Cuando la feminista alemana, Alice Schwarzer, dijo que ser trans es hoy una moda además de una tremenda provocación, no se podía imaginar que se le cerrarían todas las puertas.
Hoy impera en el mundo occidental una cultura de cancelación, un boicot colectivo a algo o a alguien después de lo que se percibe como una mala acción o una mala declaración de su parte. Las redes sociales han posibilitado este fenómeno de la cancelación hasta extremos imprevistos.
A Schwarzer la cancelaron por ‘transfóbica’. Alice Schwarzer es una feminista de la vieja guardia. Más cerca de Simone de Beauvoir o Betty Friedan, cuyo feminismo tenía un tinte más político, que de feministas contemporáneas como Tarana Burke (fundadora del movimiento MeToo), que están más enfocadas en los abusos sexuales de los que son víctimas las mujeres por su tradicional posición de debilidad en la sociedad. Ambos estilos de feminismos cuestionan la sociedad patriarcal.
Pero veamos qué dice la misma Schwarzer de su lapidación mediática. Se pregunta, cómo es posible que en pocos años haya aumentado tanto el número de personas que se consideran trans, especialmente entre los jóvenes. El feminismo clásico les decía a las chica que se negaban a ponerse vestidos rosados y les gustaba el fútbol y juegos considerados entonces típicos de chicos, que eso estaba bien, que jugaran lo que quisieran y se vistieran como quisieran. Pero hoy, dice Schwarzer, a esas chicas se les dice que ellas no son verdaderas mujeres así que lo mejor es que se transformen en hombres. Absurdo. Una feminista les dirá que pueden mantener sus pechos y su vagina y dedicarse al boxeo. Este es el mensaje central del feminismo clásico: el cuerpo biológico no condiciona el rol cultural.
Schwarzer cree también que en algunos campos la ideología trans puede ser una amenaza para la mujeres. Como en el de los deportes, por ejemplo. Las mujeres trans son simplemente superiores físicamente.
No se opone a la igualdad y los derechos de las personas trans, pero se ha manifestado en contra de la ley de autodeterminación del género —la llamada Ley Trans— aprobada en varios países y más recientemente en Alemania. Esta ley permite cambiar su estatus de género a personas a partir de los 14 años. Schwarzer no cree que se le deba permitir a cualquier adolescente de 14 años cambiar su estatus, pues esto por lo general puede dar pie al inicio de un proceso de transformación hormonal. A Schwarzer no se le pasa por alto que la industria farmacéutica está muy interesada en estos desarrollos. Claro, aquí hay un buen negocio. En Europa hay cada vez más casos de menores que están siendo operados. Cree que la edad debería subirse a mínimo 18 años, y aún así, debería obligarse a la persona a acudir a un psicólogo independiente que determine si se trata en efecto de un caso de transexulidad (que es muy poco frecuente) o simplemente de autismo, o de homosexualidad oculta, o se trata nada más del caso de una niña maltratada que quiere escapar de su cuerpo.
Alice Schwarzer no es la única feminista, ni mucho menos, que sostiene estas posiciones. Es la posición del feminismo clásico del siglo XX que aún hoy sigue muy vivo, un feminismo comprometido con la deconstrucción de los roles de género. El problema de la moda trans es que confunde género con sexo. Los del colectivo trans sugieren que si una chica quiere ponerse camisa y corbata y jugar al billar en los bares, entonces mejor que se cercene los pechos y le implanten un pene. Y si un niño ignora los carritos y prefiere las muñecas de su hermana entonces que lo operen. De nuevo, no es un cambio de sexo lo que se necesita en estos casos, es un cambio en el rol de género.
El transexualismo existe, es innegable. Pero la manera masiva como se está presentando en estos tiempos resulta muy sospechosa.
Muchas otras mujeres famosas han sido recientemente acusadas de ‘transfóbicas’ y canceladas por expresar críticas a la movida trans. Como J.K. Rowling, la autora de Harry Potter, que se refirió a “las mujeres que menstrúan” para mencionar a las que han nacido con un útero. Y una vez alguien es cancelada/cancelado, por muchas explicaciones racionales y coherentes que ofrezca que fundamentan su posición, no hay salvación posible. Las redes sociales se encargarán de mantener vivas las opiniones que no comulguen con la ideología que se considere ofendida. A menudo valiéndose de frases puestas fuera de contexto.
Las mujeres trans con sus tetas agrandadas, sus capas de maquillaje y sus ropas seductoras reproducen más bien ese estereotipo de mujer fatal, de sex symbol, que las feministas querían quitarse de encima.
Sin embargo, está claro que el debate es mucho más complejo que el simple hecho de estar con o en contra del fenómeno trans. También feministas como Schwarzer reconocen que las mujeres trans son tan susceptibles como las mujeres nacidas como mujeres (o tal vez más) de sufrir la violencia machista. Además, lo trans es algo que trasciende la mera cuestión de género/sexo. Está asociado también a la discriminación racial, étnica y a la desigualdad social y de ingresos que caracteriza la sociedad de nuestros tiempos. Nada más por esto, no se pude esperar que una mujer trans negra y pobre tenga mucha comprensión por los, no obstante, muy razonables postulados de una feminista blanca como Alice Schwarzer. Aunque la alemana tenga razón cuando sugiere que la extensión del fenómeno trans es una moda que ha venido a perturbar aún más una sociedad ya bastante disfuncional.



