más las divisiones entre esos bloques geopolíticos, es poco menos que naif, sin embargo BG lanza la idea de una ‘cooperación internacional’ para frenar el cambio climático…, por si acaso. Por supuesto, sabemos que un asunto global como éste requiere de la cooperación internacional, pero quién cree seriamente que los países van a cooperar. ¿Así como están cooperando ahora con la Covid-19?

El carácter de todas sus propuestas para detener la crisis del clima lleva implícito, para que se cumplan, un “por si acaso”. Es decir, estamos a tiempo de solucionar el problema en caso de que en la próxima década sucedan algunas cosas: se hagan los suficientes avances en ciencia e ingeniería para cambiar radicalmente la manera cómo se produce, se consume y se desperdicia. Innovación, este es un punto clave en el que BG tiene bastante confianza: nuevas tecnologías pueden cambiar el curso de la historia. “Si lográramos generar electricidad neutra en carbono, podríamos descarbonizar” la red eléctrica. Y en caso de que los que tienen la sartén por el mango del mundo muestren la mejor voluntad para cambiar las actuales políticas, esas que no le dan prioridad al clima sino a la ganancia económica a corto plazo y a cualquier costo. Y, otra vez, en caso de que los grandes poderes se pongan de acuerdo para cooperar en bien de la humanidad en su conjunto, sin diferencias nacionales, religiosas, raciales, etc.

Más fácil pasa un camello por el ojo de una aguja que obtener que la muy compleja sociedad humana de nuestros tiempos se ponga de acuerdo en estos temas, incluso cuando lo que está en juego es su propia extinción.

BG identifica los tres materiales cuya producción contribuye a poner más carbono en la atmósfera: el acero, el hormigón y el plástico. El mismo BG reconoce que pretender producir estos tres elementos sin ocasionar que el mundo se vuelva inhabitable a causa del calentamiento es como intentar la cuadratura del círculo. Será peliagudo querer reducir el carbono que genera este trío, sobre todo cuando se sabe que todos los años va en aumento, dice. Pero los millonarios suelen ser personas exitosas, a las que no les da miedo atreverse a todo, y por eso están invirtiendo en nuevos inventos que den con la solución. Esto sucede al tiempo que los hechos revelan que hoy “el mundo está experimentando un boom de la construcción. Para albergar una población urbana creciente, edificaremos 230.000 millones de metros cuadrados antes de 2060, el equivalente a construir una Nueva York al mes durante cuarenta años”. ¡Ay! Ojalá los innovadores se den prisa porque el tiempo se agota.

Finalmente, BG es realista y reconoce que ya se están produciendo cambios serios en el clima y mucha gente (pobre) está sufriendo los efectos. Para hacer frente a esto, propone, que debemos aprender a ‘adaptarnos’ a las nuevas circunstancias. Y ofrece una serie de medidas para la adaptación, entre las cuales una en particular me hace arquear las cejas. La que dice que hay que estar bien preparados para la recuperación después de una catástrofe natural. De acuerdo, pero esto es algo que se sabe desde hace tiempo y sin embargo, cada vez que se produce una de estas tragedias, huracanes, incendios masivos, inundaciones, nos toma desprevenidos, y las regiones afectadas en los países del sur quedan sumidas largo tiempo en la miseria. Sabemos que tenemos que adaptarnos al raro comportamiento del clima, pero ¿están dispuestos los países desarrollados a pagar la ‘adaptación’ de los países en desarrollo? Hasta ahora los ejemplos son los de regiones abandonadas durante años a su suerte después de un desastre. Pues, ni siquiera esto, que sería relativamente fácil de lograrse, se ha conseguido. Prueba de que las buenas intenciones no bastan.

Tenemos que aprender a prepararnos para lo peor, dice BG, refiriéndose a un posible aceleramiento del cambio climático en caso de que “las estructuras cristalinas semejantes al hielo que se encuentran en el fondo del océano y contienen grandes cantidades de metano” se vuelvan inestables y expulsen de repente el gas. No es ficción, hay condiciones para que esto suceda. ¿Qué podemos hacer para evitarlo? Echar mano de la geoingeniería, dice, “una herramienta innovadora” no demostrada que propone “operar cambios temporales en los océanos o en la atmósfera terrestre con el fin de bajar la temperatura del planeta”. ¡Ay, Dios!

No voy a entrar en lo detalles de esta herramienta, lo único que espero es que no se les ocurra usarla. Esta propuesta me hace pensar en lo que le pasó al Aprendiz de Brujo, en el poema sinfónico de Paul Dukas inspirado en Goethe. En materia de geoingeniería, la especie humana está en el nivel del aprendiz que juega a ser maestro. Peligroso.

“Soy optimista porque sé lo que la tecnología y la gente son capaces de hacer. Me llena de esperanza el entusiasmo que veo, sobre todo entre los jóvenes, por resolver este problema”, dice BG casi al final del libro. Bueno, cada uno ve lo que quiere ver. A propósito de las jóvenes generaciones, la Generación Z, como se les llama a los menores de 25, mi impresión es que el porcentaje de estos jóvenes con conciencia de la crisis climática y compromiso para hacer algo (las Greta Thunberg) es mínimo, por desgracia. Se tiende a acusar solo a los mayores de la contaminación y de la irresponsabilidad hacia el planeta, pero la verdad es que todos somos por igual responsables. En esta foto del 24 de febrero pasado se aprecia cómo quedó el Vondel Park de Ámsterdam después de un encuentro festivo de jóvenes.

Foto de Luuk Koenen, vista en Twitter

¿Habrá razones para ser optimista?

De todos modos, a quienes se interesen por el tema del clima, yo les recomendaría este libro de Bill Gates para dummies, porque aporta bastantes datos útiles explicados de manera sencilla. Creo que BG hace una buena descripción de la situación y las cifras; la debilidad, para mi gusto, está en el carácter tecnocrático de las soluciones que plantea. Sus propuestas están hechas con la mentalidad de un empresario que tiene un proyecto y un plan para ejecutarlo. Pero el planeta no es una empresa. No lo tenemos todo bajo control, y en el comportamiento del clima hay muchas cosas que no entendemos.

Bill Gates quiere una transición a un mundo descarbonizado sin renunciar al estilo de vida, y el nivel de consumo que mantenemos hoy. Y cuando recurre a las ‘innovaciones tecnológicas’ como argumento esperanzador, descuida añadir que éstas también tienen sus límites y sus lados oscuros.

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