Dicen que más rápido se coge a un mentiroso que a un ladrón. Bueno, en el caso del meurólogo-escritor, Oliver Sacks, no es verdad. Se pasó casi la vida entera escribiendo libros maravillosos, llenos de mentiras haciéndolas pasar por verdades sin que nadie se diera cuenta. O al menos, sin que nadie lo denunciara. Y Sacks tuvo que morirse, y que sus diarios y correspondencia privada fueran puestos a disposición de una periodista del New Yorker para que se descubriera la verdad.
¿Cómo será vivir sabiendo que estás cometiendo un engaño de tan grandes dimensiones? Porque la obra de Sacks es vastísima. Construida toda a base de falsedades. ¿Es la búsqueda de prestigio un impulso tan fuerte capaz de eliminar el más mínimo sentido de autocrítica? Antes de morir Sacks ha podido destruir sus documentos privados. De haberlo hecho nunca se habría sabido la verdad. Si no lo hizo, debió ser por el fuerte sentimiento de culpa que lo acompañó toda su vida. “Mientras más inventaba, más culpable me sentía”, escribió en sus notas. Y también que, la falsificación “me está matando, me está matando el alma”. Y sin embargo siguió adelante.

¿No quemó sus cartas porque decidió que después de muerto debía conocerse la verdad de sus fantasías de apariencia científica? Es posible. Después de muerto, cuando ya no tuviera que enfrentarse a la comunidad científica que lo respetaba, ni a la prensa y los millones de lectores que lo adoraban. Después de muerto, cuando ya a él no le importara. A él no, pero sí al amplio público que durante décadas lo leyó fascinado por sus historias tomadas por verídicas. Porque ese era en buena parte el gancho de la narrativa de Sacks, que sus historias tan increíbles pasaban por verdaderas.
La mentira es tan vieja como la humanidad. Sin embargo los seres humanos insistimos en la necesidad de establecer la frontera entre lo falso y lo verdadero. En el mundo de la literatura todo se vale. Mentiras y verdades se entrelazan para convertirse en una gran mentira. Pero lo sabemos de antemano. En otros mundos, como el periodístico, o el de las ciencias, esto no debería ser posible. Un periodista que se inventa un reportaje debería dejar de ser periodista y simplemente ponerse a escribir novelas de ficción.
En 1973, el neurólogo Oliver Sacks escribió Despertares, una obra que fue inmediatamente premiada y lo lanzó a la fama. El libro describe el caso de pacientes con encefalitis letárgica, a quienes el doctor Sacks administra L-Dopa, una droga experimental, con tan buenos resultados que algunos pacientes ‘despertaron’ de manera duradera. Y como a los lectores nos gusta que las cosas pensadas para funcionar funcionen bien, el libro fue un éxito. El libro ha inspirado un ballet, una ópera, un documental, dos película (una de ellas nominada para Oscars, con Robert de Niro y Robin Williams). Para hacernos una idea de su popularidad. Cualquier duda que hubieran tenido en su momento otros neurólogos sobre la efectividad del tratamiento de Sacks, quedó disipada ante el arrollador éxito de la historia.
En ese momento Sacks sabía que su libro estaba basado en puras invenciones, como se comprobó en su diario privado. Ese hubiera sido el momento para detenerse como neurólogo y convertirse en un escritor de ficción que se metía con temas científicos. No lo hizo. Tal vez porque como simple escritor sus historias hubieran sido vistas como unas entre mucha dedicadas a esos temas. El valor de sus historias estaba en que eran verdaderas. Sacks no supo renunciar al prestigio del científico que además es capaz de escribir bien. Optó por vender su alma al diablo. Con tan buena suerte que no lo descubrieron. O, como se sabe ahora, quienes sí vieron sus embustes no fueron capaces de denunciarlo dado el prestigio académico y literario que lo acompañaba. Cualquier denuncia hubiera podido ser juzgada como producto de la envidia o de la mala fe.
Siguió publicando. Unos años después apareció otro de sus grandes éxitos, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero que describe los casos clínicos de algunos de sus pacientes, y “ofrece una mirada profunda y conmovedora sobre las experiencias de pacientes que conviven con trastornos neurológicos”, según una reseña. También esta se convirtió en ópera. Después apareció Un antropólogo en Marte (uno de mis preferidos), “… siete casos neurológicos que constituyen una profunda reflexión sobre la esencia de la identidad y los mecanismos del conocimiento”. Recuerdo que leí encantada estos casos, maravillándome en cada página con las situaciones extremas que vivían esas personas. Pues eran personas, pacientes de carne y hueso, no personajes.
Ahora que se ha destapado la verdadera cara de Oliver Sacks, se ha publicado una avalancha de críticas e interpretaciones. Se habla de él como el ‘hombre que confundió su imaginación con la verdad’. Un artículo en el New Yorker resalta los conflictos psíquicos de Sacks, no por nada Sacks estuvo casi cincuenta años en terapia con un psicoanalista de Manhattan. Ahora se sabe que Sacks era un gay no declarado, y que solo a los ochenta años se atrevió a salir del closet. Cuando su madre sospechó que su hijo adolescente era gay, le dijo que la homosexualidad era una abominación y que deseaba no haberlo parido. Duro, ¿no? Pobre Oliver Sacks, no solo su actividad intelectual fue fraudulenta, también su propia vida fue un engaño.
Como lectora de Oliver Sacks, la noticia del fraude me cayó como un balde de agua fría. Pero, igual a como sucede cuando a alguien le cae literalmente un balde de agua fría, al rato el agua se seca y resulta que no pasa nada. Que para nosotros los lectores comunes y corrientes el asunto es menos grave de lo que parecía. A los lectores de Sacks no nos pueden quitar lo gozado en ese momento de la lectura de sus libros, cuando no sabíamos nada, cuando nos los creímos. Lo creímos como creen los niños que Papá Noel les trae lo regalos. Un día se enteran de la verdad y…, no pasa nada. Pero nadie les puede quitar el goce de las navidades de la infancia.
Ahora supongo que el editor de Sacks se verá obligado a poner una nota de advertencia en la primera página de los libros: Esta es una historia de ficción, cualquier parecido con la realidad es una trampa.



