La sombra de los libros. Heidegger en La Escalera

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Librería La Escalera, Berlín

Lo mejor de ir a husmear por las librerías de viejo es que te llegan a la mano libros que no estabas buscando. Libros que no sabías que existían y que de repente te alegras de que existan.

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Nauris Mozoleff, Freeimages.com

Fue lo que me pasó el otro día en La Escalera, la pequeña pero encantadora librería de segunda mano ubicada en la Kopenhagener Strasse de Berlín. Abres un libro un poco polvoriento, un poco amarillento que dice que fue impreso, digamos, en 1965, y te encuentras en la primera página con una dedicatoria. Aparece escrito a mano un nombre, a veces dos nombres, el que da y el que lo recibe, y una fecha. Y te quedas soñando un instante, quiénes serían esas personas, qué habrá sido de ellas, cómo ha llegado a parar el libro aquí, qué trayectos habrá recorrido en todos estos años este objeto que yo ahora tengo entre mis manos, por qué la persona que lo recibió decidió un día deshacerse del regalo. Se podrían construir muchas historias a partir de un par de nombres y una fecha en un libro viejo y hace tiempo olvidado.

La_sombra_de_HeideggerDe esa manera más o menos me llegó La sombra de Heidegger, una novela de José Pablo Feinmann, un escritor y filósofo argentino que yo no conocía. Ese día, uno de los clientes que dijo estar buscando alguna buena novela latinoamericana, ojalá no de Vargas Llosa porque era un tipo muy reaccionario, en cierto momento sacó de su maletín una pila de libros. Dijo que estaba un poco corto de dinero, ¿sería posible hacer un trueque? Y claro, cómo no, en una librería de segunda todo es posible. Lo malo fue que, al hojear algunos de los ejemplares del cliente, el librero, Germán, observó que varios de ellos tenían dedicatorias, para mi padre, para fulana, día, mes y año del obsequio. ¡Ay!, se lamentó el cliente, un hombre joven, posiblemente argentino por el acento. En ese momento debieron venírsele a la mente recuerdos asociados a aquellos libros de los que ahora estaba a punto de desprenderse. Quizás el momento en que el libro fue regalado o fue recibido por alguien de su familia. ¡Cómo los iba a dejar él ahora en una librería de viejo en Berlín!

Entre los ‘dedicados’ estaba La sombra de Heidegger, que él aceptó dejar solo en calidad de préstamo. El nazismo de Martin Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX, es un tema que siempre me ha dejado perpleja. Sus simpatías con el nacionalsocialismo no fueron nunca un secreto para nadie, pero de alguna manera, gracias, sin duda, a su genialidad, el tema se ‘olvidó’ durante algún tiempo, hasta la aparición en 1987 del libro del chileno Víctor Farías (que había sido alumno de Heidegger en la Universidad de Friburgo), Heidegger y el Nazismo. Esta obra fue el resultado de una investigación exhaustiva de toda la documentación de la época disponible sobre el filósofo. Después de esto ya nadie se pregunta si el filósofo más importante de su época fue nazi o no. Es seguro que lo fue. La pregunta que me hago yo es, ¿cómo se puede ser genial e imbécil a la vez?

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Martin Heidegger en su casa en Friburgo – Pinterest.de

Me llevé el libro prestado a casa y lo leí de un tirón al día siguiente. La novela, construida sobre una carta y un relato -la carta de Dieter Müller a su hijo Martin (no es casual que lleve este nombre), y el relato que muchos años después éste escribe- es un arreglo de cuentas con Heidegger: “un Nuremberg filosófico”. Es la historia de un hombre, un intelectual alemán de la década del 30 del siglo pasado, marcado por la época que le tocó vivir, y que ahora, desde su exilio en Argentina, trata de explicarle Heidegger a su hijo. También es la historia de una fotografía, la de un hombre desnudo, casi un despojo humano, que camina hacia las cámaras de gas en un campo de concentración. Y es la historia de una pistola, una Luger que estará presente del comienzo al final de la obra.

Se trata de una obra de ficción pero está llena de datos históricos precisos. En 1933, Heidegger pronuncia su Discurso del Rectorado para acceder a la posición de Rektor de la Universidad de Friburgo. El texto es una justificación del nazismo, la revancha de Alemania por las humillaciones sufridas en la Primera Guerra mundial. El discurso hace un llamado para que el pueblo (alemán) cumpla su misión histórica. Con este discurso, el filósofo se elevaba a Führer del pensamiento. Un profesor nazi con ‘debilidades judías’, que ese año tenía un nombre concreto, el de su brillante estudiante, y amante, Hannah Arendt. Es posible que Heidegger no fuera un verdadero antisemita, a diferencia de su mujer, Elfride Heidegger, conocida por su repulsión hacia los judíos. Se especula que los celos debieron tener también algo que ver en esto.

¡Qué difícil era leer a Heidegger! Ese es un recuerdo de mis años universitario en los que las grandes H de la filosofía alemana hacían parte de nuestro currículo de estudios: Hegel, Husserl, Heidegger. ¿¡Por qué tenían que escribir los alemanes de manera tan enrevesada!? Yo tiendo a creer que la persona que no es capaz de explicar algo en términos claros es porque ella misma no lo tiene claro. Pero quizás me equivoque. Heidegger es una especie de dios al que hay que llegar con mucha paciencia y bagaje intelectual. Los dioses no suelen ser claros en sus mensajes. En su carta, el padre recomienda al hijo, “… no vivas tu vida sin leer Ser y Tiempo…, la lectura de ese libro de escritura árida, desbordante de neologismos y opulencias despiertan en el lector la certeza de sus propios límites… Acaso Heidegger sea también eso: la certidumbre de no alcanzarlo jamás, el espectáculo de una mente inaccesible…”. El padre comenta que, a las clases de Heidegger llegaba mucha gente deseosa de escuchar al gran Maestro. Después de una de esas clases, cierta vez le escuchó decir a un industrial aristócrata, “¡Dios mío, no entiendo nada. Pero, esto es filosofía”. Era incomprensible entonces debía ser muy bueno. Esa suele ser la lógica de los estudiantes de filosofía. A Heidegger en particular -como a Dios- hay que llegar a través de las interpretaciones de los especialistas.

El padre quiere salvar a Heidegger, su ídolo a pesar de todo. Su carta es un sí al filósofo y un no al nazi. En Ser y Tiempo no se aprende la violencia del nacionalsocialismo, dice. Después de la guerra el gran Maestro fue humillado, sometido a procesos de desnazificación. Pero Heidegger era demasiado grande para que desapareciera por culpa de los avatares de la historia. Aunque tal vez habría que agradecer a Sartre y a los filósofos franceses que también sucumbieron a la fascinación del Maestro alemán, y se encargaron de mantenerlo vivo en el pensamiento europeo. Heidegger estaba tan alto en el Olimpo filosófico que hasta pensadores judíos (como Paul Celan cuya familia sufrió los campos de concentración) fueron capaces de hacer a un lado sus sentimientos para seguir manteniendo al filósofo en el pedestal. Después de la guerra, Celan fue a Friburgo a visitar a su viejo Maestro. Este se mostró frío y altanero con el alumno judío, en ningún momento dio muestras de querer pedir perdón. También Hannah Arendt fue generosa con alguien que como humano no lo merecía, pero sí como filósofo.

En su relato, Martin Müller, el hijo, menciona una frase de Habermas (otra de las grandes H de la filosofía alemana) a propósito de la actitud del Heidegger de la posguerra: “Lo que verdaderamente me irrita es esa voluntad de hierro, ese empecinamiento, esa terquedad orgullosa que nos ofende a todos, esa no decisión para confesar después del fin del régimen nazi, después del conocimiento explícito, absoluto de sus atrocidades, ni siquiera con una sola frase, su enorme error tan preñado de consecuencias políticas”. Algunos han dicho que el silencio de Heidegger fue la manera de expresar su culpa. Caminando por las bonitas veredas de Friburgo, Martin Müller se pregunta, ¿dónde está el horror que hubo aquí alguna vez? No se ve, pero no por eso lo podrá olvidar.

En breve, este libro es una crítica del nazismo de Heidegger hecha por un heideggeriano. Este es su gran mérito.

Aquel día en La Escalera, el muchacho que dejó a Heidegger en préstamo, al final se llevó también una novela de Vargas Llosa…, porque se puede ser reaccionario y buen escritor al mismo tiempo, ¡cómo no!

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