Es cuestión de tiempo

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Si acostumbras a verificar la hora en el reloj digital del microondas de la cocina, ten cuidado porque podrías perder el tren. Desde hace semanas los relojes digitales de Europa andan atrasados. Nosotros nos dimos cuenta hace unos días. ¡Hey, el reloj de la cocina no coincide con el del móvil! En esta época en la que vivimos, estamos tan acostumbrados a la precisión del tiempo que la desincronización de relojes supuestamente de alta precisión es algo que nos hace enarcar las cejas.¿Cómo se explica esto? Una pequeña búsqueda en Google nos lo dejó claro.

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Banderas de Serbia y Kosovo

En Europa existe una entidad que se llama, Continental European (CE) Power System (Sistema de Energía Continental Europeo) que comprende 25 países en un área sincronizada que va de España a Turquía, y de Polonia a los Países Bajos. Pues bien, resulta que, desde mediados de enero de este año, el sistema está experimentando una desviación de frecuencia. Una desviación que tiene su origen en Kosovo y Serbia, y que ha llevado a una ligera disminución en el promedio de frecuencia eléctrica. En consecuencia, todos los relojes eléctricos (solo los eléctricos) tienen ahora un retraso de varios minutos. La frecuencia estándar de la red eléctrica europea es de 50 Hz. Cuando se opera por debajo de esa cifra los relojes se atrasan. Si se opera por encima, los relojes adelantan. Los relojes volverán a la normalidad cuando cese la desviación y se restaure la frecuencia habitual. O sea, cuando Serbia y Kosovo solucionen sus desarreglos políticos, y sus respectivos operadores de la red eléctrica se pongan de acuerdo en los Hz. Pero mientras estos países no solucionen sus divergencias mejor no fiarse de los relojes de la cocina, ni del despertador digital en la mesita de noche.

Casualmente en estos días he estado leyendo Sapiens, el famoso libro del historiador israelí, Yuval Noah Harari. Lo traigo a cuento porque, en la sección sobre la revolución industrial, Harari se refiere al ‘tiempo moderno’, el tiempo en el que vivimos desde que el modelo industrial de la sociedad nos puso a funcionar dentro de horarios precisos.

Los seres humanos tendemos a creer que las cosas siempre han sido como las hemos conocido a lo largo de nuestra vida, y como las conocemos hoy. La vida de una persona hoy está regulada por los relojes y los horarios. Todas nuestras actividades comienzan a una determinada hora y acaban a otra determinada hora. Es una lógica incontestable y quien se quiera rebelar, deberá volverse ermitaño o marcharse a vivir en una isla desierta. Si es que queda alguna todavía.

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Antiguos relojes de estaciones de tren – fieldsfabrics.com

Pero esto no siempre ha sido así. Y lo más sorprendente, es que esto comenzó hace relativamente poco tiempo. Según Harari, a finales del siglo 18, cada ciudad, cada pueblo británico tenía su propia hora, y ésta podía diferir de Londres hasta en treinta minutos. Como no había teléfonos, ni radio, ni televisión, ni trenes, ¡a quién le importaba que fueran las doce o las doce y media! Con la aparición del tren comercial a mediados del siglo 19, para las compañías de trenes fue importante que hubiera no solamente una hora precisa de salida sino también una hora precisa de llegada. Desde entonces los horarios de trenes están calibrados por el Observatorio de Greenwich. Poco a poco, otras empresas fueron acogiéndose a este parámetro. En 1880, por primera vez en la historia de la humanidad, un país, Inglaterra, adoptó un tiempo nacional, y obligó a su población a vivir de acuerdo con un reloj artificial. La aparición de la radio y luego la televisión en el mundo reafirmaron la introducción de los horarios.

clock-and-womanAhora todas* vivimos así: sometidas a los horarios en los que nos desenvolvemos, y convencidas de que la hora que marca el reloj de mi ordenador es una verdad absoluta. Yo, por ejemplo, me creo completamente el cuento de que en este momento que tecleo estas palabras, son las dos y cuarto de la tarde en Berlín, porque lo acabo de mirar en la barra inferior de la pantalla. Pero es un cuento. Esto no es necesariamente verdad, sino solamente una ‘verdad’ impuesta desde arriba. Y a la que me tengo que plegar porque si no enciendo el televisor a las ocho en punto sino a las ocho y cinco, me perderé las principales noticias de la actualidad.

Por eso es que la desincronización causada en Europa por los serbios y kosovares es un enorme problema. Porque nos pone en cuestión una verdad aceptada universalmente a manera de fe. Quién tiene razón, ¿el horno de la cocina, o mi móvil que indica que son tres minutos más tarde? Por esa pequeña diferencia puedo perder el metro -que en Berlín es muy puntual- y llegar tarde al teatro esta noche.

…………

*A partir de ahora he decidido utilizar a veces la forma femenina cuando me refiera al grupo humano en general que incluye ambos géneros.

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