Cuando miramos las imágenes en Internet o en la televisión de los bombardeos en Teherán, el Donbás, en los depósitos de petróleo e instalaciones energéticas del Medio Oriente, y vemos las columnas de humo negro levantándose hacia la atmósfera, pensamos que estamos lejos de esa catástrofe humanitaria y ambiental. Nadie sabe cuántos muertos se cuentan en Irán y en la región. Nadie sabe cuánto petróleo han vertido los bombardeos en el mar. Cuántos peces habrán muerto, cuánta contaminación habrá quedado sembrada en el suelo en donde permanecerá por décadas.
Hoy aquí en mi ciudad, por ejemplo, el cielo amaneció azul y sin una nube. La gente salió a pasear en los parques como cualquier domingo, a caminar por la playa, a almorzar en las terrazas despreocupadamente. Todo el mundo sabe que hay una guerra devastadora, pero sucede tan lejos… Aquí no hay humo, ni se oyen las detonaciones de los drones.
Pero, ¿estamos de verdad lejos del desastre ecológico que significan esas explosiones? No. Las bombas nos afectan a todos, aunque vivamos a miles de kilómetros de distancia de Teherán y de Beirut. Nos afectan porque vivimos en el mismo planeta. Y lo que pasa en aquel lugar de la Tierra repercutirá tarde o temprano también en nuestro lugar.
Por eso me sorprende la poca atención de los medios de prensa sobre el tema, para quienes la guerra parece ser solamente un asunto geográfico, político, económico, y, bueno, hasta humanitario, ignorando el factor ecológico, que finalmente es y será el más grave de todos los anteriores. No hay peor catástrofe ambiental que la que generan las guerras. Qué poco se habla del hecho de que las bombas contaminan el aire, el agua, el suelo, destruyen la biodiversidad, degradan los ecosistemas y generan emisiones de gases de efecto invernadero, responsables del calentamiento.
No es que la gran prensa internacional no escriba sobre el tema, es que esos artículos rara vez ganan la primera plana, quedan escondidos en la páginas interiores. Para encontrarlos hay que buscarlos. Yo encontré hace poco este buen artículo del New York Times sobre la crisis ambiental que está causando la llamada Furia Épica de Donald Trump, sumada al Rugido del León, de Netanyahu. ¡Vaya nombres se inventa esta gente!
“Durante el fin de semana, los ataques israelíes incendiaron cuatro depósitos de combustible cerca de Teherán, lo que provocó nubes tóxicas de humo negro sobre la ciudad de unos 10 millones de habitantes y escenas apocalípticas en toda la capital iraní”. “Con el fuego, parecía que la noche se había convertido en día, y luego, con todo el humo, el día volvió a convertirse en noche”. [Citado del artículo del NYT, traducido con DeepL]
Imaginen lo que sería un ataque a un depósito de petróleo en medio de Manhattan. Así han sido los bombardeos a Teherán. Además de los efectos inmediatos para la salud, está demostrado que la exposición al humo tóxico puede generar diversos tipos de cáncer. El petróleo quemado o derramado por los ataques a tanques y barcos petroleros está contaminando las vías navegable, el suministro de agua, las plantas desalinadoras de las que depende el agua fresca para millones de personas. Todo esto en una región que desde hace tiempo vive una crisis de agua por causa, entre otras razones, del cambio climático. Y qué poco se habla de esto que debería ser, insisto, noticia de primera página todos los días.
Esta contaminación no se queda reducida en los límites de Irán. Ya se ha visto que las columnas de humo se han extendido a otros países. Cito: “Más allá de simplemente esparcir la contaminación por todo el mundo, el humo que se extiende abre la puerta a la acumulación de hollín a gran altitud, donde podría acelerar el deshielo de los glaciares”. La crisis ambiental que generan las guerras sobrepasan los campos de batalla con consecuencias que todavía no alcanzamos a imaginar.
Otro asunto que han dejado en claro estas ‘furias épicas’, u operaciones militares (eufemismo para guerras) es la enorme dependencia que tienen todavía los países de las energías fósiles, y las pocas perspectivas de que esto vaya a cambiar en un tiempo cercano. Ello a pesar de que se sabe y se viene diciendo desde hace décadas que deben ser reemplazadas por energías que no generen (tanto) gas carbónico. Ello a pesar de que las formas alternativas, solar y eólica, han crecido en algunos países, aunque su desarrollo es aún insuficiente. Han crecido un poco incluso en Estados Unidos, a pesar de la pelea que les ha hecho Donald Trump a los molinos de viento y a las placas solares. Con todo y eso, el dominio de los fósiles es todavía hoy incomparable.
Lo poquísimo que ha avanzado la reducción de la contaminación de la atmósfera con el uso de la energía solar y eólica está siendo contrarrestado con los rugidos de los leones israelíes y la furia de Donald Trump, a quien lo único que le preocupa de todo esto es el aumento del precio del barril. Por eso, es inevitable preguntarse, ¿de qué sirve poner más placas solares si una guerra como esta deshace en unos días los grandes esfuerzos de algunos países por reducir la contaminación del planeta?
Si la guerra en Irán se expande, si más países se involucran en el conflicto, si continúan los bombardeos a las reservas de petróleo, llegará el día en que tampoco de este lado del mundo volvamos a ver cielos azules. Días en los que los amaneceres serán grises y smoggy, como dicen que sucede ya en Delhi, Bombay y otras ciudades grandes de la India y otros países debido a la polución industrial, en donde las enfermedades respiratorias se han vuelto epidémicas.


