El mundo después de Gaza, según Pankaj Mishra (libro)

El ensayista Pankaj Mishra se pregunta en este libro, cuándo va a dejar el estado de Israel de chantajear al mundo con el argumento victimista de la Shoah. Llevan décadas comportándose como si el sufrimiento por el Holocausto les diera derecho a cometer impunemente las peores barbaridades.

Hay libros que te abren los ojos. Este es uno de ellos. Con una narración apoyada en documentación histórica y en información de autores conocedores del tema, muchos de ellos judíos, Pankaj Mishra hace una deconstrucción del estado de Israel como concepto, como constructo histórico, levantado y sostenido por Europa y los Estados Unidos. Israel es una invención de Occidente para paliar su culpa por el antisemitismo. Por eso no sorprende que del antisemitismo se pasara a un “filosemitismo flagrante”, como lo calificó el intelectual judío Jean Améry, al introducir una imagen sentimental de los judíos.

Alemania no juzgó y condenó en su momento a los criminales nazis (aparte de un puñado de ellos, en el juicio de Nuremberg). A cambio de eso, se quedó por décadas pagando su sentimiento de culpa, un sentimiento ciego que no ve el daño que ha hecho y sigue haciendo Israel a otros pueblos. Cuando acabó la guerra, los países occidentales perdonaron enseguida, incluso aceptaron, a los alemanes culpables. Jean Améry diría en 1978, “la generación de los destructores, los generales que debían su obediencia al Führer están envejeciendo con honor”.

Mishra se pregunta cómo pudo llegar Israel, un país construido para acoger a un pueblo perseguido y sin hogar, a ejercer un poder tan terrible sobre la vida y la muerte de otro pueblo de refugiados, y cómo puede el poder político y periodístico occidental ignorar, e incluso justificar sus injusticias y sus actos de crueldad sistemática.

Visto en el contexto amplio de la historia de Occidente, la creación del estado de Israel obedece a la mismo lógica colonialista del mundo occidental, que se caracteriza no solo por usurpar tierras de otros pueblos y aprovechar sus recursos, sino por hacer valer una ideología nacionalista, racista, supremacista, porque el colonizador siempre parte de que su pueblo es superior: más blanco, más fuerte, más inteligente. Esto creían los europeos que colonizaron a los nativos de las Américas, y los europeos que colonizaron África, y es el mismo espíritu con que los judíos crearon el estado de Israel en tierras de un pueblo árabe al que consideraban inferior. La simpatía de Occidente por Israel se acompañó de un desprecio hacia los árabes.

El pensador iraní Ali Shariati se pregunta en 1967: “¿Por qué tienen Occidente y la cristiandad que entregar a la Palestina islamista como compensación? ¿Por qué no entregan una parte de Polonia, que es donde sometieron a los judíos a las torturas más horribles? ¿Por qué no ofrecen un estado de la República Federal de Alemania en compensación por el Holocausto?” Una pregunta que nunca se respondió.

La instrumentalización del Holocausto que han hecho Occidente e Israel demuestra cómo el recuerdo organizado se vuelve un arma del poder para legitimar la violencia y la injusticia. Este es un ejemplo de cómo la memoria colectiva puede ser manipulada por movimientos ideológicos. Al convertir el asesinato de seis millones de personas en la base de su identidad como estado, han abusado de la memoria de la Shoah. Una memoria que ha puesto a Israel durante décadas por encima de toda crítica. La Shoah le ha conferido una legitimidad moral ilimitada a Israel. La realidad es que han pervertido la memoria de la Shoah para permitir asesinatos masivos de palestinos, y finalmente un genocidio. Pero ¡ay! del que mencione esto, será tildado inmediatamente de antisemita.

Israel ha explotado al máximo la historia del antisemitismo genocida. La Shoah se difundió y convirtió en producto de consumo. Esta imagen de la Shoah no ha hecho sino ganar en Europa y EE.UU. prominencia con los años. En los años 70 y en los 80 no había tantas conmemoraciones del Holocausto, casi no había espacio en la esfera pública para la historia del Holocausto o para los supervivientes. Mishra anota que “En un libro de historia judía de 220 páginas publicado en 1948 solo había una página dedicada al holocausto, mientras había 12 páginas sobre las guerras napoleónicas”. Esto empezaría a cambiar en los años 90, con la creación de importantes museos y monumentos para recordar el Holocausto, en Washington y otras ciudades de Europa.

El cine (de Hollywood) y la literatura han contribuido bastante a alimentar esa particular narración de la Shoah. Bestsellers como Éxodo, de Leon Uris; El Expediente Odessa, de Frederick Forsyth; películas como La Lista de Schindler, de Steven Spielberg, etc.. Pero especialmente la miniserie de televisión estadounidense, Holocausto (1978) contribuyó enormemente a forjar una conciencia de los crímenes nazis. El sufrimiento indecible de los judíos narrado en la pantalla moldeó una identidad colectiva de la que enorgullecerse. Yo recuerdo haber visto fascinada esa serie, y la gran impresión que me hizo a mí que no tengo nada que ver con el mundo judío, pero que solo veía seres humanos torturados y humillados por el simple hecho de ser judíos.

Mishra encuentra que el término Holocausto no empezó a ser de uso común en inglés hasta principios de los sesenta. El hebreo ‘shoah’ tardó un poco más en aparecer en la escena internacional. Es así que la memoria colectiva de la Shoah en Europa y en Israel no surgió de un modo orgánico de lo que sucedió entre 1939 y 1945; se construyó a posteriori, en ocasiones deliberadamente, y con fines políticos específicos. Recordar y conmemorar la Shoah se volvió casi una obligación en muchos países occidentales. La del holocausto es una memoria inculcada, y se ha consolidado tanto que hace imposible cualquier crítica a Israel. Ni siquiera soportan la crítica de los propios intelectuales judíos. Como la de Primo Levi, superviviente de Auschwitz, quien decía estar hastiado de las simplificaciones excesivas y utilización de la memoria de la Shoah. En una ocasión cuando en una entrevista le pidieron su opinión sobre la política del Oriente Medio dijo que, “Israel era un error”. Lo que causó gran alboroto.

Foto de Rami Gzon, en Unsplash

Pues bien, ahora —desde Gaza, y desde la guerra en Irán y en el Líbano— Israel ha ido demasiado lejos. Demasiado. Con sus bombardeos indiscriminado a esos pueblos han matado el mito de pueblo sufrido y perseguido con el que viene chantajeando al mundo, especialmente desde la guerra de 1967, “cuando Israel dejó de ser David y se convirtió en Goliath”, cuando revelaron su verdadera cara.

Después de lo que ha hecho Israel en Gaza, ¿no será ya hora de comenzar a desmontar el mito de víctima, de pueblo sufrido y comenzar a ver a Israel como lo que es: un estado colonizador, racista y violento. Y así como ellos manipularon ideológicamente la Shoah a su favor, habría que emprenderse un camino inverso que revele a los palestinos como la nueva víctima del holocausto.

El lobby pro-Israel en EE.UU., es un poderoso aparato de poder económico y político que ha sido capaz de movilizar durante décadas el apoyo incondicional de los sucesivos gobiernos estadounidenses a los intereses de Tel Aviv. El ejemplo más reciente, el bombardeo estadounidense a Irán presionado por el gobierno de Netanyahu, tiene ahora a todo el mundo en ascuas esperando a ver qué va a hacer el impredecible y paranoico Donald Trump para salir bien librado de esta guerra en la que en mala hora terminó metido. Que todo es culpa del lobby israelí lo demuestra esta entrevista reciente con Joe Kent, ex director del Centro Nacional de Contraterrorismo, que acaba de renunciar a su cargo porque, a pesar de haber militado hasta hace poco en las filas del trumpismo, este hombre se sintió incapaz de seguir apoyando la locura de un ataque a Irán. [En este enlace se puede ver la entrevista en la que Joe Kent reconoce la presión de Netanyahu sobre Trump]

Volviendo al libro. Mishra comienza recordando la admiración que él sentía de joven hacia Israel, la creación de ese estado tan promocionada como un mundo bueno, las comunas agrícolas de los kibutz, los héroes al estilo de Moshe Dayan. También yo y toda la gente de mi generación en el mundo, recuerdo esa admiración influida sin duda por la prensa, el valor, la eficiencia, la precisión del ejército israelí. Todo eso lo consumíamos sin el más mínimo sentido crítico, dábamos por hecho que ellos eran los buenos, que tenían derecho a hacer lo que estaban haciendo. En ese entonces aún no veíamos sus fechorías como crímenes sino como actos de justicia. Tuvo que pasar algún tiempo y bastante más violencia en esa región para ser conscientes de que, “Israel ha asesinado a más gente desde la Segunda Guerra Mundial hasta ahora que cualquier otro país del mundo occidental”, como dijera en 2018 el periodista israelí Ronen Bergman.

Pero de nuevo, las guerras de Gaza, Líbano e Irán están haciendo al mundo cuestionarse si ya no es hora de abandonar la pena por el holocausto. El estado de Israel ha logrado imponerse mediante limpiezas étnicas sistemáticas en las zonas de Palestina habitadas por árabes, robándoles a los palestinos sus tierras y propiedades. Todo comenzó a empeorar en los años 70 con el ascenso de una extrema derecha en Israel que establecía asentamientos judíos en Gaza y Cisjordania. Esta extrema derecha era entonces todavía relativamente marginal, no llegaba al poder central. Estas fuerzas irían jugando paulatinamente un rol cada vez más prominente, se irían levantando muros, imponiendo controles en las carreteras, dejando con frecuencia a los palestinos separados de sus familias o de sus lugares de trabajo, a los niños de sus colegios. Se volvió normal que los colonos judíos dispararan a los palestinos, destruyeran sus coches, sus casas, sus granjas, sus olivos y sus depósitos de agua. Los habitantes de Gaza y Cisjordania se convirtieron en ratones de laboratorio para probar el armamento de alta tecnología y los sistemas de vigilancia que después Israel vendía a otros países. Mientras tantos los palestinos estaban cada vez más deshumanizados, desposeídos. Tildados por el supremacismo judío como animales y seres infrahumanos.

Todos somos culpables del genocidio en Gaza, una culpa metafísica, como la definió en 1945 el filósofo Karl Jaspers, que es la que experimentan quienes son conscientes de su impotencia ante una barbarie inconcebible en su entorno. “Existe una solidaridad entre los seres humanos que hace a cada uno de ellos corresponsable de todo error y toda injusticia que se cometen en el mundo… Si no hago lo que esté en mi mano para evitarlo, yo también soy culpable”.

Desde el siglo XVII una importante comunidad judía ha vivido en Ámsterdam. Muchos de ellos fueron deportados por los nazis en 1943, la mayoría no regresó. Ahora en muchas calles de la ciudad se pueden ver los stolpersteiners, una pequeña placa incrustada en la acera frente a las casas donde vivieron esas familias judías. Desde hace algún tiempo la ciudad conmemora el 4 y 5 de mayo la deportación de esas familias. Yo solía ir a esos homenajes en los que se narraban algunas de las historias de esas personas obligadas a marcharse. Ahora, ‘después de Gaza’, he decidido no volver más a homenajes y conmemoraciones por los judíos amsterdameses del Holocausto. Hay que dejar a esos muertos en paz. Los seis millones de muertos no tienen la culpa de los actos bárbaros de Netanyahu, pero creo que ya es hora de que no se siga utilizando su memoria para justificar o condonar masacres como las de Gaza. El historiador y filósofo israelí, Yehuda Elkana, sobreviviente de Auschwitz escribió en el periódico Haaretz en 1988, “los israelíes tienen que aprender a olvidar la Shoah”.

Mishra escribe que, “Al identificar imprudentemente toda crítica a la conducta de Israel con el antisemitismo, los propagandistas israelíes han contribuido a difundir un sentimiento antijudío por todo el mundo”. Eso explica los ataques terroristas, en su mayoría cometidos por árabes, a sitios y personas judías en muchos países. No es el típico antisemitismo europeo de otras épocas. Es la rabia ante la conducta de Israel.

Poco antes de suicidarse, Jean Améry suplicó a los israelíes que reconocieran que “su libertad solo puede lograrse con su primo palestino, no contra él”. En Israel y entre la comunidad judía en el mundo hay muchas voces que hacen eco a esta súplica de Jean Améry. Por desgracia no son las voces que oyen Netanyahu y sus secuaces.

Foto de Dan Meyers a una imagen de Banksy en Cisjordania, en Unsplash

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