Viaje a Túnez (III)

Cuando tienes ganas de hacer algo, de ir a alguna parte, de ver tal o cual lugar del mundo, lo mejor es hacerlo lo antes posible. No dejar para el año entrante lo que puedes hacer este año. Eso me dije cuando vi este video de Aljazeera sobre la destrucción de la ciudad de Aleppo en Siria:

Death of Aleppo – Aljazeera, 25 de marzo 2015

En ese momento me acordé del día en que descubrí en la cocina de unos amigos el libro Aroma’s of Aleppo, un lugar del que apenas había oído hablar, y viendo las ilustraciones de los platos pensé que un día me gustaría ir a comer en los buenos restaurantes de esa ciudad. Ahora que la antigua ciudad de Aleppo ha quedado convertida en una ruina, y que no se vislumbra aún el final de la guerra en Siria, esa posibilidad se ha reducido a escombros y cenizas, como la ciudad.

CartagheLa historia de la humanidad es una sucesión de construcciones y destrucciones. Si no fuera por los documentos que quedan, nada haría suponer que las ruinas que vemos hoy son los vestigios de lo que alguna vez fue una gran civilización, una gran cultura. Es la impresión que queda cuando estás en Cartago apreciando las ruinas del antiguo imperio. Hay que usar bastante la imaginación y llegar cargado con alguna información clave para reconstruir mentalmente lo que pudo ser aquel mundo. Hoy Cartago no es más que un suburbio de la ciudad de Túnez donde el costo del suelo es tan alto que sólo los más ricos van a vivir allí, en las mansiones que han levantado en los alrededores de las ruinas de la antigua ciudad.

Aunque reconozco que no es enteramente comparable, el bombardeo a los antiguos sitios históricos de Aleppo -con arquitectura que data del siglo VI de nuestra era- es un ejemplo reciente de la devastación indiscriminada que se produce cuando se enfrentan poderosas fuerzas antagónicas. De nada sirve que en nuestra época exista algo como las Naciones Unidas, cuyo organismo, UNESCO, declarara hace treinta años la vieja ciudad de Aleppo con sus resiencia medievales, callejuelas y zocos, patrimonio de la humanidad. ¡Qué impotentes se muestran las instituciones (como la UNESCO) creadas por el hombre ante la avalancha demoledora de las guerras! De todos modos es mejor que existan a que no.

Mientras escribo esto veo que un amigo ha subido a Facebook un video con imágenes de la devastación que han emprendido los militantes de ISIS de la antigua ciudad asiria de Nimrud (Irak), otro sitio “protegido” por la UNESCO.

A pesar de lo espantoso de las escenas, y en caso de ser ciertas, estas acciones parecen poca cosa en comparación con la masacre que cometió un grupo de militantes de Shabab hace dos semanas en Kenia. Es verdad que sólo son estauas, textos y figuras de piedra, nada comparable a 147 vidas humanas asesinadas en las aulas de clase de la universidad de Garissa. Pero lo más grave que tienen estas acciones en Nimrud es que revelan  el grado de paranoia extrema al que ha llegado esta gente. Hay siempre una pincelada de locura en las decisiones de un terrorista, pero lo que vemos aquí es la demencia de un colectivo enorme de personas, por lo que las dimensiones del daño alcanzan proporciones más grandes. Las escenas de este video me han hecho recordar la historia de la Abadía de Cluny en Burgoña (Francia) que estuve visitando el verano pasado. Construida en el siglo X como una obra monumental de la Iglesia, fue saqueada y destruida casi completamente en 1790 por los fanáticos de la revolución francesa. Y hay más ejemplos parecidos, desgraciadamente.

Ya nadie podrá ir a ver el tesoro arqueológico de Nimrud, ni los antiguos manuscritos de la biblioteca de Mosul, ciudad hoy en poder de ISIS. Los interesados tendrán que contentarse con el material digital y las reproducciones que hayan quedado. En Cluny aún se aprecian los destrozos.

Con ésta, cierro esta serie de breves reflexiones a partir de mi viaje a Túnez, un país bastante más secular (todavía) de lo que imaginaba, que trata de adatarse a un modelo de democracia al estilo occidental mientras se resiste a dejarse invadir por el fundamentalismo salafista que lo amenaza desde las fronteras. Estando allá me pareció que se veían más mujeres cubiertas con el velo islámico en Amsterdam Oost que en la ciudad de Túnez, y que la barba no parecía estar de moda entre los hombres. Al contrario, nos dijo una vez un taxista, es una señal de fanatismo que los tunecinos (al menos ese taxista) aborrecen.

 

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