¿Qué pasó realmente en Chernóbil?

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Svetlana Alexiévich – Foto de Elke Wetzig, 2013. https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=29007532Enter a caption

Sobre Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich, y el lado sucio de la supuestamente limpia energía nuclear.

Uno de los tantos testimonios que la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich recopiló para su libro sobre Chernóbil revela el nivel de desconcierto que causó el accidente entre los habitantes de la región. La gente se podía imaginar bien una guerra nuclear, un ataque como el de Hiroshima, pero no un accidente nuclear. “La catástrofe se produjo en un centro atómico no militar, y nosotros éramos gente de nuestro tiempo y creíamos tal como nos habían enseñado, que las centrales nucleares soviéticas eran las más seguras del mundo… el átomo militar era Hiroshima y Nagasaki; en cambio el átomo para la paz era una bombilla eléctrica en cada hogar. Nadie podía imaginar aún que ambos átomos, el de uso militar y el de uso pacífico, eran hermanos gemelos, eran socios”.

Han pasado 33 años desde aquel 23 de abril de 1986 cuando se produjo uno de los desastres medioambientales más serios de la historia: la explosión de un reactor nuclear que expulsó grandes cantidades de material radiactivo a la atmósfera, contaminando suelos, agua, y la salud de los seres vivos de varios de los países de la ex Unión Soviética y Europa oriental. Desde entonces, se ha escrito bastante sobre esta catástrofe, se han hecho reportajes, películas, series de televisión (la más reciente es la de HBO) y sin embargo tenemos la impresión de que de esa tragedia todavía no se ha contado todo. Que muchas preguntas aún no han sido contestadas.

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De IAEA Imagebank – Chernobyl Reactor 4, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=63251598

Yo vivía en París en ese entonces, como estudiante. Recuerdo que la noticia llegó como una noticia más. Solo poco a poco, con los días, la información fue adquiriendo la magnitud que merecía. Pero Chernóbil no estaba a la vuelta de la esquina. Con el paso de los meses, los años, se fue ‘olvidando’, quedándose solamente como tema de preocupación para los pocos grupos anti energía-nuclear activos en esas décadas.

libroUn detalle que impresiona de entrada del libro de Svetlana Alexiévich, Voces de Chernóbil, es el subtítulo de la obra: Crónica del futuro. Por el cual la autora sugiere que este es el futuro que nos espera. El futuro que podría esperarnos. Más Chernóbils. Y con esto creo que se refiere no solamente a nuevas posibles catástrofes de ese tipo, sino a la incompetencia que demuestran las personas que supuestamente saben qué hacer en estos casos -los técnicos, los científicos, los funcionarios encargados de esta tecnología- que a pesar de sus conocimientos se dejan ganar por el factor sorpresa, y por el pánico. Después de todo, son solo seres humanos no super héroes de películas animadas. Esto quedó claro una vez más en Fukushima, el siguiente desastre nuclear de grandes proporciones en el mundo. Mientras también los japoneses pensaban que las centrales nucleares japonesas eran las más seguras del mundo, un terremoto y un tsunami echaron por tierra en pocos minutos la famosa eficiencia y seguridad japonesas. También aquí, la reacción de los encargados dejó mucho que desear. Y si algo quedó en claro en ambos casos, es la estrategia de ocultamiento por parte de las autoridades de la gravedad de la situación en el momento.

En temas de seguridad, los Estados suelen ser extremadamente sigilosos. Esto es algo que no solo caracterizaba a la antigua Unión Soviética. En diversos grados, sucede en todos los países del mundo. El uso de la energía-nuclear civil está hoy tan extendido, que los países que la explotan prefieren que no se hable mucho de accidentes de esta naturaleza. Tan grandes son los intereses económicos puestos en este sector energético. Y si bien la energía nuclear tiene aspectos positivos -no emite dióxido de carbono a la atmósfera por lo tanto no contribuye al calentamiento global- sus riesgos son tan altos que no debería considerarse como una fuente de energía alternativa a las energías fósil y renovable. Los países que la explotan deberían seguir el ejemplo de Alemania y comenzar a desmontar sus reactores nucleares. Por desgracia, nada parece indicar que esos países se inclinen a seguir este ejemplo.

Quienes abogan por lo nuclear suelen decir, en más de medio siglo de experiencia con estas plantas solo se han producido dos grandes accidentes. En realidad son tres, pero casi no se habla del Accidente de Three Mile Island, en Pensilvania, Estados Unidos, en marzo de 1979. Como si estos accidentes fueran poca cosa. No ven que ellos revelan la vulnerabilidad de estas centrales por muy sofisticadas y modernas que sean. ¿Qué país está exento de una catástrofe natural (terremotos, incendios, huracanes, explosiones volcánicas…) que desestabilice el funcionamiento de una ‘ultra segura’ planta nuclear? Y peor aún, ¿se puede garantizar que no se producirá nunca un error humano? Fukushima es ejemplo de lo primero. Chernóbil de lo segundo. Se dice que la radiactividad generada por estos dos desastres no se extinguirá antes de 300.000 años.

Muchos de los que abogan por el uso civil de lo nuclear no son necesariamente partidarios de su uso militar. Pero, como cita Alexiévich en su libro, la explosión de un reactor civil genera escenarios de guerra. Según algunos testimonios:

“En Chernóbil se diría que están presentes todos los rasgos de la guerra: muchos soldados, evacuación, hogares abandonados. Se ha destruido el curso de la vida. Las informaciones sobre Chernóbil están plagadas de términos bélicos: átomo, explosión, héroes… Hasta los monumentos a los héroes de Chernóbil parecen militares”.

“Al principio fue el asombro. La sensación de que se trataba de unas maniobras militares. Un juego. Pero era una guerra de verdad. Una guerra atómica. Algo desconocido para nosotros. ¿Qué temer y qué no temer, de qué protegerse y de qué no?

“Nos queríamos proteger del átomo como si fuera la metralla de un proyectil. Pero esto está en todas partes…, en el pan, en la sal, respiramos radiación, comemos radiación”.

“La gente no entendía. Se han pasado los años (de la guerra fría) asustando a la gente, preparándolos para una guerra atómica, pero no para un chernóbil… Si hubiera empezado una guerra habríamos sabido qué hacer. Para eso disponíamos de instrucciones. Pero, ante algo como esto?… antes de Chernóbil llamaban al átomo ‘el trabajador de la paz’. Nos sentíamos orgullosos de vivir en la era atómica. No se temía al átomo”.

“Nosotros éramos los primeros seres que experimentábamos esto. Los campesinos viejos eran los que menos comprendían de verdad lo sucedido. Nunca habían abandonado sus casas, su tierra… lo que ha pasado es algo desconocido. Es otro miedo, no se oye, no se ve, no se huele, no tiene color, en cambio nosotros cambiamos física y psíquicamente. Se nos altera la fórmula de la sangre, varía el código genético…”.

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Detalle central de la medalla soviética concedida a los ‘héroes’ de Chernóbil, donde se representan las tres clases de radiaciones (alfa, gama y beta) junto a una gota de sangre – Wikipedia.org

Alguien cuenta que llegó un día a una aldea contaminada, eso fue en 1989, tres años después. Los niños estaban jugando, la pelota rodó a un parterre con flores, los niños lo rodean pero no se acercan a agarrar la pelota. La persona que cuenta dice que se acercó a coger la pelota, pero lo niños le gritaron, “No lo haga, no se puede, señor, no vaya”. Los niños se habían acostumbrado a la idea de que no se pueden sentar en la hierba, no se pueden coger la flores, no se pueden subir a un árbol. La leche de pecho que tomaban los bebés era radiactiva. Pasados diez años del accidente, la duración media de la vida de los bielorrusos se redujo a los 50-60 años.

Cementerios nucleares

Un sarcófago es un féretro de piedra a nivel del suelo en el que se entierra un cadáver. Es muy revelador que los residuos nucleares se guarden en sarcófagos. Pues así se les llama también a los enormes contenedores de hormigón en los que se depositan estos desechos para evitar la contaminación ambiental. Como lo explica claramente este artículo en The Guardian, en los ochenta años de existencia que tiene la energía nuclear, durante los cuales se han construido más de 459 reactores nucleares, numerosas estaciones experimentales y decenas de miles de ojivas nucleares, se han acumulado grandes reservas de residuos de diferentes niveles.

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Nuevo sarcófago de Chernóbil. Imagen de Youtube

Un sitio de sarcófagos es un cementerio. Qué mejor metáfora para la nuclear, una energía destinada, quizás, a convertir el mundo en un cementerio. Ahora, el sitio en donde estaba el Reactor 4 de Chernóbil, el que explotó irradiando 200 toneladas métricas de uranio, plutonio, combustible líquido y polvo, acaba de ser encerrado, hace unas semanas solamente, bajo una enorme estructura de acero y hormigón. Según el artículo mencionado antes, se trata de un costoso sarcófago más alto que la estatua de la Libertad. Pero lo peor de todo no es lo monstruoso del monumento, sino que éste tiene fecha de expiración en 100 años, después de lo cual se deteriorará, y les corresponderá a las generaciones futuras decidir qué hacer.

Este es el típico comportamiento irresponsable que caracteriza nuestra época. En épocas anteriores la humanidad también ha devastado la naturaleza, pero no tenía conciencia de la gravedad del daño. Hoy sí, y sin embargo se prosigue con los negocios como de costumbre. Ya verá la gente que viva dentro de cien años lo que hay que hacer para solucionar el problema. Problema de ellos.

Secreto y engaño

Otra cosa que testimonia el libro de Alexiévich es la ignorancia y el engaño en los que se mantuvo a la población sobre la gravedad de la catástrofe. Una ignorancia que persiste todavía. ¿Qué paso realmente? Me refiero no a la explicación técnica del accidente, sino al manejo que le dieron las autoridades en los días, meses y años que siguieron. Han pasado más de tres décadas y muchas cosas todavía no se esclarecen. Los testimonios del libro de la escritora bielorrusa son sin duda fidedignos pero cuando uno los lee dejan la impresión de un rompecabezas desarmado. No es una debilidad del libro, la autora mismo lo advierte. Dice que pasó años y años escribiendo ese libro, tomando notas. Y al final, el resultado es solo una recopilación de notas, las de los múltiples testimonios. Porque no hay más. No se sabe más. No he visto la serie de HBO, aunque he leído diferentes comentarios al respecto. En general son elogiosos de la calidad de la producción. Pero si uno quiere saber qué pasó realmente en Chernóbil una serie de TV no es la mejor fuente.

Chernóbil es el presente y con un poco de mala suerte también el futuro. A finales del pasado mes de julio, la Deutsche Welle publicó una noticia sobre la protesta de los residentes moscovitas contra lo que perciben como un ‘segundo Chernóbil’. La gente salió a la calle con pancartas que decían, “Queremos vivir”, en un barrio residencial que da a un sitio en donde los rusos han almacenado toneladas de desechos radiactivos desde las décadas del cuarenta y cincuenta. La protesta es contra el proyecto de construcción de una autopista de ocho calzadas que va a pasar a través del suelo contaminado. Entre los manifestantes se encuentra un físico nuclear experto en radiación que explica que la construcción de la carretera va a generar deslizamientos de suelos contaminados hacia el río, y podría levantar polvo radiactivo en el aire. Este polvo entraría en los pulmones de las personas y crearía una ‘radiación interna’, que es mucho más dañina. El gran temor de los habitantes es que comiencen la construcción sin tener en cuenta la contaminación. Según el físico, este es solo uno de los muchos sitios contaminado cercanos a Moscú, y nadie sabe cuántos hay exactamente porque la agencia de energía atómica de Rusia, Rosatom, sigue siendo tan reservada como en la era soviética.

Un buen ejemplo del problema que la generación de los años 1950 le dejó a la de hoy. Y que la de hoy no ha resuelto. Ellos no supieron preveer que la ciudad de Moscú crecería hasta llegar a la que entonces parecía una zona lejana del área urbana para depositar sin riesgo los residuos. Según una nota de la publicación New Scientist, en 2017 se detectó sobre Europa una gigantesca y misteriosa filtración de material radiactivo, originada en una instalación nuclear rusa, que puso en la atmósfera cien veces más radiación que el desastre de Fukushima. Como señalaron algunos testimonios dados por la gente que entrevistó Alexiévich, no se huele, no se ve, no se oye, no tiene color, pero nos cambia física y psíquicamente.

El lado sucio de la energía nuclear es tan sucio que diluye el peso de cualquiera de sus aspectos positivos. Las consecuencias de los accidentes nucleares son devastadoras y de gran alcance. El vertimiento de petróleo en un río o en el mar es sin duda un horrible sinestro, pero este daño es poca cosa en comparación con el que genera la explosión de un reactor o de una bomba atómica. Y aún si se pudiera garantizar que nunca se va a producir este tipo de explosiones, la eliminación y el almacenamiento de los desechos nucleares son procesos costosos, que requieren mucho tiempo y no están garantizados a largo plazo.

Desde hace ochenta años vivimos bajo la amenaza de lo nuclear. Hace unos días vi la película francesa, Le chant du loup, sobre cómo un malentendido político estuvo a punto de desencadenar una conflagración nuclear. Es pura ficción, claro, pero no es difícil imaginar que cosas así sucedan en la realidad. Hay tantas armas atómicas circulando en el mundo.

Yo aceptaría el uso civil de lo nuclear si los seres humanos fuéramos perfectos, si no hubiera riesgos de falla humana en el operamiento de las plantas. Pero nada más lejos de la verdad.

nonuclear

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